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La bolsa, un pasito palante y otro patrás

03 / 09 / 2015 José María Vals
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Las bolsas de casi todo el mundo han seguido a las chinas en sus desplomes y ahora viven sumidas en movimientos de ida y vuelta. Aunque parezca paradójico, esto se explica porque China no es la única culpable del fiasco

Las bolsas chinas vivían en una burbuja en los últimos tiempos, superior a la que también viven las occidentales.

Se llama Chicago Board Options Exchange Market Volatility Index. Su traducción al español es algo así como Índice de Volatilidad del Mercado de Opciones de Chicago. Pero los expertos en bolsa le conocen coloquialmente como VIX. Para alguien no habituado a moverse en los intríngulis bursátiles esto quizás le suene a chino, y nunca mejor dicho, porque ha sido uno de los índices más observados durante los últimos días para ver cómo podía evolucionar la crisis de las bolsas chinas y su efecto arrastre sobre el resto del mundo.

Este índice VIX, que cuanto más sube,  mayor es el pánico que provoca entre los inversores profesionales, mide efectivamente el grado de miedo que se apodera de los mercados y lo hace contabilizando las inversiones que se hacen para salvaguardar en parte las ganancias adquiridas. Es decir, que cuanto más activos de garantía se compran, más posibilidades hay de que haya batacazo, porque eso es lo que presienten los inversores.

Las fluctuaciones que ha experimentado dicho mecanismo de medición han sido una auténtica locura para los inversores, que no sabían muy bien qué hacer. Todos buscaban culpables de la situación para poder calibrar cuánto tardaría en arreglarse el problema. Tras un viernes y un lunes negros (el  21 y el 24 de agosto), todas las miradas se dirigían a China, cuyas bolsas caían a plomo y donde las autoridades también parecían aturdidas.

Llegó la reacción. El Banco Central chino bajó los tipos de interés y prometió que metería en el mercado todo el dinero fresco que hiciera falta para mantener el tipo. Las bolsas volvieron a subir y se oyó un suspiro de alivio en la mayor parte de los mercados, salvo curiosamente en EEUU, donde su principal índice bursátil, el Dow Jones, no parecía enterarse de que las autoridades chinas habían tomado cartas en el asunto. ¿Por qué? Pues porque la culpa de esta tormenta no es solo de China.

El tamaño. Si hace pocas semanas nadie hablaba de otra cosa en los mercados que de la crisis griega y su influencia en el euro, ahora las conversaciones giraban sobre la posible desaceleración de la economía china. Y no es para menos. Tan solo dos datos ilustran la importancia de este gigante: tiene una deuda externa de 1,7 billones de dólares (1,53 billones de euros) y su economía supone el 16% del Producto Interior Bruto (PIB) mundial. Un estornudo de este país puede hacer temblar los cimientos de más de uno en cualquier lado de los océanos.

La pasividad inicial de las autoridades chinas fue interpretado por no pocos analistas como un posible signo de que desde el Gobierno del país se reconocía que la crisis, como el sarampión, había que pasarla y ya está. Algunos incluso llegaron a pensar, e incluso a decir en alto, que era posible que las estadísticas chinas no fueran todo lo creíbles que se le exige a un país moderno. Pero cuando hubo reacción oficial en Pekín, las aguas parecía que volvían a su cauce.

Una cosa, sin embargo, llamaba la atención de algunos expertos: el rebote de las bolsas fue más pequeño, bastante más pequeño, que los batacazos anteriores. Unos se apuntaron directamente a la desagradable teoría del gato muerto, según la cual hasta un animal de estas características, ya sin vida, es capaz de rebotar si cae desde una altura suficiente. El símil, muy utilizado en la jerga inversora, trata de describir esas pequeñas subidas que se producen siempre después de grandes desplomes de las cotizaciones, pero que no tienen la consistencia suficiente como para mantenerse en el tiempo. De hecho, en los días posteriores a ese primer rebote de las bolsas, siguió habiendo fluctuaciones hacia arriba y hacia abajo. Como en el baile, un pasito palante y un pasito patrás. Fue entonces cuando analistas menos pesimistas que los que se habían apuntado a la teoría del gato muerto optaron por buscar causas del desplome más allá de las circunstancias concretas chinas.

Burbujas. Nadie duda de que China tiene una gran parte de la culpa de la ola de pánico que recorrió los mercados de inversión de todo el mundo después de que hiciera dos devaluaciones consecutivas de su moneda (el yuan), tratando de animar sus exportaciones. Eso era reconocer en público que la economía del gigante asiático había pedido algo de fuelle y eso afecta a todos. La tardanza en reaccionar avivó el fuego y pasó lo que pasó. Pero fuera de las fronteras chinas también hay problemas.

La crisis desatada en 2008 provocó crecimientos muy bajos en EEUU e incluso caídas en la zona euro (ver gráfico). Eso llevó a las autoridades monetarias de ambos lados del Atlántico a reducir los tipos de interés a mínimos históricos con el fin de animar sus economías. Con estos niveles de tipos, cercanos al 0%, la deuda pública se ha convertido en un producto de inversión nada atractivo para quienes buscan rentabilidades decentes a plazos no muy largos. ¿Dónde ir? A la bolsa.

Esto ha hecho que no pocos expertos hablen abiertamente ya de una especie de burbuja de los mercados bursátiles, a donde ha ido a parar una parte importante de los excesos de liquidez de los mercados. Y hay una vieja máxima en las bolsas que dice que cuando las cotizaciones se inflan, llegan los ajustes.

Esto explicaría en parte por qué las bolsas han reaccionado con caídas tan importantes, incluidas las chinas. Allí, por ejemplo, el Banco Central tiene todavía mucha capacidad de reacción y atesora nada más y nada menos que 3,5 billones de dólares (3,2 billones de euros) en reservas de divisas. Datos tranquilizadores, pero a estas alturas casi nadie duda de que las bolsas chinas vivían inmersas en una burbuja, mayor seguramente que las del mundo occidental y que la chispa de las devaluaciones provocó el incendio del ajuste.

Y queda el petróleo. Sus precios han caído en picado. Hay más oferta que demanda y eso tiene un efecto inmediato. Unos hablan de que ha caído la demanda por falta de crecimiento económico mundial. Otros, sin embargo, echan la culpa a la sobreoferta de los países productores (en especial de Arabia Saudí). Sea como fuere, son muchas cosas que unidas provocan miedo y vaivenes en los mercados. (Continuará).

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