Luis de Lezama
Acaba de publicar El capitán del Arriluze, de cuyo protagonista subraya la lealtad, que, dice, “hoy no se lleva”. Hablamos en la Taberna del Alabardero, desde la que partió en 1974 su imperio restaurador
¿Cuándo me va a presentar a su hermano gemelo? No es posible que sea empresario, restaurador, lleve escuelas de hostelería, dé conferencias, sea párroco y escriba novelas.
Pues tengo dos hermanos que son gemelos entre ellos, pero el negro soy yo. Y me ayudan los secres, que suelen ser exalumnos de la escuela de hostelería que tenemos en Sevilla. Lo hacen como prácticas.
De niño dudaba entre ser pirata y almirante de la flota inglesa. ¿A qué se ha acercado más?
En el fondo soy más pirata que almirante, porque me gustan nuevas aventuras, en nuevos puertos y, sobre todo, correr riesgos. Los riesgos del capital humano, de las personas.
De sus fogones han comido Juan Pablo II y Benedicto XVI. ¿Con qué solazaron sus estómagos?
Pues Benedicto tiene un buen apetito, y Juan Pablo comía muy bien. Yo le vi sorber en el último viaje, ya viejito, dos buenos tazones de salmorejo, y tomarse una buena merluza en salsa verde, y luego degustar la torrija que en el Alabardero es un plato clásico de postre.
¿Y les cobró?
No. Bien es cierto que, cuando acabó Benedicto XVI, el nuncio me llamó y me dijo que el Papa quería hacerme un regalo significativo. Estaba yo construyendo la parroquia de Santa María la Blanca, de Montecarmelo, de la cual soy párroco, y me entregó un sobre con un cheque de 15.000 euros. Es el altar de piedra.
Casó a Julio Iglesias con Miranda. ¿Confía en que Preysler y Vargas Llosa pasen también por ventanilla?
No. Cuando Julio se casó con Miranda era todavía un amor de juventud, de esos amores verdaderamente románticos y bonitos. Creo que a nuestras edades tenemos romanticismo, pero no juventud.
¿Usted vive como un cura?
Sí. Vivo demasiado bien. Gracias a mi gente y a la fundación [del Grupo Lezama] tengo todos los meses una gratificación de 3.000 euros, con la que vivo. No soy mileurista. Me apoyan con el coche, con el secretario, con lo que necesito. Vivo como un cura y, además, puedo permitirme el lujo de dar de lo que tengo a los demás.
Fue demasiado pronto secretario del cardenal arzobispo de Madrid. Por estar con Tarancón se perdió el planazo de haberlo sido con Rouco.
Pues no lo lamento nada, sino al contrario. Para mí Tarancón hizo posible conciliar una visión de Iglesia y de Evangelio a la que el tiempo está dando hoy la razón. A pesar de haber pasado por Rouco.
Esta es su tercera novela. Además, ejerció el periodismo y fundó la Cope.
Fundé la Cope con un grupo de iluminados, y a los ocho años nos echaron. Ahora, a la Cope, después de llevar el deporte a mejor y de llevarse a Carlos Herrera, que es un gran comunicador, le falta lo más difícil: la reforma interior y la línea de la información religiosa, porque una Cope o una 13TV que no siga el estilo del papa Francisco no se corresponde.
¿Por qué cree que su madre tardó en contarle la historia de su abuelo, el capitán del Arriluze?
Porque éramos perdedores, y como tales no teníamos derecho a nada. Y no convenía que en el colegio de los jesuitas de Bilbao yo contara estas cosas, cuando me habían llevado allí, sin poderlo pagar, para que me juntara con la gente de clase.
Bajo un artículo sobre usted en Internet alguien ha comentado: “Este cura es la hostia”. ¿Cómo lo ve?
[Ríe]. Pues, al fin y al cabo, es una jaculatoria. Elogiosa, como no podía ser menos. Me lo tomo totalmente a bien, porque es algo imponderable, como lo es la misma idea de Dios. La he dejado hecha polvo [ríe].



