¿Qué fue del Plan R?
Un año después de su anuncio a bombo y platillo, el Plan de Reindustrialización de España ha dejado pocas evidencias palpables de lo que prometía. Los expertos piden un pacto de Estado para la industria española.
El Plan R de reindustrialización de España está perdido en el espacio. Un año después de su nacimiento y promulgación, el Ministerio de Industria no explica qué fue de los 1.750 millones de euros previstos en aquel programa de incentivos industriales. Nada se sabe tampoco de los 800.000 empleos industriales perdidos en la crisis, que había que recuperar con estas medidas a partir de 2014 y durante los próximos años. Y mientras, el número de empresas industriales ha descendido significativamente con la crisis (ver gráfico) sin que el ritmo del cambio de tendencia acabe de tomar fuerza.
Sea como fuere, el Plan R existió. Incluso ha circulado en partidas presupuestarias y ha llegado dinero a algunas empresas y a algún sector. En junio de 2014, el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, anunciaba el Plan de Medidas de Crecimiento e Impulso Económico, en el que se incluían algunas de reindustrialización. El Gobierno vendió el plan como respuesta al Horizonte 2020 de la Unión Europea, que plantea que la industria de los países socios suponga el 20% del PIB. Las medidas eran apoyos a la actividad industrial y a la eficiencia energética, ayudas a la exportación y a las pymes, y dinero para formación e I+D. Las dos grandes partidas fueron: 745 millones para reindustrialización y 350 millones de una línea ICO para innovación.
Un año después, el Plan R parece que nunca existió. Expertos como Juan Ramón Cuadrado Roura, catedrático de Economía de la Universidad de Alcalá, o Fabián Márquez, presidente de la consultora ARI Asesores de Relaciones Industriales (ARI), señalan que “el presunto plan era una suma de apoyos y medidas sectoriales y horizontales que se llamaron ‘plan’ por poner algo. A día de hoy, salvo los planes PIVE de apoyo al automóvil, no sabemos nada. Tampoco los efectos que se han producido en la actividad económica, ni qué grado de reconstrucción del tejido industrial”. Márquez y Cuadrado Roura sospechan que “hay poco balance que hacer. Sabemos que los PIVE de apoyo al automóvil funcionan, pero nada sabemos de la química, los bienes de equipo o la agroalimentación, que eran los otros sectores prioritarios de actuación”.
Ministro ausente. Los dos subrayan que “en España no hay política industrial, los sectores potentes se han buscado la vida en esta crisis y funcionan porque se han lanzado a la exportación, tienen una gran tradición y, sobre todo, porque en muchos casos hay detrás multinacionales”.
Cuadrado Roura señala que “el ministro de Industria, José Manuel Soria, está muy activo en la energía, donde tenemos serios problemas de costes y competitividad, así como en el turismo, que como canario le preocupa mucho. Pero no le veo con política industrial en la cabeza. Si tiene alguna política industrial, alguna hoja de ruta, unos objetivos definidos y definibles... deberíamos saberlo”.
Por lo demás, no hay experto industrial o catedrático de Economía que no advierta que la industria debe ser el cimiento de la recuperación económica. “La crisis –dice Cuadrado– nos ha demostrado que un país industrial resiste mejor los efectos negativos y se recupera antes y con más solidez. Alemania lo ha demostrado claramente. Y la recuperación se tiene que asentar en sectores que generan valor añadido y empleo estable, de calidad y a largo plazo. Ese sector es la industria”.
Esta es la misma tesis que defiende Ingemar Naeve, presidente de Ericsson España y de la Comisión de Industria del Círculo de Empresarios. Desde 2011 ha difundido varios documentos públicos advirtiendo que “las economías de los países más industriales son más sólidas y tienen más futuro a largo plazo”. Lo dice un sueco, con experiencia de 30 años dirigiendo una multinacional en España. Naeve subraya que los deberes de España pasan por “mejorar las condiciones de competitividad con medidas de apoyo a la industria en materia energética, laboral, fiscal, y educativa”, aunque reconoce que ningún Gobierno termina por hacer estos deberes, ni antes ni después de las crisis.
Desde la patronal CEOE se señala que el Plan de Reactivación Económica de junio de 2014 ha sido positivo y ha generado actividad y empleo en sectores industriales de valor añadido, como el automóvil, bienes de equipo, química, pero eso no basta, falta un impulso vigoroso para levantar un tejido industrial más fuerte, sobre lo que ya tenemos. “Es necesario un pacto de Estado por la industria –señalan a TIEMPO fuentes de la patronal– en el que estén las organizaciones empresariales, las centrales sindicales y el Gobierno”. Hay una mesa industrial dentro del ámbito permanente de diálogo de los agentes sociales, pero “es hora de que se sustancie en un plan consensuado a largo plazo”, añaden.
Empleo estable. La urgencia viene por la necesidad de crear empleo. España tiene cinco millones de parados. Como recuerda Almudena Semur, gerente del Instituto de Estudios Económicos, “no podemos olvidar que hemos perdido desde el año 2007 nueve puntos porcentuales en promedio del empleo industrial: ha caído del 24,7% al 17,8% en su participación del empleo total”. Hay una cierta recuperación, pero muy lenta. “No hay que olvidar que nuestra reindustrialización está muy ligada al cambio de modelo productivo. Eso nos llevará años, y se tienen que aplicar a ello el Gobierno, la patronal y los sindicatos”. Y lo más importante, según Semur, es que “el empleo industrial es indefinido, de calidad, bien pagado, que resiste a las crisis. Nada que ver con el empleo de construcción o el turismo, estacional, precario, que se crea y se destruye a gran velocidad”.
Un recientísimo informe de la Fundación de las Cajas de Ahorros (Funcas) señala que “ahora que los rigores de la recesión ya parecen superados y en los indicadores económicos se percibe un cambio de tendencia, es el momento de pensar qué se puede aprender de la situación vivida en los últimos años”. El informe añade que no es una buena estrategia dejar que la deslocalización desmantele la industria, puesto que además de la pérdida de empleo, “deja a la economía en una posición más débil”.


