Juan Adriansens
Se le conoce por la radio y la tele, pero lleva exponiendo su obra desde los 70. Y ha escrito seis libros.
MUY POCA GENTE SABE que Juan Adriansens (La Habana, 1936) es, antes que ninguna otra cosa, pintor. La gente le conoce por sus sonoras intervenciones en radio y televisión, en programas que suelen ser calificados de telebasura, pero este hijo de diplomático español y de muchacha cubana de alta sociedad estudió, además de Derecho, en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando: lleva exponiendo y vendiendo su obra casi 40 años. La inauguración en Madrid de su última exposición (Paisajes) fue una mezcla de jueces estrella, conocidos periodistas, cantantes socialistas, altos dignatarios de Caja Madrid, coleccionistas, escritoras, conocidos críticos de arte, gais militantes y feministas posmodernas.
“Era pintor de domingo y no sabía a qué dedicarme”, dice, hasta que su vocación se despertó en el 62 durante un viaje en barco de cabotaje con unos amigos por aguas mediterráneas. Su padre era entonces el embajador de España en Jordania: “Hacíamos escalas en las ciudades ribereñas para contemplar arte. Yo ya conocía las pinturas barroca y nórdica, pero en Florencia descubrí el siglo XV, Ghirlandaio, Botticcelli, Lippi... la frescura que miraba asombrada la realidad”. Al salir de Florencia se quedó petrificado: “Decidí en ese momento que iba a dedicarme a aprender a pintar como ellos. Ese contraste que había entre los del Quattrocento y los flamencos hizo que al llegar a Madrid comenzara Bellas Artes”.
En la entonces escuela de San Fernando, donde era profesor Antonio López, él se mostró rebelde, sincero y heterodoxo, como ha seguido siendo siempre: “Sí, yo ya era vanguardista al empezar a pintar, pero es que en la escuela no te enseñaban a pintar. López opinaba que lo que se hacía no era moderno... excepto un cuadro mío, que señaló como ‘impecablemente hecho’. Aquello me hizo reafirmarme en mi senda artística”.
¿Y cuál es su senda artística?
Mi realismo extremo hecho con las técnicas tradicionales del XV. Es muy distante del de Antonio, que es un gran pintor, sin ninguna duda.
Una crítica de arte, Cohen, dijo en EEUU que lo que usted hace no es nada nuevo, pero que lo hace mejor que casi todos.
Me gusta pintar todo aquello en lo que la gente no se fija, No me gusta pintar la Venecia triunfante, prefiero pintar lo humilde. Tengo fijación con las viejas paredes, las puertas, las aldabas...
¿Qué es para usted la belleza?
Un palabra con demasiado significado para encerrarla en una definición.
La obra de Adriansens se ha colgado en medio mundo: Miami (20 años de pintura en América, 1983), Roma (Academia Española de Bellas Artes, Historia y Arqueología, 1987), Madrid, París, Bienal de Basilea de 1976, ARCO 87, Viena (Palacio Palffy, 1975), La Habana (en 1977), Quito (visita de los Reyes, 1980), Santo Domingo... pero un buen día escondió lo pintado y dejó de mostrarlo al público. No dijo por qué. Hoy lo hace: “El estudio es recogimiento y soledad, pero eso acaba por aislar al artista del mundo que le rodea y lo convierte en un ser arisco. Sin embargo, la participación en la televisión y la radio me obligaba a observar, analizar, a comentar lo que sucede en el mundo”.
Se dijeron cosas bellísimas sobre sus cuadros en la inauguración. ¿Por qué dejó de exhibir su pintura durante 20 años si no dejaba de pintar?
Por desánimo al contemplar el espectáculo del mundo del arte, cada vez más confuso y engañoso, y también
por prolijas razones íntimas, entre otras mi participación en el mundo de la comunicación. Después del silencio sí me ha satisfecho la respuesta del público.
Algunos cuadros los firma y otros no.
Me gusta firmarlos por detrás.
Usted es una persona culta y hay quien le llama pedante. Pero en realidad no lo es, aunque recite de pronto a cualquier poeta romano mientras toma un refresco...
Soy una persona normal y corriente, pero mis gustos son cultos. Recuerde la frase de Dominique Ingres: “No temáis a la perfección porque no la alcanzaréis nunca”.
Es protagonista de un libro: Adriansens o la dificultad de un nuevo clasicismo (Raúl Chávarri, 1980) y figura en el Diccionario de pintores españoles contemporáneos.
Sí, sí, bueno... Pintor maldito no es precisamente el apelativo que mejor me cuadre.
Usted siempre elegante, tan transgresor en su vida pública y privada, y tan clásico en su pintura...
Qué le voy a hacer si me gusta más Ovidio que Vargas Llosa y Virgilio antes que García Márquez. Pretendo que sean mis pinturas serenas, armoniosas, pacíficas.
Como tertuliano siempre ha defendido la modernidad. Y como escritor también. Le está agradecido a Zapatero por las bodas gais, creo.
Nunca me he sacrificado a la moda ni he hecho caso a lo que los demás dicen. Y sí, hay seis libros ya de afición tardía de los que estoy muy satisfecho. La urgencia de escribir se despertó en mí y así lo hice.
¿Y el futuro?
Europa está en peligro de caer en la versión ultra de la derecha.



