Traficantes de libros

22 / 05 / 2014 Daniel Jiménez
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Las mesas de novedades están repletas de libros sobre capos de la droga, consumidores y adictos. ¿Se trata de ficciones o reflejos de la realidad? 

La muerte por sobredosis de heroína del actor estadounidense Philip Seymour Hoffman desveló una realidad que creíamos haber dejado atrás. La droga mata, los artistas se siguen drogando y, lo que resulta más extraño, la heroína no está pasada de moda ni están enganchadas a ella las clases más desfavorecidas. En los días sucesivos a esta noticia, los medios de información sacaron a la luz datos y estadísticas que demostraban que el consumo de drogas, sobre todo la heroína y la cocaína, había crecido en los últimos años, así como las muertes derivadas directamente de ello.

Al mismo tiempo, el escritor Roberto Saviano publicaba su nuevo libro, CeroCeroCero (Anagrama), en el que disecciona el tráfico de cocaína a nivel mundial y el consumo de dicha sustancia en casi todos los estratos de la sociedad, y no solo en aquellos entornos tradicionalmente asociados al consumo lúdico, como son el mundo del rock, del arte y de los altos ejecutivos, ni al consumo adictivo (aunque todos lo son), asociado a los ambientes de pobreza y exclusión social. Para dejar clara su postura, Saviano, tan proclive al efectismo, no dudó un instante a la hora subtitular su libro: Cómo la cocaína gobierna el mundo. Si en vez de cocaína decimos droga, la frase adquiere una resonancia aún mayor.

La literatura, en algunas ocasiones, sirve de termómetro con el que medir si una sociedad está enferma o no, o si corre el riesgo de estarlo pronto. Para el caso que nos ocupa debemos fijarnos en un libro de referencia, Un mundo feliz, escrito por Aldous Huxley en 1932. Entre otras predicciones más o menos descabelladas, Huxley inventó para esa sociedad utópica (o distópica, según se mire) una droga maravillosa que se consumía a diario, llamada soma, que poseía “todas las virtudes del alcohol y la cristiandad, pero ninguno de sus defectos”. El propio escritor, experimentado consumidor de alucinógenos y opiáceos, construyó un discurso racional sobre el uso de las drogas, puesto que “en todos los lugares y en todas las épocas, hombres y mujeres han buscado, y luego hallado, los medios de tomarse unas vacaciones de la realidad, de sus existencias generalmente aburridas y con frecuencia profundamente desagradables”. La droga como búsqueda y evasión puntual, la droga como estímulo vital y creativo. Pero ¿qué pasa cuando la droga se convierte en una sustancia más del botiquín de casa, como la aspirina?

María C., médico y antropóloga, lleva año y medio trabajando para una de las asociaciones más activas en la lucha contra la drogadicción en España, y durante los últimos meses alterna sus jornadas de trabajo entre el dispositivo de ayuda a drogodependientes montado cada día en el poblado de Cañada Real (Madrid) y el centro residencial de cuidados situado en la localidad de Ambite. En ese entorno, cuenta, “la mayoría de los pacientes viene de familias desestructuradas, cuando no directamente destrozadas; y la heroína, mezclada con cocaína base, es lo que consumen a diario”. Por su parte, el también médico Roberto M., dejó esa misma asociación y comenzó a trabajar en el sector privado, en uno de los muchos centros que se dedican al tratamiento integral de la adicción. “Aquí trabajamos con gente de un nivel adquisitivo y cultural más alto, y la mayoría de los pacientes que atendemos viene por adicción a la cocaína y  al alcohol”, puntualiza.

Ruido mediático.

En lo relativo al consumo de drogas, o más bien a la imagen que se da en la literatura de este consumo, se ha pasado por varias fases hasta llegar a la actual. Esta arranca en 1953, cuando William S. Burroughs logra publicar Yonqui, una exploración del abismo como forma de vida. Sin duda, los años 60 fueron el momento de mayor esplendor contracultural y adictivo. Tom Wolfe y su Ponche de ácido lisérgico confirman que, en esos años, el consumo de drogas se asociaba a la espiritualidad, al descubrimiento de un nuevo nivel de conciencia, al estilo de vida hippy y a un cierto compromiso de cambio social. En los 70, tras el impacto del libro de Hunter S. Thompson, Miedo y asco en Las Vegas, el consumo se vuelve un acto abiertamente contestatario de personajes outsiders, pero solo una década más tarde el consumo, sobre todo de cocaína, ha llegado a los despachos de Wall Street. A principios de los 90, Bret Easton Ellis y su American Psycho retratan a los consumidores como víctimas de un sistema que no les deja muchas alternativas. En España, novelas como Historias del Kronen, de José Ángel Mañas, y Tokio ya no nos quiere, de Ray Loriga, hablan desde el realismo del consumo de drogas en los jóvenes e intentan no juzgar su actitud; un posicionamiento, el de la aceptación, que abrió el camino a la desinhibición y a la pérdida del miedo en los jóvenes. Y ahora, en pleno 2014, el consumo de drogas y los libros que hablan de ello están tan normalizados que apenas levantan ruido mediático. Un libro brutal como el del estadounidense Bill Clegg, Retrato de un joven adicto a todo, en el que el autor relata con abundancia de detalles espeluznantes su propia adicción (que es más bien esclavitud) al crack, apenas hace temblar a algunas madres sobreprotectoras ¿Por qué?

Roberto M. lo achaca a la “socialización” del consumo y al nulo efecto de las campañas antidroga. “Los jóvenes han perdido el miedo a las drogas y a las enfermedades venéreas. Ellos no han visto, como sí vimos nosotros, a sus compañeros de clase morir en las calles con una jeringuilla en el brazo”. La doctora María C., por su parte, remarca que “la concienciación sobre los peligros de las drogas debería ser una tarea de todos, en la que médicos, políticos y medios de comunicación deben trabajar juntos”. Tanto en el libro de Saviano como en los informes policiales que han salido a la luz en estos meses, se constata que España es la puerta de entrada del 90% de la cocaína que llega a Europa. No pasa una semana sin que los telediarios den cuente de una nueva incautación de droga, ya sea cocaína, heroína, hachís o pastillas, en algún puerto o en alta mar. La Oficina Nacional Antidrogas presentó este balance para el 2013. En los doce meses del pasado año los cuerpos de seguridad del Estado incautaron 83 toneladas de drogas y destruyeron más de 40 laboratorios para la fabricación, además de detener a un centenar de capos y traficantes. Pero como afirman ambos doctores, y como sabe cualquier ciudadano, conseguir droga sigue estando al alcance de cualquiera, “aunque es indudable que el porcentaje de pureza es cada vez menor”, matizan ambos. Es fácil conseguir la droga, es fácil consumirla y, si miramos las mesas de novedades, parece que también es fácil escribir sobre ello. ¿Se trata de literatura evasiva o es el reflejo de una sociedad adicta?

En los últimos meses han aparecido varios libros que dan cuenta del consumo, de esa normalización del consumo y, lo que es más curioso, del desgaste que produce dicho consumo. El joven escritor Tao Lin presenta en Tai Pei (Alpha Decay) a un joven adicto a todo tipo de tranquilizantes y pastillas de éxtasis que, sin embargo, nunca llega a alcanzar el verdadero placer que dichas sustancias prometen. Ray Loriga ha vuelto a la novela con Za Za, emperador de Ibiza (Alfaguara) para mostrarnos a un extraficante de cocaína, harto de sí mismo, en quien apenas dan resultado los beneficiosos efectos de una nueva y definitiva droga que te hace sonreír sin parar durante horas interminables y que no produce el maldito bajón. Gustavo Biosca se convierte en el personaje protagonista de su novela autobiográfica, titulada (sin rodeos ni complejos) Diario de un cocainómano (Temas de hoy), y detalla de manera pormenorizada sus inicios en el menudeo, las fiestas más desmadradas, algún intento de suicidio y su desintoxicación, por el momento definitiva. Y Servando Rocha ha escrito un lúcido ensayo, Nada es verdad. Todo está permitido (Alpha Decay), en el que investiga, entre otros asuntos, la relación del mismísimo Burroughs con el cantante de Nirvana, Kurt Cobain, dos personajes cuyas vidas están indisolublemente asociadas al consumo de heroína y a la muerte trágica, puesto que Cobain se suicidó en pleno “viaje” y Burroughs, al parecer, mató a su mujer jugando a Guillermo Tell mientras estaba bajo los efectos del opio.

Pasen y beban.

A estos libros hay que sumar la recuperación de otros títulos clásicos. La editorial Malpaso ha compilado tres textos de Kingsley Amis en Sobrebeber, un delicioso manual del buen bebedor. En Capitán Swing han reeditado Ciego de nieve, uno de los primeros libros que investigó y puso sobre la mesa los tejemanejes de los primeros traficantes de cocaína en EEUU, en concreto la vida de Zachary Swan que escribió con maestría Robert Sabbag; y al mismo tiempo han recopilado varios escritos del periodista Terry Southern en el libro A la rica marihuana y otras especias, cuyo último relato, La sangre de una peluca, está considerado uno de los textos más reveladores sobre el consumo de drogas ilegales. Asimismo, en la editorial Pálido fuego han recuperado un libro de relatos de William T. Vollman, Historias del Arcoiris, en la mayoría de los cuales los drogadictos, las prostitutas y demás personajes de los bajos fondos nos aturden con sus desesperadas formas de vida. La prestigiosa editorial Blackie Books está en boca de todos por haber publicado el último libro del jovencísimo Ben Brooks, de 21 años, Lolito, un libro plagado de sexo, alcohol, vídeos sádicos, aburrimiento, Facebook e Internet (una droga en vías de clasificación). En Anagrama siguen confiando en el buen hacer de Oliver Sacks, que dedica varias páginas a analizar el efecto de los alucinógenos en Alucinaciones. Y Enclave de Libros ha recuperado una serie de entrevistas de Daniel Odier con Burroughs, quién si no, en un libro titulado El trabajo. Una sobredosis de lectura en toda regla.

¿Estamos asistiendo al agravamiento de un problema social, o se trata de una conjunción de factores psicológicos y de mercado? Los perfiles de los consumidores, eso es indudable, están cambiando. María C. asegura que cada vez más estudiantes y personas “aparentemente con la vida resuelta” van a conseguir droga en Cañada Real, mientras que Roberto M. constata el alto porcentaje de varones bien posicionados “destruidos por la cocaína” y mujeres de buena familia “completamente alcohólicas”. Sin embargo, el consumo de drogas entre los artistas aún conserva esa aura maldita pero glamurosa. Tao Lin declaró que fumaba marihuana entre una entrevista y la siguiente para soportar el aburrimiento. Ray Loriga acudió borracho a su primera jornada de entrevistas en el Hotel de las Letras. Y a Gustavo Biosca, conocido como el cómico suicida, no le importa reconocer que siempre que salía en televisión “estaba puesto”.

¿Leer sobre drogadictos evitará que nos droguemos? Tal vez sí, pero también es posible que, como dijo Huxley, la lectura sea “nuestro opio, nuestra anestesia, ya que no leemos para estimularnos a pensar sino para prevenir el pensamiento”. Y si leer también es una droga nunca viviremos en un mundo feliz.

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