Juan Francisco Jimeno

11 / 04 / 2017 Hernando F. Calleja [Ilustración: Luis Grañena]
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Doctor en economía

“Las políticas activas de empleo no son una panacea”

Ilustración: Luis Grañena

Su libro, ‘Crecimiento y empleo. Una relación turbulenta e incomprendida’, hace saltar algunos tópicos y pone cordura y experiencia en la búsqueda de soluciones al drama del desempleo.

¿Cuál es la relación entre crecimiento y empleo, simbiótica, parasitaria, equilibrada?

Es una relación proporcional. Crecimiento de empleo y crecimiento del PIB van en paralelo, se determinan conjuntamente. De hecho, la variable que intercede entre ambas es el crecimiento de la productividad, que es clave para el bienestar y para el desarrollo social. Sin crecimiento de la productividad no es posible mantener estándares crecientes de vida y no es posible hacer frente a los graves legados del pasado, como el endeudamiento o el envejecimiento de la población.

Con frecuencia se introduce una cuña entre crecimiento y empleo, que es el reparto.

Se dice que, como hay límites al crecimiento y al crecimiento del empleo solo es posible crear empleo repartiéndolo. Es una idea bastante equivocada. Los economistas tenemos un término para referirnos a ella, que es la falacia de la cantidad fija de trabajo. Esta idea de que la cantidad de trabajo está limitada y que, por tanto, si queremos aumentar el número de personas ocupadas hay que repartir el empleo, carece de fundamento teórico, la realidad empírica va totalmente en contra de ella y las políticas de empleo que han intentado hacerlo han sido un completo fracaso.

 

Una pregunta recurrente: ¿cuánto hay que crecer para crear empleo? ¿Ha bajado el umbral en esta salida de la crisis?

Desde que en los años ochenta se liberalizaron los contratos temporales, cuando crecemos, se crea mucho empleo y en las recesiones se destruye mucho empleo. Desde entonces, ese umbral de crecimiento para crear empleo es muy bajo, está entre el 0% y el 1%. No es totalmente cierto que se haya reducido el umbral para la creación de empleo. Y si así fuera, no sería un buen desarrollo, porque decir que se reduce ese umbral es decir que se reduce el crecimiento de la productividad.

Se habla de políticas de empleo, políticas activas, políticas de gasto. ¿Hay una relación directa entre su coste y su eficacia?

Las políticas activas tienen dos rémoras. Una es que se efectúan en épocas de recesión, durante las cuales se crean pocos puestos de trabajo, con lo que, por mucho que mejores la empleabilidad, los resultados no son evidentes en el corto plazo. La segunda es que la eficacia de las políticas activas depende mucho de otras decisiones. Aunque se gaste en formación, si los empresarios utilizan masivamente los contratos temporales, ni están muy interesados en esa formación ni esta tiene efectos positivos.

Y además, ¿en qué formar a los trabajadores?

En esta llamada cuarta revolución industrial hay un problema adicional a las políticas activas: sabemos poco sobre el tipo de empleo, el tipo de profesiones que vamos a tener de aquí a cinco o diez años. Hay que hacer políticas activas, pero no son la panacea para resolver nuestros problemas de empleo.

 

Se pregonan políticas paliativas como la renta básica, las prestaciones de desempleo más generosas o más prolongadas. ¿No frenan la creación de empleo?

Si estas políticas son muy generosas o no están bien diseñadas, son muy costosas y distorsionan la oferta de trabajo. En algunos países se habla de la trampa de la pobreza. La gente accede a prestaciones que no son muy elevadas, pero hacen que la gente pierda el incentivo a salir de la situación. Hay propuestas más efectivas, como los complementos salariales, dirigidos a familias pobres y desprotegidas en el mercado de trabajo, que así suplementan el salario. Estas políticas reducen las desigualdades, protegen a las familias y no generan desincentivos para el trabajo.

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