Una tarde en la terraza de Santiago

25 / 09 / 2009 0:00 Incitatus
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¡Gracias!

El estallido del éxito y la fama no han doblegado la bondad de uno de los más brillantes escritores en lengua castellana: el peruano Santiago Roncagliolo.

Suena el móvil y es Santiago Roncagliolo:

“Oye, tú, jodiocaballo, ¿sabes qué? Mañana he invitado a comer en casa a un tipo genial, ¡un cantante de ópera! ¡Es colombiano! ¡Un bajo! A ti te gustan esas cosas, ¿por qué no te vienes?”.

El maestro Cortázar nos dejó enseñado que los cronopios, a diferencia de los famas y de las esperanzas, jamás tienen en cuenta las cosas importantes; sólo corren detrás de las esenciales.

-Señor, yo encantado, señor. Pero hay un pequeño problema que...

-¡Qué problema! ¡Qué problema! ¡Voy a cocinar yo! ¿Eso es un problema?

-Nooo, señor, en absoluto, pero...

-Además, me tienes que echar una mano con este hombre.

-¿Yo? ¿A qué?

-Es que se llama Valeriano Lanchas.

-¿Y?

-Pero ¿no te das cuenta? ¡Valeriano Lanchas! ¡El pobre! ¡Con ese nombre no va a triunfar nunca! ¡Tienes que ayudarme a convencerlo para que lo cambie! Anda, vente.

-Señor, me permito recordarle que Valeriano Lanchas ya ha triunfado , señor. Y sigue triunfando. Ha cantado en el Met, en Washington, en Los Angeles. Ha actuado con Pavarotti, con Ramey, con Domingo; ha ganado el Operalia; ha...

-Pero... ¡Lanchas! ¡Cómo va a tomar el público en serio a uno que se llama Lanchas! ¡Eso es casi tan terrible como llamarse Roncagliolo! Venga, Inci, vente a comer mañana a casa, andaaa...

-Lo estoy deseando, señor, pero es que hay un ligero inconveniente...

-¿Cuál? -¡Pues que tú vives en Barcelona, Santi, leche, y yo en Madrid! Inenarrable silencio de Roncagliolo:

-¿Y por qué eso es un problema? ¿No hay trenes?

Sí, claro que hay trenes, en eso tiene razón, así que el caballo se vuelve majareta perdido durante horas, llama a veinticuatro mil teléfonos, apenas duerme pero a la una y media de la tarde está en Barcelona, estación de Sants. El asunto no puede comenzar peor porque, como también dejó dicho Cortázar, cuando uno se cita con un cronopio en la misma puerta de la estación, las leyes espaciotemporales que rigen el mundo revientan sin misericordia y súbitamente la estación de Sants pasa a tener ochocientas puertas, todas iguales y superpobladas, y venga a darle al móvil: dónde estás, yo aquí, yo también, entonces por qué no te veo, y enjambres de minutos de conversaciones absurdas hasta que, paf, nos damos espalda contra espalda mientras nos hablamos por el móvil. Y entonces sí, grandes carcajadas, grandes abrazos, por fin Santi.

Señor, sí, señor

Ustedes saben desde hace tiempo que este cronopiazo peruano desfachatadamente joven es uno de los más brillantes escritores que hay ahora mismo en lengua castellana. Quizá yo lo sepa hace unos años más, pero eso no importa. Este vástago de buenísima familia limeña mandó todo a hacer puñetas una tarde y decidió que se venía a España “a ser escritor”. Es lo mismo que decir: me voy al Ártico a vender helados.

Pasó más hambre que el perro de un ciego mientras dedicaba diez horas diarias a escribir cosas que, en aquel momento, sólo le interesaban a él. Traducía (maravillosamente) algunas delicadezas, colaboraba con revistas de inmigrantes donde le pagaban una vez de cada quince. Le invitábamos a comer. Con los talones se mordía el bajo de aquellos vaqueros lamentables. Y a mí me tumbó de espaldas, la primera vez, cuando leí Crecer es un oficio triste.

Luego presentó su primera gran novela, Pudor , al premio Herralde; lo hizo sin padrinos, o sea sin esperanzas. Quedó finalista, pero Herralde ni le pagó un duro ni le publicó el libro. Santi estaba desolado, fue la única vez que lo vi así. Este caballo se cabreó mucho y ofreció la novela a quien la pidiera, gratis, en su antigua página de Internet. Envió 4.825 copias en tres meses. Las editoriales se enteraron (de eso se trataba) y muy pronto empezaron a rondar la reja de Roncagliolo poniendo mohínes zalameros y cantándole sentidísimas coplas de amor. Santi se casó con la más guapa (Alfaguara) y no tardó en explosionar todo: Pudor vendió decenas de miles de ejemplares y se hizo una película, Santi engordó por fin un poco y comenzó a viajar para firmar libros y para codearse con Vargas Llosa, Saramago y gente así. Cuando Abril rojo ganó el premio Alfaguara y Roncagliolo entró en la estratosfera, le llamé:

-¿Ahora debo tratarte de usted?

-Nooo, no hace falta. A ti te permito que me llames sólo señor .

Lo hago desde entonces. Santi se enamoró de Rosa (húbose de espantar a alguna bruja piruja que presentaba programas de sexo en televisión y que se le arrojaba encima), se casó y el resultado de tal deflagración fue la sal de la vida y la luz del mundo: Mateo, un metro escaso de hermosura y catorce meses que nos mira con curiosidad a Valeriano Lanchas y a mí cuando entramos en la terraza y le saludamos con la reverencia que se debe al hijo de un cronopio. Mateo nos ofrece cortésmente su pelotita del Barça y luego su pelotita del Espanyol (este muchacho va a llegar lejos), y a continuación, con la secreta intención de que se duerma, Valeriano y yo le cantamos bajito el terrorífico dúo Signore? Va! Non ho niente , del segundo cuadro del primer acto de Rigoletto . El resultado es humillante porque el crío, oyéndonos, no es que se duerma o que se asuste: es que se despachurra de la risa. Sólo bosteza cuando nos callamos. Cómo saber si es una opinión.

La comida urdida por Santiago es fantástica. La inexpugnable oposición de todos deja solo al escritor en su intento de quitarle al gran Valeriano Lanchas su hermoso nombre, que lo convierte en algo así como un bajo náutico ( Otello, Tristán e Isolda, Marina , por ahí). Luego la conversación deriva hacia el mundo de la música en España: Rosa y Santi se muestran muy confortados al comprobar que, si el conjunto de nuestros escritores se asemeja a una camada de hienas, el de los músicos es bastante peor que Transilvania cuajada de vampiros. Contamos chistes feroces de músicos, escritores... y ministras. Santi nos enseña su egoteca u onanoteca : los anaqueles en que guarda las traducciones de sus libros al griego, al polaco, al rumano, y a otros idiomas igualmente espeluznantes. Justo ahí me doy cuenta de que Roncagliolo, el-escritor- revelación , sigue llevando unos vaqueros gemebundos cuyos bajos padecen el hambre apirañada de los talones.

Mateo se despierta y Lanchas, Santi y yo lo bajamos al parque de la Sagrada Familia. Ahí mi amigo me pregunta, cómplice, cómo ando de amores.

-Como siempre -le digo-, solito. A mí ya nadie me va a querer, señor.

-Yo te quiero -sonríe Santi, y a mí se me atasca algo en la garganta porque no hay más que mirar su cara, sus ojos limpios de cronopio, para saber que está diciendo la verdad. Así que ahí les doy un abrazo a los dos, son casi las ocho y media, me tengo que volver al tren.

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