¿Quiere usted cenar con Pío Moa?
Curioso método para vender el último libro de Historia del publicista ultraconservador, que la emprende esta vez con la Transición.
Decía Giulio Andreotti (al menos la célebre cita se le atribuye a él) que uno, en esta vida, tiene amigos, enemigos y compañeros de partido. En este caso, de trabajo. Pero la maldad no vale de mucho en este trance porque la tentación nos asaltó a tres. Así que estuvo bien repartida y no cabe pensar que ninguno desease mal a los otros.
Primero fue Javier, de mesa a mesa: “¡Inci, me acaba de llegar un correo que seguro que te interesa! ¡Te lo reenvío!”. A los dos minutos exactos, Josemari: “Me va a permitir su Eminencia que le haga partícipe de un correo que acabo de recibir...” (Habrán advertido ustedes que Josemari y yo nos tratamos con muchísimo respeto y prosopopeya). Ahí fue cuando recordé la pérfida frase de Andreotti, pero no sirvió de nada porque, ya digo, inmediatamente después apareció en mi ordenador el mismo mensaje, con lo cual había que descartar una broma o una conspiración judeo-redaccional. El asunto o encabezamiento era para sudar frío: “¿Quiere cenar con Pío Moa?”
Me quedé... Bien, cómo explicarlo... Vamos a ver, ¿qué habrían pensado ustedes, eh? En mi caso, si la invitación hubiese procedido, pues yo qué sé, de Scarlett Johansson, debo admitir que mi autoestima habría pegado un subidón que habría matado de envidia al Ibex 35. Si la propuesta hubiera llegado de Umberto Eco o de Mario Vargas Llosa, pues habría ocurrido exactamente lo mismo... aunque por motivos distintos, no hace falta aclarar eso. Savater, Gamoneda, Carmen Iglesias, Esther Tusquets, Antón García Abril, Lucas Medrano, Gonzalo Anes: todos me habrían hecho felices invitándome a cenar. Incluso con Leyre Pajín habría sido capaz de sacar conversación.
Pero Pío Moa... ¿Para qué querría ese señor cenar conmigo? Descarté desde el principio una cita galante. No tenemos ya edad ni él ni yo (sobre todo él) para empezar ahora a conocernos. Hace años, cuando ambos teníamos pelo, pues quién sabe. Pero hoy, ya...
Mis elucubraciones y mis temores eran vanos, lo supe en cuanto abrí el mensaje. En primer lugar, no era el señor Moa quien lo enviaba sino un periodista a quien sí conozco. Se llama Alejandro y es un caballero de la extrema derecha nacionalcatólica. Su órbita gira en torno a los hoy bastante demediados Legionarios de Cristo, aunque mejor fuera decir a su rama laica, el Regnum Christi, porque él, que yo sepa, no es cura. Era este hombre quien enviaba, en nombre de la editorial en la que publica Moa, la invitación a cenar.
Que, por supuesto, tampoco era una invitación. Hasta ahí podíamos llegar. Se trataba de una cena, sí, pero de una cena-coloquio para cuarenta comensales que se va a celebrar en un postinero restaurante de Madrid. Cada cual paga su cubierto, o sea sesenta euros, y con ellos accede a tres placeres a cual más seductor: cenar, charlar con el señor Moa y llevarse un ejemplar de su último libro, que será, imagino, el objeto de la conversación. En resumidas cuentas: todo hace pensar que seríamos nosotros, los comensales, quienes invitaríamos a cenar al señor Moa. Y no al revés.
Ya me extrañaba a mí.
Historia o manipulación.
Advertirán ustedes que no anoto aquí ni el título del libro, ni el nombre de la editorial, ni el lugar ni la fecha del magno acontecimiento gastronómico. La razón es personal: yo he estudiado, entre otras cosas, Historia. Tengo mis libros, mis conocimientos y, claro está, mi título. Conozco los métodos de trabajo de la Historia porque los he usado innumerables veces; sé lo duro que es recabar decenas, cientos, a veces miles de datos dispersos en muy diversas áreas del conocimiento que te permitan llegar, al final, a una conclusión, a la estructuración de un relato científico y honestamente constatable. Si ese relato es serio y veraz; o sea, si se fundamenta en cifras, testimonios, documentos y hechos contrastados por el historiador y contrastables por otros historiadores, es muy probable que sea usado como fuente o referencia por los investigadores del futuro. Así funcionan todas las ciencias. Si quien escribe libros de Historia no actúa así, y solo así, no podrá llamarse historiador. Podrá llamarse muchas otras cosas. De hecho, es muy probable que sean otros quienes se las llamen.
Desde ese punto de vista, el señor Moa no es un historiador. Es cualquier cosa menos eso. Y él lo sabe mejor que nadie, desde luego. Aunque se lo calle.
He leído algunos libros del señor Moa: Los orígenes de la guerra civil española y Franco, un balance histórico. Hace mucho tiempo que, como decíamos de chicos, hice acto de contrición, propósito de la enmienda y prometí firmemente nunca más pecar. ¿Porque no me gustaban sus conclusiones? No, en absoluto. Tampoco me gustan, muchas veces, las de Payne o las de Seco Serrano, pero estos dos sí son historiadores: usan el método científico que a mí me enseñaron en la facultad. Buscan datos, los contrastan y sólo después concluyen.
El señor Moa hace el mismo viaje... pero en sentido inverso. Esto es una opinión personal, desde luego, pero compartida por muchísimos historiadores de verdad. El señor Moa, “especializado” (de algún modo hay que llamarlo) en la guerra civil española y en el franquismo, primero decide qué va a concluir y luego busca los datos que apoyen sus tesis, repito, previamente establecidas. Para ello usa los datos que le interesan, y sólo esos; los demás, los desecha o los ignora. Eso no es hacer Historia. Eso es manipularla. Eso se parece extraordinariamente a la falsificación y a la mentira. Y esa manera de obrar, y no las conclusiones del señor Moa, que no lo son en absoluto (porque son ideas previas a la presunta investigación) es lo que a mí me impide respetar su trabajo.
El catecismo pornográfico.
Un ejemplo algo bestia, si me lo permiten. Si yo cojo el viejo Catecismo del padre Gaspar de Astete (siglo XVI) y tacho todas las palabras que me dé la gana, les juro a ustedes que me sale un manual pornográfico o un artículo sobre la osteoporosis en el ganado lanar. Me sale lo que yo quiera. Eso es lo que hace Moa: de todos los datos, documentos y hechos de que dispone, escoge los que él quiere y nada más, para que le salga lo que él ya tenía decidido que le saliese. Eso, en lo que tan bien entrenados están algunos historiadores nacionalistas vascos, es manipular la verdad, o sea destruirla. Si ustedes quieren analizar esta idea in extenso, les recomiendo el libro Anti-Moa, del profesor Aberto Reig Tapia (Ediciones B).
No me interesa nada su nuevo libro, señor Moa, en el que usted va a poner de vuelta y media a los protagonistas de la Transición. No tengo ningún interés en aceptar su invitación para que le invite a usted a cenar por 60 euros. No iré. Ando delicado de las tragaderas. Dispense.



