Carmen Durán

01 / 03 / 2016 Óscar Sainz de la Maza
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Psicóloga.

“Hacer que el otro se sienta culpable nos sirve para modificar su conducta”

Foto: Beatriz Gutiérrez

Desentraña los misterios de una de nuestras peores pesadillas: El sentimiento de culpa, título del ensayo que acaba de publicar en Kairós. Es lo que nos impide alcanzar la felicidad.

Freud decía que solo una pequeña parte de nuestra mente pertenece al consciente, la mayoría queda en el inconsciente. ¿Nos damos cuenta de la importancia de este último o realmente nos “gobierna”?

Nos gobierna, no nos damos cuenta de su importancia. No me refiero a cuando hacemos cosas sin intención, el inconsciente freudiano puede llegar a dominarnos contra nuestra voluntad: como cuando nos enfadamos de forma desproporcionada con alguien; hay causas inconscientes que nos llevan a tener esa reacción desmedida.

Freud es el psicólogo más conocido. A día de hoy, ¿hasta qué punto es aprovechable su obra?

Su aportación fue crucial, era un genio. A partir de él, sus discípulos han evolucionado. Aun así, la terapia psicoanalítica clásica es difícil de seguir. Supone mucho tiempo y dinero.

Sobre la culpa existe, también, un ensayo de Carlos Castilla del Pino de 1968. ¿Siguen vigentes sus tesis?

Castilla del Pino no tuvo tanto predicamento fuera de la escuela de Córdoba. Pero tiene ideas muy interesantes, aunque terapéuticamente quizás no sean tan válidas.

Ha trabajado mucho con parejas. ¿La culpa juega un importante papel en las relaciones amorosas?

Muchísimo. A veces, fuerza a mantener una relación sin sentido, que solo genera más sufrimiento que otra cosa. La culpa también lleva a conductas, a menudo inconscientes, que coartan la libertad de cada uno dentro de la relación y que limitan el desarrollo personal.

Muchos utilizan la culpabilización de los demás como medio para conseguir sus fines, especialmente padres y educadores. ¿No es esta una pauta de conducta perversa?

La culpabilización del otro nos sirve para que este modifique su conducta. En el libro analizo distintas formas de hacerlo. Una, la de la “madre”: mira cuánto sufro, pórtate bien. Otra, la del “padre”: te estás saltando las normas, te voy a castigar. Y otra, desde los hermanos, amigos... que te excluyen del grupo si no juegas bajo sus reglas. Todo eso modifica nuestra conducta.

Suele vincularse la culpa con otra emoción igualmente compleja: la vergüenza. ¿En qué se diferencian?

Van casi siempre de la mano. La culpa tiene más que ver con el otro, con lo que le hemos hecho, y la vergüenza tiene más que ver con uno mismo, con la vergüenza de ser quien soy, de hacer lo que hago. Pero van muy ligadas. La sensación que es común a las dos, como también apunta Castilla del Pino, es la de pesadumbre. Que obviamente nos impide ser felices.

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