Plinio Apuleyo Mendoza

20 / 04 / 2011 0:00 Daniel Jiménez
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El escritor colombiano comprende y a la vez cuestiona la difícil realidad de su país en la novela Entre dos aguas, que publica Ediciones B. Y tiene muy claro cuáles son los problemas de Colombia, y quién los crea, y a quién benefician.

Pedro Corro

“Si no hubiera narcotráfico no habría guerrilla”

ALGUNAS VECES, contadas veces, resulta que una novela nos explica mejor la realidad que un reportaje periodístico o un documental. En esas limitadas pero fascinantes ocasiones, uno tiene la sensación de estar asistiendo a la vez al desarrollo de la historia y a un formidable despliegue de imaginación literaria. Hablando con Plinio Apuleyo Mendoza (Boyacá, 1932), autor de Entre dos aguas, estuvimos de acuerdo en que la ficción es la capacidad para combinar recuerdos y vivencias. O, como dice Vargas Llosa, es un strip-tease al revés: “Uno empieza desnudo y poco a poco se va vistiendo y maquillando”. En un ir y venir de la memoria, este genial trotamundos, que fue jefe de redacción de la revista Libre, que agrupó en los años 60 a los autores del boom, ha construido un relato fantástico, realista y conmovedor. El telón de fondo es la guerra entre militares y guerrilleros que asola su país, Colombia. Una investigación apasionante y las nostalgias de un emigrante con alma de poeta vertebran un libro comprometido, intrigante y hermoso.

El protagonista de la novela, Martín, vive entre dos mundos, entre dos aguas. ¿Igual que usted?

El caso de Martín expresa una realidad muy colombiana. De los 45 millones de habitantes que tiene Colombia, cinco millones viven fuera, son expatriados. También ha sido una realidad mía, porque he vivido 35 años fuera, en varios países, París, Madrid, Roma, buscando otra cosa, y eso va dejando una cantidad de recuerdos, de nostalgias y de vivencias que se reflejan en la novela.

Lo mismo le ocurre a Benjamín, capitán del ejército colombiano, que vive entre el amor y la violencia salvaje.

Benjamín está inspirado en un personaje que yo he conocido. Era un personaje muy religioso que entró a la guerra sin voluntad de pegar tiros, pensando que había que rescatar a la población. Cuando le mandaron al pueblo donde nació el ELN le explicó a sus subordinados: “La subversión es un árbol, y una de las ramas es la rama militar. Podemos quitarle unas hojas pero vuelven a retoñar. Lo importante son las raíces, y las raíces son el sustento popular. Yo propongo ocuparnos de la población campesina, que nos sientan cercanos, que les ayudemos a escapar de la violencia”. Y así lograba numerosas deserciones. Pero nunca producía bajas.

A veces son más poderosas las palabras que las armas. ¿Cómo está sentando la novela a los militares?

Bien y mal. Es muy probable que altos mandos se reconozcan en las posiciones que el personaje cuestiona. Pero a los jóvenes oficiales puede servirles como ejemplo.

¿Y a la Iglesia?

En el libro yo me refiero a un sector de la Iglesia, la famosa Teología de la Liberación, que encuentra aceptable la lucha armada porque piensa que es el camino para crear mayor justicia social, igualdad... Es una visión perfectamente equivocada y peligrosa, pero existe.

Usted escribe: “La justicia en Colombia es lenta, ciega e infiltrada”. ¿También existe la guerra jurídica?

Existe. Cuando un militar es muy efectivo, inmediatamente saltan denuncias que deben investigar los jueces. Benjamín, mi personaje, fue acusado de 140 muertes. Había 25 campesinos que ofrecieron testimonios bajo amenazas de la guerrilla. Estuvo un año preso y al final le absolvieron porque recordó el nombre de un guerrillero al que había salvado aunque se le acusaba de haberle matado. Lo lograron localizar y las denuncias se vinieron abajo. Sin embargo, yo he encontrado el nombre de mi personaje en un libro publicado en Europa sobre el terrorismo en Colombia.

Quizá porque, como dice Jean François Revel en el libro, “la mentira gobierna el mundo”.

Cierto. Inspirado por ese libro de Revel escribí, junto a Carlos Alberto Montaner y Álvaro Vargas Llosa, el Manual del perfecto idiota latinoamericano. En él hicimos un catálogo de todas las mentiras que circulan por el mundo acerca de nuestro continente. Por ejemplo, que somos pobres por culpa de los países ricos. Todo eso conduce a políticas populistas, como en Venezuela, que son desastrosas para el país.

¿Cómo puede ser que exista tanta violencia en Colombia?

La gente de la calle no es violenta, pero hay dos factores indispensables. Primero, la guerrilla, que prosperó por influencia de Cuba. Y prosperó como herencia de las guerras civiles que hubo en el XIX entre liberales y conservadores. Eso terminó cuando pactaron la repartición del poder durante 16 años, en todos los ámbitos del legislativo y del ejecutivo. Pero entonces, en los años 60, la izquierda, los comunistas, quedaron sin poder elegir ni un diputado. Y surgió la idea de que la única manera de combatir la oligarquía era la lucha armada. Así surgió la guerrilla, que encontró el sustento necesario en el dinero del narcotráfico, al amparo de una geografía propicia, la selva. Y ahora ha surgido otro problema, derivado de la desmovilización. Hay 50.000 desmovilizados y nadie les da trabajo. No se ha creado un dispositivo para reinsertarlos, y por eso proliferan las bandas criminales en la ciudad y en el campo. Y así vivimos simultáneamente el conflicto y el postconflicto. Pero el sustento de todo esto es el narcotráfico.

¿Apoyaría la legalización?

Por supuesto. Y la apoyan personajes tan notables y tan distantes como García Márquez, Vargas Llosa o Carlos Fuentes, y presidentes como Gaviria y Samper. Pero es muy difícil que los países del Primer Mundo lo acepten. Y lo estamos pagando. Ha habido 50 periodistas asesinados, tres candidatos a la presidencia, decenas de empresarios secuestrados. Vivimos ese horror día a día. Si el narcotráfico no existiera no habría guerrilla, ni paramilitares ni bandas criminales.

¿Qué opinión le merece el actual presidente de su país, Juan Manuel Santos?

Es un hombre muy hábil, muy astuto. En el fondo, su política no es distinta a la de Uribe. Afortunadamente, en Colombia no ha prosperado el populismo. Santos es un tipo muy pragmático. Es como un jugador de póker, es un gran político. Maneja muy bien las distancias, no se enemista con nadie, tiene un consenso importante. Hay muchas expectativas puestas en él.

Mario Vargas Llosa ha dicho de su novela que “concilia magníficamente la ficción literaria y la historia viva”. ¿Cómo recibió usted la noticia del Nobel?

Mi mujer y yo dimos un grito de alegría. Ya pensábamos que no se lo iban a dar por cuestiones políticas, como no se lo dieron a Borges. Así que estamos muy contentos, igual que cuando se lo dieron a Gabo. Yo fui allá entonces, porque somos compadres de toda la vida. Y cuando íbamos juntos hacia el palacio había flores por todas partes, tipos vestidos de negro, relámpagos de fotografías. Era hermoso y también era aterrador. Y de pronto le escuché en voz baja un comentario. Gabo dijo: “Mierda, esto es como asistir uno a su propio entierro”. Y los dos nos pusimos a reír.

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