Anabel Alonso
Es como una navaja suiza, multiusos. En un día graba televisión, pone voz a un personaje de dibujos animados y produce y actúa en El trompo metálico, un alegato contra el autoritarismo y la arbitrariedad.
En esta función reincide con la autora Heidi Steinhard, reincide con asuntos familiares y reincide como productora. Usted es una reincidente, que diría Jardiel.
Reincido con Heidi porque las experiencias anteriores fueron muy positivas y porque se trata de una autora en plena producción y que nos da un texto fresco. Esas dos características me parecen interesantes.
Vuelve al microcosmos familiar, donde puede ocurrir lo mejor y lo peor. En este caso, solo lo peor.
La opresión, el sometimiento, el autoritarismo, se producen en la familia, pero pueden extrapolarse como fenómenos de una sociedad enferma. Se retrata cómo un padre y una madre, gente zafia, ignorante y autoritaria, se imponen a una hija disciplinada, seria y casi perfecta. Es una metáfora de cómo el pueblo supera a sus dirigentes.
Ese autoritarismo, cómo no, llega a la violencia sexual, otro de los asuntos lacerantes.
Sí. Hay un crescendo del maltrato psicológico, al maltrato físico y finalmente al abuso sexual. Está reflejado todo el arco de arbitrariedades del poder por parte del padre y de la colaboración culpable de la madre.
También hay una crítica a la educación basada en la competitividad.
Es otra manera de violencia, obligar a memorizar sin poder preguntar nada ni cuestionar nada. Se impide la capacidad de elección y se obliga a competir y no ser solidario. En la función está llevado a un extremo, pero es real.
¿Producir la función es requisito necesario para hacer las obras que uno quiere hacer?
Ayuda bastante. Si uno, gracias a su trayectoria y a su esfuerzo, puede permitirse ese lujo, porque es un lujo, de elegir el proyecto y ponerlo en pie, a pesar de los impuestos culturales, en un espacio limitado, entonces te libras de la presión de la taquilla de un teatro grande y puedes gozar de mayor independencia.
El teatro español se ha reinventado en espacios alternativos, pisos de familia, garajes, patios de corrala, suites de hotel, estancias de pensión, con aforos de cuarenta a cien personas y el público a centímetros de los actores.
A mí me gusta que proliferen esa salas del teatro off, que permiten un juego más arriesgado y experimental, y que las grandes producciones del teatro público y privado, que son muy importantes y necesarias, dispongan de grandes aforos. El teatro off aguza el ingenio y no está tan supeditado a la taquilla. Si no fuera por los impuestos culturales que nos acechan, hasta podría hablarse de no perder dinero en ellos.
La proximidad, casi contacto físico con el público, ¿rompe la magia?
También ha cambiado el lenguaje en el teatro. Según qué trabajos hagas, esa proximidad de ver el primer plano del actor, como en el cine, es muy gratificante para el público y también para los actores, que sienten las reacciones de manera inmediata.



