José Mujica
A las ocho de la mañana el senador José Mujica, llamado El Pepe en Uruguay, camina de vuelta a casa por un sendero de su granja. Ha inspeccionado sus cultivos de lirios y crisantemos, de coles y cebollas. Se levanta a las seis, se toma un par de mates, y pisa la tierra como un campesino estoico, socarrón, laborioso, al tiempo que pensador, que es lo que más le gusta ser. Desde 2010 a 2015 fue la máxima autoridad de la República Oriental del Uruguay y no quiso mudarse al palacio presidencial en Montevideo. Se quedó en su chacra del Rincón del Cerro, a una hora del centro, en un campo que se abre a duras penas tras el puerto seco de contenedores del Camino de Tomkinson. Es un terreno como suspendido entre la ciudad y la naturaleza, pero por la noche se ven las estrellas, raramente los faros de algún coche. Ahí vive Mujica, el político que dio a los necesitados su sueldo de presidente, y que renunció a los honores y hasta al coche oficial. Se quedó con su escarabajo, un viejo Volkswagen de un fuerte color turquesa. Y se quedó con sus convicciones de toda la vida, vivirla ante todo. Lo sabe bien un hombre que pasó catorce años encarcelado por su actividad de guerrillero tupamaro. Explotación, acumulación, lucro y consumismo desaforados, desigualdad, todo eso le hace estar vigilante y crítico a sus ochenta años de edad. Esa ética, o esa integridad, no reñida con el humor, es el mayor patrimonio que este mes de abril se llevará al retirarse de senador y de la política activa.
Un conquistador de Colonia de Sacramento en 1680 se llamaba Antonio de Viera y Mujica. ¿No sería un antepasado suyo?
Mis antepasados llegaron al Uruguay en 1842. Concretamente mi bisabuelo Francisco Mujica Yeregui, que era de Tolosa, fue él quien se embarcó con su mujer Catalina para venir a América, y él procedía del barrio de Astigarreta de Beasain, siempre en Guipúzcoa, aunque hay un municipio que se llama Muxica en Vizcaya con una casa-torre de otra rama. Mujica es una de esas familias arborescentes, muy grandes. Ya había dos Muxica con Colón. A uno lo ahorcaron en las Antillas por ser revoltoso.
Todo un carácter, ¿no?
Usted sabe que echarse al mar en aquella época no era fácil para la tripulación de Colón. Cuando estuve en el País Vasco conocí la casa primitiva de un Muxica, un señor feudal de media caña, de aquellos más o menos señoritos que cuenta la leyenda y la historia, que fundaban iglesias y después cobraban el diezmo a medias con el cura.
Usted cuando fue presidente no quería cobrar ni su sueldo.
Yo cuando fui presidente donaba buena parte de mi sueldo a un plan de construcción de viviendas para mujeres que tienen cuatro o cinco hijos pobres. Porque dentro de la pobreza, los hombres suelen ser escapistas y dejan a las mujeres solas. Las abandonan, sí. Y bueno, hicimos un plan, y yo me comprometí con eso y lo cumplí hasta el final, más los aportes que le corresponden al partido. Entonces, en realidad me dediqué a explotar a mi mujer, porque yo vivía del sueldo de mi mujer [la guerrillera tupamara y hoy senadora Lucía Topolansky].Y alcanza. Alcanza porque somos muy sencillos.
Dijo que iba a adoptar niños cuando se retirase.
No. Estamos haciendo aquí junto a la chacra una escuela agraria, y en parte está ya funcionando. Nosotros aportamos todo lo necesario, la tierra para trabajar, solucionamos los problemas materiales. Pero cuando mi mujer y yo nos vayamos de este mundo, la escuela pasa al Estado.
¿Piensa en morir siendo tan joven?
No, no hay que pensar en eso. Pero cuando pienso que voy a morir extiendo la capa y me echo a dormir, decía Tirso.
Sé que siempre le gustó la literatura.
De muchacho leí mucho, fácil que fuesen varias obras por día. Mis libros favoritos son muchos, pero cada tres o cuatro años al Quijote le doy una leída, y siempre encuentro cosas, me río. Me hace entrar en el idioma antiguo que es una manera de decir con imágenes muy cifradas. Como aquello que Quevedo decía “entró un chirimía de la bellota”.
Eso hay que traducirlo.
Era uno que manejaba los cerdos tocando la chirimía.
¿Cuándo se llegará, si se llega, a cumplir la utopía, o si no, la renta básica universal?
Tenemos una impotencia crónica en cuanto a poner impuestos a los poderosos. Por todos lados. Se van a los paraísos fiscales, hay muchos contratados para eso en el mundo, mucho abogado, siempre están maquinando. Hay una concentración de la riqueza pavorosa. La economía demuestra que puede crecer, pero van quedando sectores que no participan en el crecimiento.
O la epidemia llamada desigualdad.
Si el Estado de alguna manera no participa, ni tiene políticas férreas de distribuir en parte, y de atender esas bolsas de pobreza, la economía sola no arregla eso. Y es una misión que tiene que hacer la política. Pero genera mucha oposición. En el fondo lo que se hace son transferencias de recursos: sacar de donde hay mucho para dar algo adonde no hay nada o muy poco. De una forma u otra, porque nadie hace magia. Pero esto es como si dijéramos: ¿para qué quieres tú tanto si no te lo vas a llevar en el cajón? Y cuesta. Estoy tratando de ser sencillo en imágenes, pero después de decir eso es más complicado.
¿Y dónde habría que buscar la solución?
Yo lo que pienso es que eso que llamamos izquierda y derecha representan movimientos pendulares permanentes en la historia del hombre. El término izquierda es de la revolución francesa para acá, pero en realidad me siento pariente de Epaminondas, de Espartaco, de los Gracos, de los Ashoka de la India, de Jesús, es decir, de todos los que en su tiempo, y en el marco de su época, pelearon por un poco más de justicia social, por distribuir la riqueza. Eso existe y creo que va a existir siempre como una constante. Porque todos los derechos sociales que están incorporados en el grueso de las legislaciones vigentes fueron en algún momento banderas de grupos que se llamaban de izquierdas o como fuera, y que pelearon hasta que al final esas ideas se incorporaron. Y a veces les costó la vida, como a los anarquistas.
¿Quién discute ahora la política social?
Aunque sea un Gobierno conservador incorpora eso [en este punto, el labrador blanco de Mujica se nos abalanza y él comenta: “Este te mata pero a lametones”]. Se puede discutir que es poco lo que hay aún en las políticas sociales, pero ya no se puede volver atrás en ese punto. Entonces la cara conservadora cumple también su función, porque no se puede estar cambiando todo el día. Y las dos visiones tienen enfermedades: lo conservador cuando cae demasiado hacia la derecha se hace reaccionario, y los fascismos vienen. Y la izquierda cuando se confunde y cae en el infantilismo quiere repartir lo que no existe. Por eso cuando me dicen que así vamos a perder, sí, podemos perder, coyuntural, tácticamente, pero nunca vamos a estar derrotados del todo porque nunca triunfamos del todo. Esta es una lucha constante del género humano. Y es cuestión de no perder el sentido de humildad y de no creer que teniendo el poder se tiene todo. No. La lucha por el progreso es infinita.
Siempre falta algo para que aparezca el hombre nuevo.
En mi generación hubo un pecado de ingenuidad. Se pensó de buena fe que cambiando las relaciones de producción tendríamos las condiciones materiales para conseguir un hombre nuevo. Y no olvidemos el papel de la cultura, que se resume en esto: si no cambia uno mismo, no se puede cambiar tu entorno material. El cambio cultural es más lento que el cambio material. Se ha venido de un cazador del Neolítico al que no se le ocurría decir que el ciervo que cazaba era suyo. La familia era tribal. No entendía esto de la propiedad privada como tenemos nosotros. Es una educación de la historia. Es una cuestión adquirida. Y si es adquirida también es posible que el hombre tenga la capacidad de reprogramarse, en parte. Cuesta, sí, y va a costar muchos dolores de cabeza. Pero los signos del cambio no los encuentras en los países pobres. ¿Sabes dónde los encuentro? En la Europa nórdica, y los encuentro en los universitarios que están podridos de dinero en la locura de la sociedad moderna, y entonces son ellos quienes no quieren seguir más así. En esta locura de que uno tiene que trabajar y cambiar el automóvil todos los años, y esto y lo otro. Mucha gente está como alucinada. ¿No ves que los emigrantes solo quieren ir a Alemania o a EEUU? Antes los emigrantes venían a construir el país. Ahora no. Ahora quieren trabajar donde hay mucho que consumir. Ni en España se quieren quedar, pasan de largo.
Una vez dijo usted: “la estética de hoy es la ética”.
¿Sabe lo que pasa? Hasta Adam Smith, filosofía, ética y economía iban en el mismo continente. Con la historia avanzada, la economía se empezó a separar. Y la economía se divorció completamente de la ética, y también de la filosofía. Pero el ser humano no es solo economía. Claro que la economía es importante. Pero cuando se analizan las decisiones más importantes que se tomaron en su día no fueron de la economía.
No sabemos además si hay algo más allá.
Claro, y aunque me voy acercando, yo no creo en nada todavía. O más bien creo en la naturaleza. Soy un cuasi panteísta, un adorador de la naturaleza, pero al fin y al cabo nos comemos muchos bifes [bistecs] y después los gusanos nos comen a nosotros.
Pero según usted el amor es la mejor adicción. ¿Cómo se ha resuelto la legalización de la marihuana en Uruguay? Ustedes fueron los pioneros en el 2014.
Yo no soy partidario de ninguna adicción. Las adicciones son una plaga en general. Pero el hombre es un bicho complicado. Cuanto más prohíbo, más tiento; así es la gente joven. Y mucho peor que la adicción es el narcotráfico. Hay que romper inercias y rutinas. Buscar nuevos caminos para enfrentar el problema. Llevamos 70, 80 años, reprimiendo. ¿Y a dónde vamos? Hay cada mafia que asusta. Países como México… Yo pienso que la táctica represiva ha fracasado. Y se toman medidas que son cínicas. Ahí está California que tú vas a un médico y te da una receta de marihuana que lleva su firma. En lugar de llamar a las cosas por su nombre. El Uruguay es pequeño, pero aunque nos costó un dolor de cabeza legalizamos el cannabis, y también hemos sido pioneros en otras cosas, como dar el voto a las mujeres en 1904. O en nacionalizar electricidad, refino y distribución de combustibles, seguros… Y hoy, el 70% de los bancos son del Estado uruguayo.
Para Spinoza, el propósito del Estado es la libertad.
Siempre, siempre hay que luchar por la libertad. Pero hay otra cosa tan importante como la libertad y es el tiempo. Si caigo preso del consumo y tengo que trabajar todo el tiempo, y no tengo tiempo para vivir, puedo creer que soy libre, pero en el fondo no lo soy. Mientras estoy trabajando para ganarme la vida no necesariamente soy libre, porque muchas veces tengo que hacer trabajos que no me gustan. La libertad es tener tiempo para vivir. En la época de Spinoza no había ese tipo de tiempo. Hoy existe y hasta ves a una parejita y están enamorados, y están cada uno mirando su teléfono. Por favor, ¿cómo es posible esto? En esta sociedad mediática y consumista es mucho lo que se deja por el camino, costumbres, y cosas que importan y que nos conmueven.
¿Ve posible una resistencia lúcida a este panorama?
Es curioso por qué estas cosas a veces no sorprenden a la gente joven. Tengo 80 años y voy para 81. Nosotros pensamos que el proletariado era la clase emergente, eran los tiempos de los mamelucos [marxistas leninistas], pero ahora la mayoría de la gente va a la universidad. La tecnología avanza y va a determinar los cambios de la sociedad. El proletariado ahora está en la base de la universidad. Porque el cambio tecnológico hace que se necesiten trabajadores más inteligentes y más formados, y este es el precio que se tendrá que pagar. Va a ser cada vez más difícil dominarlos porque van a tener más personalidad. Por eso digo a la gente joven que derrotados en la vida solo hay los que bajan los brazos. Hay que tener el coraje de levantarte y de volver a empezar. A veces la gente siente la derrota y se tiene autolástima, autocompasión. El bicho humano es duro, sacude lo que lleva dentro. Un bicho complicado. Pero somos más fuertes de lo que hemos pensado.

