Y los premios, premios son

22 / 10 / 2010 0:00 POR JUAN SOTO IVARS [email protected]
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El Nobel ha vuelto a la lengua española a través de Vargas Llosa. Para no caer en la mazagatería (“No he leído nada suyo, pero le sigo”, dijo la modelo), Tiempo da pistas sobre su vida y sus milagros, o sea su obra.

El Nobel de Literatura llega sobre una alfombra de quinielas. Este año se han mencionado nombres archiconocidos como Cormac McCarthy y Milan Kundera (eterno candidato) e impronunciables, como Ngugi wa Thiong’o, novelista keniano. Sin embargo las puertas cerradas del arca sueca no dejan pasar las noticias y cada rumor se supone, en según qué círculos, el más verosímil, creíble y justo. En España, la editorial Nórdica lanzaba hace dos semanas una circular citando la casa de apuestas Ladbrokes, que daba como ganador a Thomas Tranströmer, autor de la editorial. Esto da una idea bastante justa de cómo bullía cada cual.

¿Por qué es tan importante el premio Nobel? En los últimos diez años los ganadores han sido Mario Vargas Llosa, Herta Müller, Jean-Marie Le Clézio, Doris Lessing, Orhan Pamuk, Harold Pinter, Joan Maxwell Coetzee, Imre Kertész, V. S. Naipaul y Gao Xingjian. ¿Qué tienen en común? Más de un millón de euros de galardón, amén de traducciones y ventas en países donde ni siquiera se les conocía. Este aspecto de dispersión general ha jugado a favor de las polémicas durante esta década, puesto que en determinados países (como el nuestro) el hecho de que se premie a un tipo llamado Imre Kertész suena extraño. Críticos y articulistas se quejaban de que, habiendo escritores tan mundialmente ensalzados como Javier Marías o Vargas Llosa, se diera el premio a olvidados o desconocidos como Herta Müller. En torno al casticismo se pueden seguir diciendo cosas.

Pero los señores de la academia sueca no se amilanan. Año tras año, un nombre desconocido para una parte del mundo resuena en todo el globo, de manera que el descontento chovinista va y viene, viaja, se airea. Hay que agradecer al Nobel esta perpetua muestra de novedades. Dijo Saramago que los escritores hacen la literatura nacional y los traductores hacen la literatura universal, así que gracias al Nobel los traductores trabajan y cada lector puede decidir si “ese desconocido de segunda fila llamado Le Clézio” (citamos palabras de un columnista cultural español) era o no digno de tanto prestigio.

El dinero de la dinamita.

Igual ocurre con los premios Nobel de Medicina, Física, Química, Economía y el siempre polémico premio de la Paz. Cada año, nuevos benefactores de la humanidad reciben su medalla de oro y se dan a conocer. Sin embargo hay que desterrar la ingenuidad pacifista respecto al premio. De un lado, los esforzados académicos que rastrean el mundo y reciben propuestas de cada país (más o menos viciadas) para postulantes al reconocimiento mundial. Del otro, la oscuridad, el enigma: ¿cómo se financia este considerable desembolso? Si Arthur Strindberg se refirió al Nobel como “el dinero de la dinamita”, una vez que el rencor y los años han pasado siguen encendidas algunas luces rojas. Algunas de las empresas que contribuyen a las arcas de la fundación Nobel se dedican a la fabricación de armamento y lo venden a países donde se abusa de los derechos humanos. La fundación, según contaba Ricardo Moreno en un artículo de El País en 2003, dice que no es incompatible defender los derechos humanos e invertir en armas.

Y las trompetas sonaron con el nombre de un peruano: Mario Vargas Llosa. Esta vez nadie ha podido decir en España que se premiaba a un desconocido. En 20 minutos, las webs y foros echaban chispas con felicitaciones y críticas del público.

Mario Vargas Llosa tiene 74 años y, hasta ahora, tenía también una espina clavada: llevando sobre la espalda el peso del premio Cervantes, el Príncipe de Asturias, el Planeta, el de los Libreros Alemanes en la Feria de Frankfurt, el Nacional de Novela de Perú, el Rómulo Gallegos entre otros, pisaba el mundo con los pies descalzos de un eterno candidato al Nobel. Según declaró hace poco, ya pensaba que en Suecia se habían olvidado de él. Pero no.

Muchas piezas se mueven en un hombre cuando recibe el Nobel. Ya escribimos aquí sobre Knut Hamsun, que lo ganó en 1920 y regaló la medalla a Goebbels causando espanto y horror tras la caída de los nazis. La política borra todo prestigio y Vargas Llosa ya se había metido antes en el estanque podrido: trató de ser presidente de Perú y le ganó Fujimori, hoy entre rejas. Sin embargo este ochomil literario es un bálsamo y el peruano ha declarado que, tras ganar el premio, ya no se presentará a las elecciones de su país en 2011.

Si atendemos a las obras literarias de Vargas Llosa resulta difícil encontrar un bache profundo. Existen constantes en su evolución literaria: un lenguaje atrevido pero comprensible, estilo y estructura de juego y contundencia. Tan grande es la variedad del repertorio de este escritor que conviene ordenar sus obras para acometer la lectura del undécimo Nobel en lengua española.

La antorcha del compromiso.

Sus tres primeras novelas son la piedra angular del edificio, tres obras maestras absolutas. La ciudad y los perros, La casa verde y la monumental Conversación en La Catedral servirían para encender una antorcha que no se apaga en Vargas Llosa: el compromiso con la Historia, la política y la realidad. Cuatro años después de Conversación en La Catedral introdujo en su siguiente libro los resortes del humor con Pantaleón y las visitadoras. Las visitadoras, en realidad prostitutas, motean una delirante historia que corre y baila sobre los huesos de la barbarie. A la manera de Valle-Inclán, soldados y putas componen un fresco de vicios nacionales y un cuadro goyesco de la guerra.

Los militares son una vértebra que siempre disloca a Perú, un país que ha conocido dictaduras y movimientos libertarios paramilitares escalofriantes. La primera novela de Vargas Llosa, La ciudad y los perros, sumergía al lector en la sordidez llena de espinas de un colegio militar. Su monólogo interior se abre paso como una serpiente por las galerías de un primer libro rebosante del veneno de la auténtica literatura. Hasta que los meandros estallan en la complejidad de La casa verde, la segunda, donde el escritor complicó la estructura y aparcó vivencias propias.

Ernesto Escobar Ulloa, peruano residente en España que dirige el espacio literario Canal-L (www.canal-l.com), resalta esta cualidad de Vargas Llosa: “Plasma una sociedad entera gracias a su rigurosa documentación, una narrativa en la que se aplican distintas técnicas para persuadir al lector” y un constante juego de lenguaje. Contrapone Escobar este afán con el panorama literario de hoy, donde “abundan novelas sin estilo, peligrosamente centradas en un único personaje, un narrador pegado al autor y tan desinteresadas del contexto social que muchas acaban siendo frívolas y narcisistas”.

Conversación en La Catedral sería el paroxismo de esta tendencia. La Catedral es un bar, un templo pagano en el que se inicia este relato con una conversación que después se divide en cuatro voces diferentes y cuatro historias, para clavar los dientes en la política y la corrupción de la dictadura de Manuel Ondría. Se abre con una de las preguntas más importantes para Vargas Llosa: “¿En qué momento se jodió el Perú?”. Y naturalmente la obra no responde, sino que genera más y más preguntas.

Escobar Ulloa señala, a tenor de la (para muchos) excesiva implicación en la política de Vargas Llosa, que “está demostrado que donde no hay personajes de esta relevancia hay menos lectores y menos trascendencia del mundo cultural en la vida. Por ejemplo Bolivia, Ecuador o Venezuela son países ausentes en el juego literario mundial”.

Todos los registros.

Tras el primer tríptico, al que hay que añadir varios relatos, el escritor volvió a su propia experiencia para escribir La tía Julia y el escribidor, cuyo protagonista es un adolescente con ambiciones literarias enamorado de quien no debe a ojos de la sociedad. Una novela más ligera que las anteriores y un buen título para empezar a explorar su vastísima obra.

Aportando al género toda la riqueza de su pluma y una constante complejidad estructural, Vargas Llosa se ha movido después en registros tan variados como la novela histórica (La guerra del fin del mundo, Historia de Mayta), la experimentación antropológica (El hablador, Lituma en los Andes), el género policíaco (¿Quién mató a Palomino Molero?) o el erotismo (Elogio de la madrastra, Los cuadernos de Don Rigoberto).

Ya con los pies en el siglo XXI escribiría La fiesta del Chivo, El Paraíso en la otra esquina y una novela con el amor como centro y un abundante aparato de puntos de vista: Travesuras de la niña mala. La última novela, El sueño del celta, se publicará en noviembre. Pero ya con el membrete del premio Nobel.

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