Quién cuida de nuestros libros
Hay quien consigue robar mapas y libros, pero la seguridad de los tesoros documentales de España está en buenas manos. La mejor arma es la disuasión.
Nuestro trabajo consiste en ponérselo muy difícil a los delincuentes. Eso hacemos. Y también cruzar los dedos para que a nadie se le ocurra venir a llevarse nada. Lo que mejor funciona es la disuasión”. María Luisa López Vidriero es la directora de la Real Biblioteca, una fabulosa colección de tesoros bibliográfi cos que tiene su sede en el Palacio de Oriente. Entre libros impresos, manuscritos, partituras, dibujos y legajos diversos, allí hay alrededor de 300.000 volúmenes de un valor incalculable. En la cámara de seguridad hay joyas irrepetibles como el Libro de Horas de Isabel la Católica; o el manuscrito de la Historia general de las cosas de Nueva España, de Fray Bernardino de Sahagún... o el manuscrito de La Celestina. Nada menos.
Ponerlo difícil
Una verdadera tentación para los ladrones de guante blanco que se dedican a distraer este tipo de tesoros. Se ha visto hace bien poco tiempo con los mapas robados de la Biblioteca Nacional (luego recuperados) o los trescientos libros que han desaparecido de las estanterías del Ministerio de Asuntos Exteriores. “No estamos acorazados –bromea López Vidriero– pero el sistema de circulación es casi perfecto”. Ese sistema consiste en garantizar la seguridad de los libros sin convertir el acceso a la Biblioteca en El castillo de Kafka. ¿Cómo se hace? Primero está el control habitual de acceso al Palacio Real. Luego, el control a que se somete al solicitante según el tipo de fondos que desee consultar. El registro de lo que entra y de lo que sale con cada uno. El papeleo que hay que rellenar, exhaustivo y por triplicado. A nadie se le pide una titulación universitaria, eso es verdad, pero para ver determinados volúmenes sí se exige un aval, una carta del catedrático que dirige la tesis doctoral, un documento del centro que vaya a publicar el trabajo que se está preparando... Vamos, que se implica (y en cierto modo se responsabiliza) a más gente, a instituciones además de a la persona que pide ver tal o cual libro. Así que robar es posible, sí. Pero difi cilísimo. “Aquí todos somos bibliotecarios o técnicos superiores –advierte López Vidriero–, sabemos cómo se trabaja con estos tesoros. Y que quede claro: yo soy la primera que abre el bolso al salir, para que lo registren, aunque no haya hecho ni una triste fotocopia. Y la primera que rellena solicitudes por triplicado”. El sentido común dice que sólo es posible saber lo que falta si se sabe lo que se tiene. ¿Conocen las bibliotecas exactamente q u é hay en ellas? ¿Cómo p u e d e ser que en la Biblioteca Nacional no se haya hecho un inventario en veinte años? ¿Eso es la norma en todas? “Es verdad –dice la directora de la Real Biblioteca– el último recuento que se hizo en la Nacional es de 1987 y 1988. Cómo no lo voy a saber si lo hice yo, que entonces estaba allí. Lo lógico, a mi modo de ver, es hacer un recuento anual. Y por lo que se refi ere a la Real Biblioteca, puede estar tranquilo: a esta casa me he traído mis manías, y una es la de saber exactamente qué es lo que hay”.
Copias exactas
La disuasión, en cualquier caso, tiene un arma decisiva en la tecnología. En la mayoría de las grandes bibliotecas y archivos, los tesoros están todos digitalizados. Hay copias exactas de altísima resolución, así que el solicitante no tendrá nunca entre las manos la joya auténtica: trabajará con una reproducción perfecta... pero que no tiene ningún valor para un ladrón. Eso es lo que sucede en la Biblioteca Musical de Madrid, la primera institución pública de estas características que hay en España. Está en el enorme complejo archivístico del Cuartel del Conde-Duque y la dirige Aurora Rodríguez, que está claramente orgullosa de los avances tecnológicos: “Llevamos años digitalizándolo todo: partituras, manuscritos, libros, revistas, así hasta los 100.000 volúmenes que integran los fondos. Todo está microfi lmado. Pronto lo tendremos en Internet. De momento, gracias al sistema OPAC, cualquier ciudadano puede consultar la totalidad de nuestros fondos en las pantallas que hay en todas las bibliotecas municipales de Madrid. Más cerca no podemos estar”. Por la Biblioteca Musical –que tiene joyas irrepetibles, como la colección musical de la Casa de Borbón-Dos Sicilias– pasan cada día cientos de personas que, a pesar de que casi todo lo que consultan son copias, o al menos ejemplares editados y no manuscritos, pueden sentir tentaciones. “De los que yo llamo ‘depredadores’ no se libra nadie, siempre los hay –admite Aurora Rodríguez–; pero sí hay una regla de andar por casa que es muy útil: hay que tener cuidado con la gente más culta, refi nada y mejor educada. Así son los que vienen a rapiñar. Los chavales que pasan por aquí, a cientos, no causan problemas. Pero hay que guardarse mucho de los sabios ancianitos, encantadores y fi nísimos. Huy, esos... Mire, las bibliotecas y los archivos tienen tres grandes enemigos: el fuego, el agua y el hombre, que es el peor de los tres”.
El ‘tostador’
Sin duda por lo hábil, pero también por lo descarado. Aurora Rodríguez cuenta, tratando de aguantarse la risa, la anécdota del chavalito encantador que se sentó a su lado una tarde en que ella estaba en la sala como una lectora más. En la Biblioteca Musical, que tiene una fabulosa colección de música grabada, está prohibido copiar discos. Bien, pues el mocito se sienta, saca un ordenador portátil y, con toda la cara del mundo, se pone a tostar un CD que había pedido. Aurora Rodríguez le dejó hacer hasta que, pasmada por tanto morro, le tocó el hombro: “¿Tú sabes que yo soy la directora de esta casa?”, le dijo, sonriendo. Al muchacho casi le da un síncope, no sabía cómo pedir perdón. Vecino de la Biblioteca Musical es el Archivo Histórico Musical. Ahí se produce el fenómeno opuesto: la cantidad de tesoros es tal que la implantación de las nuevas tecnologías lleva su tiempo. A veces es tan difícil protegerse de los cacos como saber con exactitud lo que se tiene. El Archivo se está modernizando, pero hace aún muy pocos años se usaba el antiguo fi chero, un mueble de madera lleno de hojitas de papel manuscritas. ‘Tiempo’ publicó hace seis años (ver nº 994) cómo el director de orquesta Juan de Udaeta se tropezó allí, sin buscarlo ni esperarlo, nada menos que con las partituras que se usaron para el estreno en España de la ópera Don Giovanni, de Mozart, a principios del XIX. Siete grandes cajas de cartón llenas de particelle que volvieron a la luz gracias a una simple fi cha de papel, escrita con plumilla y tinta sepia por el legendario Cambronero, un archivero que trabajó allí hace más de un siglo y que rellenó miles de esas fi chas con caligrafía primorosa. Una de las medidas de seguridad que más intimidan a los posibles ladrones son las cámaras de seguridad. Las hay en muchas bibliotecas, pero tienen un problema: la ley. Es indispensable compaginar el derecho a la privacidad con la voluntad de vigilar que nadie se lleve los libros. El resultado suele ser algo surrealista, porque es complicado enfocar la cámara hacia un lector sentado sin que se le vea la cara.
Poco dinero y mucha voluntad
En la gigantesca biblioteca del Ateneo de Madrid, cuyos 700.000 volúmenes la convierten en una de las mayores de España, han solucionado el problema enfocando las cámaras no hacia los lectores sino hacia las estanterías que contienen los volúmenes más preciados. Sólo se identifi ca a quienes piden consultar la impresionante colección de discursos parlamentarios, o todo el fondo hemerográfi co de los siglos XIX y XX. Alejandro Sanz (no hay que confundirlo con el cantante), vicepresidente de la institución, reconoce que la seguridad de la biblioteca es mejorable, pero que ganará mucho con el nuevo edifi cio, que se inaugurará dentro de dos meses. El Ateneo tiene poco dinero pero mucha voluntad y, sobre todo, mucha suerte: sus fondos están digitalizados, su catálogo al día, las cámaras funcionan... Y, por fortuna, nadie ha intentado saquear los anaqueles. Porque, como dicen todos los archiveros y bibliotecarios, si alguien se lo propone, es difícil impedir que se lleve nuestros libros, los de todos, por mejor cuidados que estén.



