Patria

29 / 09 / 2016 Ricardo Menéndez Salmón
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La novela de Fernando Aramburu demanda una lectura compulsiva.

En las páginas finales de Patria, última novela de Fernando Aramburu, hay un momento en que, durante unas jornadas dedicadas a las víctimas del terrorismo, un escritor reflexiona acerca de los temores que a la hora de escribir sobre la violencia en el País Vasco le han acompañado: primero, caer en un sentimentalismo vacuo, en un patetismo para almas bellas; segundo, sentir la tentación de suspender la ficción para que se transparente la posición política.

Salvar estos temores acaso sea obra de toda una vida. Por eso Patria seguramente haya sido una novela de gestación larga y de combustión lenta. Pero aunque larga y lenta en el plano de la creación, la potencia de la novela es tal que el lector se ve asaltado por la urgencia a la hora de absorberla. Estamos ante un libro que demanda una lectura compulsiva, uno de esos textos que provocan una adhesión incontrovertible. Mientras uno lee Patria, los límites del mundo coinciden con los límites de la página. Aramburu ha logrado que la literatura, durante un par de días, sea más importante que cualquier otra cosa.

A propósito de la publicación de su novela Años lentos, señalé que los grandes méritos de Aramburu eran, por un lado, salvaguardar el valor de las personas ante las ideologías y, por otro, preservar, como en una especie de espejo ampliado, el valor de la literatura como manifestación irreductible del pensamiento libre. La reciente convicción expresada por el propio autor de que ETA todavía no ha sido derrotada en la literatura reafirma esta creencia en el poder desmitificador, develador de mentiras, de la literatura.

Aramburu ha levantado un entramado complejo. Dos matrimonios, cinco hijos, un pueblo de Guipúzcoa con sus comparsas, sus corifeos, sus pasiones en sordina. Pequeñas miserias, profundos temores, un oído extraordinario para el tic tac de lo cotidiano entreverado con el abismo sin fondo de los debates del miedo: quién dispone de la vida ajena, quién dicta las razones de la realidad, quién vive con los ojos abiertos. Al fondo, ominosa, la condena y su ejecución, la complicidad, el heroísmo, la culpa, la amistad, la ignorancia, la nobleza, la aventura personal y colectiva de un grupo de víctimas, de un grupo de verdugos, de víctimas que se avergüenzan de sufrir, de verdugos que se sienten víctimas.

Patria aborda este reto desde la necesidad de presentar puntos de vista que no son los del autor, haciendo que éste deba abandonar cualquier absoluto moral. El autor de Patria resuelve así magistralmente los temores del escritor que aparece en Patria. En la imagen final, con el tapiz extendido y las cartas sobre la mesa, Bittori y Miren, dos madres, dos esposas, dos vascas, se encuentran en una calle. La historia ha sido contada sin sentimentalismo ni digresiones políticas. Es la hora del lector.

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