La banca vuelve a transformarse

29 / 06 / 2016 José María Vals
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La industria financiera está inmersa en una profunda transformación. No se trata de ganar solvencia, como ocurrió en la crisis pasada, sino de encontrar el sitio para poder competir en un mundo cada vez más complejo.

Dos amenazas parecen caer como rayos sobre la banca española: la baja rentabilidad de su negocio y la irrupción de las nuevas tecnologías. Y todo ello cuando las cicatrices de la crisis financiera de 2007 todavía siguen provocando algún que otro dolor esporádico. Todas y cada una de las entidades financieras españolas han acometido en los últimos años planes de reconversión de sus negocios y reducciones de costes para ganar eficiencia. Todas y cada una siguen quejándose de que la regulación del sector y los bajos tipos de interés hacen extremadamente difícil su trabajo y en algunos casos su propia supervivencia. Desde el punto de vista de los bancos, está claro que tienen que seguir buscando soluciones. Desde el prisma de los clientes, lo que parece cada vez más claro es que tendrán que volver a rascarse el bolsillo.

“El grueso del trabajo está hecho”, decía hace pocos días en Santander el presidente de Bankia, José Ignacio Goirigolzarri, refiriéndose a la reducción de la red comercial. Los números son elocuentes: entre el máximo de 2008 y marzo de 2016, las entidades financieras españolas han cerrado 15.187 oficinas bancarias y ello ha provocado una reducción de 73.030 empleados en su plantilla. Una aparente paradoja ha surgido, sin embargo, al comparar los gastos de personal entre ambas fechas y comprobar que ahora suponen un poco más de coste por empleado. Pero el presidente de la Asociación Española de Banca (AEB), la patronal bancaria, José María Roldán, pone las cosas en su sitio al explicar que estas regulaciones de personal, “realizadas siempre de forma pactada”, han provocado gastos anticipados por prejubilaciones e indemnizaciones que desaparecerán en los próximos ejercicios, dando lugar a un mayor beneficio.

¿Ha terminado entonces la reestructuración de la red comercial de la banca española? No. Esa es la opinión unánime del sector y la apoya también el subgobernador del Banco de España, Fernando Restoy, cuando dice que “en todo caso, también es cierto que la densidad de oficinas, a pesar de la reducción de los últimos años, sigue siendo elevada, en particular si se compara con la del resto de países europeos”. Unos bancos han hecho más que otros en los últimos años. Bankia, por ejemplo, lo hizo obligada por el acuerdo de España con la Unión Europea que le obligó a cerrar un 30% de su red. El Popular, cuyo mapa de oficinas era más reducido, también acometió su reforma aprovechando la compra del Banco Pastor. CaixaBank y Sabadell aprovecharon la absorción de entidades prácticamente quebradas como Banca Cívica o Caja Mediterráneo, respectivamente, para cerrar oficinas.

Los dos más grandes, Santander y BBVA, acometen en estos momentos sendos procesos de ajuste de sus redes de oficinas en España, aunque con reducciones no muy importantes en el número de sucursales abiertas al público. La amenaza de la relación digital entre los clientes y su dinero causa pavor en algunos equipos directivos, aunque como se dice desde algunos bancos, “esto no es algo de hoy para mañana. No vamos a acostarnos con sucursales abiertas y mañana van a haber desaparecido los clientes porque todos se comunican con nosotros por Internet o por teléfono móvil. Ese es un proceso que aún durará varios años”. Y, ¿qué hacer durante esos años? Salvo pequeñas excepciones, el sector lo tiene claro: eliminar oficinas pequeñas, hacer más grandes las que queden y especializar al personal para que se ocupe más de prestar servicios de asesoramiento que de mover papeles o hacer trámites burocráticos.

Más cambios

Sin embargo, todo esto tiene un límite que está a punto de cumplirse, al igual que también lo tiene el reducir el pago de intereses a los clientes. Los bajos tipos de interés oficiales propiciados por los bancos centrales han hecho que las hipotecas a interés variable hayan hecho caer los ingresos de la banca española. El 81% de los créditos a hogares y familias son hipotecarios, nueve de cada diez son hipotecas a tipo variable y el euríbor está en negativo, con lo que el tipo real es cada vez más bajo. Con estas cifras en la mano, los bancos tenían que hacer algo para mantener su rentabilidad. La solución más inmediata es recortar lo que se paga a los clientes por sus depósitos, pero eso, como dice el presidente del Banco Popular, Ángel Ron, “casi ha agotado sus posibilidades”. La media de remuneración de depósitos a plazo se sitúa ya en el 0,23%. ¿Qué hacer? Pues cobrar por otras cosas.

Los bancos ya explotan a conciencia la comercialización de fondos de inversión. Por ejemplo, siete de cada diez euros de comisión que pagan los clientes que suscriben estos fondos van al banco en lugar de al gestor. El vendedor (el banco) ya se queda con la parte mollar de la comisión y eso es difícil de aumentar. La solución parece venir, según algunas voces del sector, de ofrecer servicios que ahora dan empresas no bancarias a través de las nuevas tecnologías. “Se trata de que cada vez que un cliente paga con su móvil o por Internet, la comisión se quede en los bancos y no en las nuevas empresas”, dice un directivo bancario refiriéndose a estos nuevos negocios denominados con el nombre anglosajón de fintech.

Otros mantienen que el negocio futuro está en ofrecer nuevas cosas. En cambiar el modelo hacia una banca comercial más comprometida con clientes a los que también hay que acostumbrar a que el banco no es un sitio a donde se va, se dejan los ahorros a cambio de un tipo de interés, se pagan los recibos y se pide un calendario a final de año. Esa etapa ha terminado.

Se trata, en palabras de Ángel Ron, de buscar hechos diferenciales “para que los clientes estén dispuestos a pagar por servicios de calidad y personalizados”. Los empleados de banca serán en el futuro más asesores y comerciales que ahora. Lo que se pueda hacer fuera de la oficina se hará, pero sobrevivirán. 

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