The Beatles: medio siglo de submarinos

03 / 08 / 2016 Jesús Casañas
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Aquel agosto de hace medio siglo pasó algo: dejaron de dar conciertos y su sonido cambió para siempre.

El 5 de agosto de 1966 se ponía a la venta Revolver, séptimo disco de estudio de The Beatles, a la vez que el sencillo Yellow Submarine. El día 29 del mismo mes daban su último concierto en vivo. ¿Qué ocurrió en aquellas semanas estivales de hace ahora medio siglo para que los Fab Four no volviesen a salir de gira y se convirtiesen exclusivamente en un grupo de estudio?

Revolver es el punto de inflexión en su sonido. Pasaron de hacer rock&roll melódico y baladas de amor adolescente a experimentar con la psicodelia, los sonidos orientales y la orquestación, a la vez que introducían textos cada vez más reflexivos en sus letras (influencia de Bob Dylan, el cannabis y los viajes de LSD). Era la evolución lógica de Rubber Soul, LP anterior, donde las composiciones de Paul McCartney y John Lennon empezaban a tomar rumbos distintos (aunque siguieron firmando la autoría de forma conjunta hasta el final). El más claro antecedente era Norwegian Wood, una extraña historia de amor de Lennon –con el primer sitar de George Harrison– que rompía con el tono idílico de noviazgo colegial tipo She Loves You.

La portada ya advertía el cambio: por primera vez no mostraba una fotografía del grupo al uso, sino unas caricaturas en blanco y negro mezcladas con un collage. Las composiciones de Harrison se harían hueco entre el repertorio, aportando tres canciones al total de 14: Taxman (que abría con sus agresivas guitarras), Love You To (donde expandía a su gusto sus avances con el sitar) y I Want to Tell You. Lennon se dio a la experimentación sonora, introduciendo guitarras y voces invertidas, efectos procesados y, en general, cualquier novedad en lo que a trucos de estudio se refiriese. Su máxima expresión es el cierre, Tomorrow Never Knows, corte a lo chill out que haría de banda sonora perfecta en un fumadero de opio.

El quinto

 McCartney jugó de lleno a la orquestación tras los resultados más que satisfactorios de Yesterday (del quinto LP, Help!). Los arreglos del denominado quinto beatle, George Martin, acompañarían siempre al cuarteto en general y a las baladas de Paul en particular (en algunos casos, muy a su pesar). Claro ejemplo es esa inclasificable e impagable oda a la melancolía llamada Eleanor Rigby. A Ringo Starr seguían sin tenerle en cuenta a la hora de componer, pero Paul le puso a cantar en la infantiloide Yellow Submarine. El experimento arrasó: no solo es una de sus canciones más conocidas, daría hasta para el hilo argumental de una película de animación homónima con los de Liverpool (doblándose a sí mismos) como protagonistas.

Descubrieron que no necesitaban a los otros miembros del grupo, no solo a la hora de escribir, también de grabar (Lennon y Harrison no tocaron en For no One, ni Starr en Eleanor Rigby). También aprendieron que al estudio se iba mucho mejor sin las presiones de las giras constantes (la prueba es que empezó la etapa más interesante).

Todo se sumó a la quemazón que arrastraban por escuchar los gritos de las fans por encima de sus bafles, por la mano de hierro con la que les trataba su representante Brian Epstein y, como a todos los grupos, por los problemas derivados de una convivencia obligada lejos del hogar (1.400 conciertos en cuatro años). Pero aquella última gira en particular tuvo un par de gotas que colmarían el vaso: su huida de Filipinas tras rechazar cortésmente la invitación de Imelda Marcos a desayunar, y la controversia que tuvo en Estados Unidos. aquello que dijo John Lennon de que eran “más famosos que Jesucristo”.
 Los espectadores del Candlestick Park de San Francisco tuvieron, paradójicamente, el privilegio de verles por última vez sobre un escenario. Era el principio del fin.

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