“Y sigo esperando a los ángeles”

17 / 05 / 2016 Luis Algorri
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Se publica en español el estremecedor libro que dio origen a la película Los caballos de Dios.

 Pasaron la película en televisión una noche de hace pocos meses, sábado de invierno, a esas horas en las que ya da lo mismo que lo que estás viendo sea realidad o sueño. A mí me desveló hasta el alba por eso, porque no tenía claro si aquel espanto que acababa de ver, Los caballos de Dios, del marroquí Nabil Ayouch, era un documental o era ficción.

Pero luego, cuando me llegó el libro del mismo título que escribió Mahi Binebine, que sacó Flammarion en 2010, y que en España publica Alfaguara, me di cuenta de que daba lo mismo porque era, en realidad, las dos cosas. Y porque a la película, a pesar de todos sus premios (Cannes, la Seminci de Valladolid) y de sus espléndidas críticas, le faltaba lo más importante: la voz de Moh, apodado Yashin. La narración del muerto.

Yashin es un buen chaval, alegre, cariñoso, con una gran memoria para recordar los dieciocho años de su vida. Cuando comienza a hablar está muerto y lo sabe, pero sigue esperando a que se cumpla lo que le prometieron. Él mismo dice que no entiende bien lo que es ni dónde está, que tiene la sensación de ser una “conciencia”. Habla mientras aguarda a que lleguen a buscarlo. Y va contando, con orgullo, cómo él era el mejor portero de toda la chavalería de Sidi Moumen. Por eso le llamaban Yashin: por el legendario guardameta del Dínamo de Moscú, Lev Yashin, la Araña Negra.

Ese lugar existe de verdad. Sidi Moumen es una bidonville, un barrio de chabolas levantado en las inmediaciones de un enorme vertedero de basura que hay a las afueras de Casablanca, a la derecha de la autovía A-3, la que lleva a Rabat. Es algo parecido a un infierno: se puede llegar a él si las cosas te van mal en el mundo exterior, pero no se puede salir. Un lugar en que los niños no saben lo que significa la palabra miseria, porque es el medio inmutable en el que han nacido; ni la palabra futuro, porque no existe semejante cosa: solo hay supervivencia, peleas constantes, hambre y desde luego fútbol, muchísimo fútbol, aunque eso a los musulmanes más ceñudos no les gusta porque no viene en el Corán, luego está mal; los chicos (cientos de ellos) tienen que jugar medio a escondidas, entre porro y porro, entre hambre, piojos, pedradas, alcohol a escondidas que destroza las tripas y un tanteo a ciegas por el sexo que no saben a dónde les lleva.

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