Peter Englund

17 / 12 / 2010 0:00 PEDRO GARCÍA (Estocolmo) [email protected]
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El guardián de los Nobel confina bajo llave los misterios del premio más hermético del planeta.

“Vargas Llosa ya estuvo en la lista de candidatos en los ochenta”

A DOS PASOS del Palacio Real de Estocolmo, en el corazón de la sinuosa isla de Gamla Stad, se esconde el robusto perfil amarillento de la Academia Sueca. Tras sus muros, en el silencio de una institución que ha permanecido inmutable durante décadas, entre bustos, lienzos y despachos interminables, se decide cada año el premio Nobel de Literatura. En sus salas se lee, se discute y se escucha, y sus miembros, 18 académicos, respiran y digieren secretos. La atmósfera monacal y el silencio contrastan con el ruido al otro lado del teléfono cuando cada año, al terminar el verano, Peter Englund llama al premiado. Y mientras imagina al indomable Mario Vargas Llosa recogiendo el Nobel de Literatura de 2010, subiendo las escaleras del Ayuntamiento de Estocolmo, Englund, secretario permanente de la Academia, escritor e historiador sueco de 53 años, sonríe y reconoce que este año la alegría tardó en desbordarse al otro lado del móvil: “Me decía: ‘¿pero quién es usted?”.

Mario Vargas Llosa ha contado que tras su llamada pensó que podía ser una broma, y pasaron 14 minutos hasta que la segunda llamada le convenció. ¿Suele pasarle?

Esta vez fue una llamada complicada. Teníamos mala conexión. Le llamé con mi móvil y logré hablar con él, pero no teníamos cobertura, así que lo dejé y busqué otro teléfono. Cuando encontré otra línea le llamé e intenté hablar en español, pero no entendía nada. Me decía: “¿Pero quién es usted?” (risas). Le dije quién era y que en 30 ó 40 minutos la noticia sería oficial. Luego me pasó a su mujer y le expliqué todos los detalles, pero le oí celebrarlo de fondo.

Pues él ya lo había dado por perdido.

Lo único que le puedo decir es que este año, en la elección, la mayoría ha sido muy confortable. Tiene que haber una mayoría de la mitad de los votos más uno. Además, hay reglas especiales. Yo, como secretario permanente, tengo el voto de desempate en el resto de premios que entregamos durante el año en Escandinavia, pero no en el Nobel. En este caso no podemos aceptar un empate.

¿Y qué hacen?

Seguimos discutiendo.

Hasta que hay fumata blanca.

Podría decirse así. Pero le repito que este año no ha habido que llegar a ese punto. Ha sido una mayoría más que confortable.

¿Qué hay que hacer para estar en la famosa lista corta?

Sólo he estado en la Academia ocho años, y lo que he visto es que hay una fluctuación constante. En la lista larga los autores, cientos, pueden estar décadas. En la media hay unos 20 nombres y es más o menos constante. Mientras que la lista corta, la definitiva de cinco nombres... ahí hay muchos cambios. No quiero decir que cambie cada año. Algunos están, salen y vuelven, y este movimiento oscilatorio sucede sobre todo con autores con una gran obra.

Como la del Nobel de este año...

No creo que pueda decir esto, pero la primera vez que Vargas Llosa estuvo en la lista final fue en los ochenta. Es la prueba de que los autores pueden entrar y salir durante muchos años.

Y en verano, ustedes deciden. ¿Cuántos libros se lleva de vacaciones?

(Risas) Muchos. De todas formas, como hay una serie de autores habituales que entran y salen de la lista corta cada año, los cinco seleccionados cada verano nunca son todos nuevos, ni mucho menos. El movimiento oscilante nos permite leer y volver a leer a los candidatos. Siempre ves cosas nuevas. La relectura es una de las partes más importantes de nuestro trabajo.

Vargas Llosa ha recibido el Nobel “por su cartografía de las estructuras de poder y sus imágenes mordaces de la resistencia del individuo, la rebelión y la derrota”. ¿Lo escribió usted?

A medias, lo escribí con un compañero. Vargas Llosa es un autor muy amplio, ha escrito mucho y sobre muchas cosas, y creo que la frase atrapa eso. Escribir esas palabras es una de mis tareas.

¿No había pasado demasiado tiempo sin un Nobel en español?

Probablemente, pero recuerde que la última vez fueron dos seguidos, con Cela y Octavio Paz (en 1989 y 1990).

Hace un año dijo usted que la Academia Sueca y los Nobel habían pecado de “eurocentrismo”. ¿Demasiados premios en el Viejo Continente? ¿Se ratifica?

Lo dije y lo confirmo. Los Nobel han mirado durante demasiado tiempo a Europa. No es una opinión, es un hecho. Y pienso que también es un problema. Haber elegido a un autor latinoamericano cambia el panorama, pero este premio no es fruto de las cuotas ni resultado de una agenda, es el reflejo de una tendencia cultural inconsciente.

¿Hasta qué punto la política influye en los Nobel?

Le repito que las cuotas serían imposibles. ¿Se imagina? “Ahora necesitamos a un poeta masculino y de Camerún”. Es cierto que hay problemas con el equilibrio del premio, pero espero que vayan desapareciendo. Con respecto a la política, es una confusión interesante y el Nobel de este año es un buen ejemplo. Mire, en Estados Unidos mucha gente piensa que éste es un premio que se da a escritores europeos de izquierdas, y ahora se lo hemos damos a un conservador latinoamericano. Creo que es suficiente para ver que no tenemos en cuenta la agenda política de los autores.

Pero no siempre ha sido así...

Sólo nos centramos en literatura. Y es bueno que esa imagen de influencias políticas, que no niego en el pasado, se vaya borrando, que se lave. Pero reconozco que realmente no sé qué pasó para que, por ejemplo, Borges no recibiera el Nobel. No sé por qué extraña y desafortunada razón no lo obtuvo. ¡Borges! ¡Cómo es posible! No lo entiendo.

Dicen que su apoyo a Videla y Pinochet le cerró las puertas.

Si miramos a Borges ahora lo que recordamos es su trabajo. La política está conectada a un contexto, al día a día, pero la gran literatura es eterna. Pero también podemos hablar de Churchill. Ése sí fue un premio extraño. Su escritura histórica es bastante buena, pero para ser franco, y no quiero criticar a mis predecesores, ese premio tuvo mucho que ver con la mala conciencia de Suecia tras la Segunda Guerra Mundial. Ésa es mi especulación.

Según reza el testamento de Alfred Nobel, los miembros de la Academia deben guardar silencio durante medio siglo. ¿Puede hablar de Lorca?

Lorca tuvo un problema: los años 30. Entonces en la Academia pensaban que los premios tenían que darse a escritores con una audiencia muy grande. No best-sellers, pero sí autores con muchos lectores: “¿Si no, cómo van a influenciar al mundo?”, pensaban. Gente como Sinclair Lewis. Luego salieron de esa ilusión. No fue una de las mejores épocas de los Nobel.

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