La furia de Carlos Droguett
Patas de perro permitirá al lector la frecuentación de un escritor excepcional.
A Carlos Droguett lo asistió una breve fama en España en 1960, cuando su novela Eloy, basada en la vida de un mítico bandolero de los años 40, fue publicada por Seix Barral. La novela había resultado finalista del premio Biblioteca Breve el año anterior, edición en la que Juan García Hortelano conquistó el galardón con su primera obra, Nuevas amistades. Chileno de nacimiento y desde 1976 radicado en Suiza, Droguett falleció en Berna en 1996, sin regresar jamás a su patria.
La recuperación por la editorial Malpaso de su novela Patas de perro permitirá al lector español la frecuentación de un escritor excepcional. Porque Droguett, al menos en esta novela, alcanzó la maestría. En esta historia alucinada de un niño nacido con patas de perro, híbrido entre el bípedo implume y su animal de compañía predilecto, circundada por un clima realista, un retrato eficaz y severo del Santiago de Chile de comienzos de los años 50, Droguett propone una novela turbadora acerca de la identidad y a propósito de la siempre compleja frontera entre normalidad y excepción.
Porque Roberto, Bobi, el niño-perro, el perro-niño, atracción de feria para unos, engendro luciferino para otros, motivo de asco y vergüenza para casi todos, suscita en el narrador de Patas de perro, alguien que deambula por otro tipo de excentricidad –la de los solitarios–, un sentimiento de solidaridad y ternura, ese lujo al alcance de unos pocos llamado empatía.
A la duda obsesiva de Bobi, qué soy, quién soy, Droguett responde reenviando la pregunta a las diversas instituciones que protegen nuestra existencia. La novela pasa así revista a la familia, a la escuela, a la iglesia, a la Policía, a la medicina, a los lugares profanos y sagrados, a los saberes de lo íntimo y lo público, a los foros de la emoción y de la inteligencia, para alcanzar un diagnóstico inmisericorde. Bobi, el niño-perro, el perro-niño, es un exiliado de los cónclaves de los hombres, de sus rígidas leyes territoriales. Como cualquier desviación de la norma, Bobi sirve para definir lo común, logra, mediante su excepcionalidad, nutrir el catastro de seres excéntricos que toda sociedad demanda. Bobi alivia la indigencia espiritual del hombre de la calle, sanciona los límites de lo que resulta permisible y de lo que no, permite que los otros experimenten piedad, algo fundamental para una vida equilibrada. Con los monstruos, parece sugerir Droguett, sucede como con los locos. Al frecuentarlos, la gente se siente mejor de lo que en realidad es. El clima moral de una época, su pragmatismo y astucia colectiva se contienen en la imagen angustiosa del niño-perro de Droguett, esa quimera que rechazada por los hombres y desconcertante para los perros, pasea su singularidad orgullosa en esta furiosa, extraordinaria novela.



