Blanca Marsillach

04 / 04 / 2016 Hernando F. Calleja
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Actriz, directora, activista y gestora de teatro.

“Como mi padre, he sentido debilidad por los perdedores, por los vulnerables”

Ha dado un giro al concepto de teatro social en el que, sin renunciar a los contenidos reivindicativos, ha abierto un boquete en la cuarta pared para subir al escenario a personas en riesgo de exclusión.

En nuestro país, el teatro social es el que a partir de los años cincuenta ponen en pie Buero Vallejo, Alfonso Sastre, Lauro Olmo, Martín Recuerda, etcétera. Usted da vuelta al concepto y hace otra lectura, involucrando en el hecho teatral a colectivos sociales desfavorecidos. ¿Cómo llega a ello?

A partir de una experiencia personal. Mi amiga y socia Elisa Varela me planteó que debería abrazar una causa que defender, ayudar a los demás, ser la cara del teatro social, en vez de hacer teatro comercial. En un momento de mi vida hubo unas mujeres que me ayudaron. Eso me marcó y es el punto de partida de esta vocación mía por ayudar a mujeres que están en casas de acogida de la Comunidad de Madrid. Como mi padre, he sentido debilidad por los perdedores, por los vulnerables.

Ahora trabaja en sus obras con personas en riesgo de exclusión o con distintas discapacidades. ¿Cómo lo hacen?

Según los colectivos de los que se trate. Con la Obra Social La Caixa hemos realizado un proyecto, que se llama Incorpora, en el que 62 personas, exreclusos, exdrogadictos, parados de larga duración, han trabajado en el montaje como eléctricos, modistas, carpinteros, etcétera. Con la Fundación Repsol hemos hecho otro proyecto de integración de personas con discapacidad con el teatro.

A esos proyectos realizados, ¿qué les sigue?

Preparamos una gira por diez ciudades españolas con el montaje de Una noche con los clásicos, que realizó mi padre con María Jesús Valdés y Amparo Rivelles, en la que los actores son personas mayores. El propósito es que, a través del teatro, sumen vida a los años mientras cumplen años en la vida.

Teniendo todas las bazas en su mano para poder hacer carrera en el teatro, en el cine, en la televisión, usted opta, como su personaje de Buscando a Hillary, por la independencia frente a la seguridad.

Yo lo veo al revés. A mí me da mucha independencia no tener que estar esperando a que un señor se acuerde de mí para contratarme como actriz. Yo no he tenido el coraje de enfrentarme a ese continuo rechazo que significa ser actriz. Eso me daba pavor. También la ansiedad por encontrar ese papel que me pudiera llenar. Empecé, claro, en el teatro comercial, pero como instrumento para poder hacer el teatro que a mí me gusta, el que hago ahora y como lo hago ahora.

En algún lugar he leído que calificaba al teatro como una terapia. ¿En qué sentido? ¿Lo es para usted, para los que intervienen en el hecho teatral o para el público?

El escenario es un lugar donde se nace, se muere y se resucita. Cuando la gente se sube a un escenario se produce un hecho mágico que te transforma. No solo les pasa a los actores, sino que se transmite al público. Cuando este se siente actor, hemos logrado esa transformación.

Y todo esto, ¿por qué?

Lo explico parafraseando a mi padre, “el mundo es injusto, la vida es injusta y puede ser que el ser humano se perpetúe a base de injusticias y por eso no me resigno a quedarme cruzada de brazos”. 

Grupo Zeta Nexica