Paul Preston

14 / 07 / 2016 Óscar Sainz de la Maza y Ainhoa Campos
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Historiador. 

“En 1936, había casi tantas Españas como españoles”

Las tazas de té humean levemente sobre los bancos donde nos sentamos. La cocina pertenece a Paul Preston, el prestigioso hispanista, y da a un jardín de reflejos verdosos tan intensos que por momentos ciega. Su barrio consiste básicamente en filas de tradicionales adosados británicos, chimenea de ladrillo, porche y rosaleda. Luce el sol, cosa rara en Londres. Claramente, hemos escogido el día menos adecuado para hablar de aquella atrocidad que fue la Guerra Civil. En julio de 1936, un brutal golpe militar forzó al prematuro Gobierno reformista de Madrid a apoyarse en varias organizaciones políticas, en un préstamo de poder que le costó casi un año recuperar y que derivó en no pocas matanzas y experimentos cantonales. Los golpistas, mientras tanto, recurrían al “politicidio” sistemático y avanzaban inexorablemente en el campo de batalla. Desde el extranjero llovían los cuerpos expedicionarios y un aislamiento sofocante. “En España tomo café, porque el té es asqueroso”, dice Preston. Poco a poco nuestra conversación se asoma al abismo que significó aquella guerra.

Algunos dicen que ya se ha escrito todo sobre la Guerra Civil...

Bueno, hay mucho y no hay nada. A cierto nivel, efectivamente, se ha contado todo. Pero, por ejemplo, si antes de escribir mi libro sobre el final de la guerra, me preguntan si hay algo más que saber, habría dicho que no. Al estudiar el tema en profundidad, no obstante, terminé aprendiendo muchos datos nuevos. Todavía hay muchas cuestiones, detallistas desde el punto de vista del gran público pero no para el historiador. La financiación de la Guerra Civil. O la historia militar, que ha producido cientos de libros sobre las Brigadas Internacionales pero ni uno que explique su utilización militar: hasta qué punto fueron sobreexplotadas y utilizadas como tropas de choque del mismo modo que Franco utilizaba a los moros. Montones de cosas específicas.

Que se han tocado pero donde no se ha profundizado, vamos.

Claro. Cabrea que Pío Moa y compañía se presenten como “revisionistas”. ¡Todo historiador que vale la pena es revisionista! Yo cambio de idea constantemente. Eso no significa que ahora piense que Franco era cojonudo, no llego a ese nivel, pero sí significa que retoco mi trabajo constantemente. Los detalles, más que las grandes interpretaciones. Todo el rato aparecen nuevos matices. Hace poco más de un mes, Peter Anderson ha publicado Friend or Foe, increíblemente original, sobre los métodos que se usaban en una comunidad franquista para obligar a la gente a revelarse como republicana o no. O Jorge Marco, con datos inéditos sobre los guerrilleros en su último libro. Así que si preguntan qué queda por saber de la Guerra Civil, yo casi diría que... todo.

¿En qué quedamos, existían dos o tres (o más) Españas?

Hay muchas. ¿Habla de ahora o de 1936?

Del 18 de julio de 1936.

En el 36 creo que había casi tantas Españas como españoles. Por otra parte, la España de Franco tendría sus grietas y matices pero, evidentemente, estaba bastante unificada: carlistas, falangistas, monárquicos, etcétera, tendrían sus diferencias pero les impusieron una cierta unidad. Luego está la llamada “tercera España” (Madariaga, Ortega y Gasset, Marañón...), que se lavó las manos y que no quiso saber nada. Pero la que queda, la España republicana, no es una: hay diferencias entre los azañistas; dentro del propio PSOE, entre el cretino de Largo Caballero y Juan Negrín (que me parece el único sensato); entre el tándem de POUM y CNT y los demás... Por ejemplo, puede que su pregunta se viera influida por el título de mi libro Las tres Españas del 36. Bueno, pues cuando hice ese libro –en el año 98 o por ahí– era todavía un gran admirador de Indalecio Prieto. Creo que Prieto hizo cosas muy buenas. Pero por resentimiento personal, se enfrentó duramente contra Negrín. Este le había cesado como ministro de la Guerra [en abril de 1938], pero es que lo tuvo que hacer, porque Prieto era tan derrotista...

Le llegó a ofrecer un ministerio, ¿no? [el de Obras Públicas, aunque Prieto se negó porque le había pedido Hacienda].

Sí, y es evidente lo que decía Negrín: no se puede tener un derrotista en el Ministerio de la Guerra. Pero Prieto no solo nunca le perdonó aquello, sino que hizo campaña contra él, acusándole de ser la marioneta de los comunistas. Cuando él había estado más ligado a ellos que Negrín. Existe incluso la sospecha de que Prieto estaba preparando su posguerra porque, frente a las grandes potencias, ser anticomunista era una baza muy importante. Ya retomando la pregunta: ¿cuántas Españas hubo? Depende de con qué distancia se mire. Si se mira con mucha, pues tres. Conforme te vas acercando, hay más.

Explíqueme los poderes que compiten por la España republicana.

La división fundamental es la de guerra o revolución. Los que están a favor de un esfuerzo bélico convencional son la mayoría de los republicanos y del PSOE, y el PCE. Enfrente, están los revolucionarios [la CNT, el POUM y sectores socialistas y ugetistas]. Y Azaña, por su cuenta. Cuando nombra primer ministro a Negrín, habla de él como si fuera el deus ex machina. Año y medio después, echa pestes de él. Si la editorial me permitiera rehacer mi libro Las tres Españas, del mismo modo que sería más crítico con Prieto, también tendría que cambiar el capítulo sobre Azaña. Todo el mundo dice “Azaña es cobarde”; pero a mí esa cobardía me parece digna de una inteligencia soberana. Cuando alaban que Franco fuera un hombre que no conocía el miedo, pienso “pues qué gilipollas”. Significa que no tienes imaginación, no tienes sentimientos. En el caso de Azaña, siempre huía de las responsabilidades del poder. Cuando la República, cada vez que salía del Gobierno, decía “qué alivio, me vuelvo a mis libros”. Todo eso me parece muy bien. Pero lo que hizo al final de la guerra, el abandonar a la República, fue realmente una traición tremenda, porque dio a los británicos y a los franceses la excusa para reconocer a Franco. Y mientras tanto, se iba al teatro en Francia cada día.

En la zona republicana, ¿llega a haber una revolución total, o muchas cosas responden al proceso que se sigue en toda guerra: cartillas de racionamiento, expropiaciones, fusilamientos, etcétera?

Todo depende del sitio. En Aragón sí que hay revolución. Hay pueblos –y eso es lo único que refleja bien la película de Ken Loach Tierra y Libertad– donde se dan verdaderos debates entre los campesinos. Un libro que se llama Los hechos de La Fatarella narra cómo llegan unos anarquistas de Barcelona a este pueblo de pequeños propietarios de Tarragona, decididos a colectivizar. Y todos, salvo unos pocos, se niegan: son republicanos pero no quieren colectivizar. Los recién llegados los masacran. Así que aquello dependió del lugar: en Barcelona se colectivizó la industria. En general, creo que es muy difícil hacer una revolución en un contexto de guerra. Por ejemplo, los anarquistas, como pensaban en la revolución, no lo hacían en la producción. Al principio, requisan armas, etcétera, pero luego, ¿qué? Y las subsistencias, también importantísimas. Las chuminadas que se han llegado a decir sobre los hechos de mayo del 37, en Barcelona... ¡es una cuestión de subsistencias! Allí había 300.000 refugiados, que requerían alimentos. Los anarquistas requisaban la comida en el campo. ¿Y qué provocan? Que los pequeños propietarios, como en la Revolución rusa, se pregunten: “¿Por qué vamos a cultivar para que estos indeseables vengan a robarnos?”. Es entonces cuando los comunistas, con Vicente Uribe, intentan hacer reconocer los derechos del pequeño propietario. Es algo por lo que se les ha criticado mucho desde la izquierda, pero la única manera de alentar a los propietarios a cultivar era reconocer sus derechos.

Como causa de la derrota republicana, ¿este enfrentamiento político interno es más o menos importante que la debilidad militar?

No, creo que el gran problema es el armamento, las ayudas internacionales... En este último caso, los británicos fueron igual de culpables que los alemanes y los italianos; impidieron que la República se defendiera. Desde luego, el hecho de que Franco dirigiera su zona como si fuera un campamento militar marca una gran diferencia, porque la República es una democracia con sus disputas y divisiones. Pero no creo que esto tenga la culpa, aunque soy consciente de que se ha escrito mucho acusando en esa dirección. Hubo factores mucho más peligrosos.

 

¿Y no será que las derrotas militares llevan a la pelea política y no al revés?

Sí, claro. Por supuesto.

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