Los reyes destronados
Lo tuvieron todo y ahora han quedado fuera de la foto. Al menos de la inmobiliaria.
Martinsa-Fadesa y su presidente, Fernando Martín, no han sido los primeros y seguramente no serán los últimos en una historia de reyes destronados, que subieron como la espuma en épocas de vacas gordas y que ahora pagan las consecuencias de ambiciones mal medidas, de gestiones centradas en el corto plazo o de pensar que el mercado inmobiliario no pararía nunca de crecer a ritmos claramente insostenibles. Fernando Martín pasa a engrosar una nómina en la que están por méritos propios Enrique Bañuelos, que presidió As- troc, uno de los mayores pelotazos de los últimos años, o Luis Portillo, involucrado en la antigua Inmocaral, hoy Colonial, cuyas fortunas personales, cuando las inmobiliarias eran las reinas de las bolsas, sumaban cientos de millones de euros. Fernando Martín, el último en llegar, comenzó su relación con el mundo del ladrillo en los años 90 del siglo pasado y empezó a crecer deprisa justo cuando iban acabando de cicatrizar las últimas heridas de la crisis de 1992. Lo hizo con una actividad muy lucrativa pero que requiere de buenos contactos. Se dedicaba a comprar solares o casas ruinosas en zonas de lujo de Madrid, preferen- temente en el Paseo de la Castellana o alrededores, para vendérselas a grandes promotoras con una más que interesante comisión. Pero su ilusión por ser uno de los grandes quizás le ha perdido.
Martinsa, una empresa fundada por Fernando Martín en 1991, compró en 2006 la inmobiliaria Fadesa, presidida por el empresario gallego Manuel Jové, por 4.000 millones de euros. Pagó 35,7 euros por cada acción de Fadesa, un precio muy alto incluso entonces, en pleno boom inmobiliario, y propició que Jové se marchara a casa, con unas importantes plusvalías, con las que después llegó a comprar, por ejemplo, el 5% del BBVA. Eso sí que es salir a tiempo. El problema es que Fernando Martín financió la adquisición de Fadesa con créditos bancarios. Tras la crisis financiera provocada después del verano de 2007 por las hipotecas basura de EE UU, las circunstancias han cambiado y el que hasta hace diez días era el presidente de la asociación de grandes inmobiliarias ha dejado el cargo y va a sufrir más de un dolor de cabeza próximamente.
Los precedentes: Astroc.
Otro caso clásico es el de Enrique Bañuelos, que fue presidente de Astroc, inmobiliaria que tras una profunda reconversión ahora se llama Afirma. ¿Quién le iba a decir a este valenciano de Sagunto, que el próximo 26 de julio cumplirá 42 años, que iba a salir en los periódicos por ser uno de los cien hombres más ricos del mundo? Astroc salió a Bolsa en mayo de 2006 a 6,4 euros por acción y en febrero de 2007 cada título valía en Bolsa 72,60, su máximo histórico, y cuya irresistible ascensión le llevó a aparecer en la lista de la revista norteamericana Forbes, con el número 95, entre los hombres más ricos del mundo y a ser considerado en 2006 como el tercer español más rico. Los 7.000 millones de euros que entonces valía la parte que poseía de su imperio inmobiliario se han dividido por setenta en estos meses. Cuando las cosas comenzaron a no ir tan deprisa y el negocio de Astroc, basado fundamentalmente en la compra y venta rápida de inmuebles con importantes plusvalías, comenzó a flaquear, llegó el verano de 2007. En julio tuvo que abandonar la compañía en mitad de un proceso de fusión con otra inmobiliaria –Aisa–, que no llegó a buen puerto. Desde entonces, más bien poco se sabe de él. Pero en sus años de triunfo protagonizó operaciones tan llamativas como comprarle por casi mil millones de euros, prácticamente de un día para otro, al Banco de Sabadell, su grupo inmobiliario, Landscape.
El caso de Colonial.
Otro rey destronado en el mundo inmobiliario es Luis Portillo. Ahora cuenta con 46 años, pero con sólo 44 fue presidente de Inmocaral, empresa que había adquirido poco antes, y de Colonial, inmobiliaria a la que absorbió en 2006. Pero poco le duró la suerte. El desplome de Colonial en Bolsa a finales de 2007, cuando perdió casi la mitad de su valor en una semana, dejó a Portillo fuera de la presidencia de la entidad. Los bancos acreedores, que tenían garantizados créditos con acciones de la propia compañía, ejecutaron las garantías y se hicieron con el control de la inmobiliaria, dejando a Portillo en una difícil situación, que le obligó incluso a dejar de formar parte del consejo de administración de Colonial. Y no sólo eso, sino que su participación en la inmobiliaria, antes mayoritaria, es inferior ya al 5%. Entre medias, Portillo había vivido episodios que dieron mucho que hablar, como la compra, por la nada desdeñable cifra de 7.000 millones de euros, del 15% de la constructora FCC, controlada por Esther Koplowitz, o su inclusión en la lista de los hombres más ricos, según Forbes, aunque en este caso cerca del puesto 300. Por su parte, Joaquín Rivero, empresario gaditano nacido hace 63 años, inició su carrera inmobiliaria con una pequeña empresa llamada Bami, que después se comió a otra mucho más grande (Zabálburu) y que terminó por comprarle al BBVA su participación en la histórica Metrovacesa. Esta operación provocó un duro enfrentamiento entre el propio Rivero y la familia Sanahuja, también presente en el capital de la inmobiliaria. Tras meses de intentos de expulsarse los unos a los otros del consejo de Metrovacesa, la pelea terminó con una división salomónica. Los Sanahuja se quedaron con los intereses españoles y Rivero como consejero delegado y accionista de referencia de Gecina, la filial francesa de Metrovacesa. Este empresario, que en 1978 había fundado ya su primera constructora, tiene otros intereses además de los inmobiliarios. Por ejemplo, posee una colección de arte que incluye más de 300 obras de pintores representativos españoles, como Goya, Zurbarán y Valdés Leal.



