Y líbranos del mal
La matanza de Orlando es un ejemplo más de las innumerables justificaciones que adopta la maldad humana.
Ese tipo del gorrito, el que pone cara de gilipollas mientras se hace un selfie con el móvil ante el espejo, disparó a más de un centenar de personas en el bar gay Pulse, de Orlando (Florida), mató a 49 y dejó malheridas a más de 50. Llevaba un arma de guerra y se comportó con asombrosa frialdad. Ametralló a los que estaban en la barra, en la pista, en los asientos, y luego revisó los lavabos y asesinó a quienes se habían escondido allí. Uno de ellos se lo escribió a su madre por el móvil: “Te quiero, mami. Ya viene. Voy a morir”. Y así fue. Luego fue el propio asesino el que cayó cosido a tiros por la Policía. Ese fue el desencadenamiento del mal.
Pero el mal nunca es sencillo ni viene solo. Ese imbécil de la foto, Omar Siddique Mateen, de 29 años, estadounidense hijo de inmigrantes afganos, era lo que se dice un tipo complicado. Iba a la mezquita, como está mandado, pero allí el imam criticaba al Estado Islámico. Omar, sin embargo, buceaba en Internet en busca de emociones más fuertes y parece que llegó a jurar fidelidad a esa camada de bestias. Es probable que la camada, en aquel momento, ni siquiera llegara a enterarse. Sí se enteró el FBI, que sabía que el tipo andaba tonteando con los cada vez más desinflados degolladores del “califato”. Pero hay miles así. Internet está lleno de pirados. Es imposible controlarlos a todos.
Omar se había casado dos veces. Su primera mujer huyó, gracias a su familia, después de que el muchacho decidiese que había que mantenerla obediente a base de palos; eso, que no sorprendería a nadie en Arabia Saudí o Afganistán o Yemen, es delito en Estados Unidos, lo cual probablemente salvó la vida de la muchacha. Al menos salvó su dignidad.
Como tantas personas que padecen una grave inseguridad y falta de autoestima, Omar Mateen era un echao p’alante que se hacía fotos disfrazado de policía (no lo era: solo guardia de seguridad) y que trataba de aparecer, en todas ellas, atractivo: no llevaba la barba casi obligatoria en los radicales islámicos. Cada vez que podía expresaba, fanfarrón, su odio hacia los homosexuales, decía que le enfadaba ver a dos tipos besándose. Pero luego acudía un par de veces al mes, por supuesto a escondidas, a ese mismo club gay, el Pulse, donde le conocían bien, tenía cierto éxito y todos le consideraban uno más. También usaba alguna de esas aplicaciones del móvil que sirven para contactar con un tipo que anda por las inmediaciones en busca de un polvo rápido y sin compromiso.
Ya no sabremos qué le pasó. Es probable que se le fundieran los plomos ante tanta contradicción. Lo que le contaban los islamistas fanáticos en Internet era muy fácil de entender, está pensado para ignorantes que buscan seguridad en algo; y eso, la seguridad en sí mismo, era lo que Omar Mateen no tenía. El problema es que entraba en colisión frontal con su doble vida. Con su pecado. Tenía que elegir entre el camino difícil (construirse a sí mismo, aceptarse, ser largamente valiente) y el fácil: optar por la papilla infantil ideológica del fanatismo y echarse cobardemente en manos de la fe en su dios. Eso fue lo que hizo. Eso fue lo que desencadenó el mal.
Estoy convencido de que Omar Mateen, que tenía las luces que tenía y ni un vatio más, no se tenía a sí mismo por malo. Se consideraba, con toda probabilidad, un valiente, un pecador arrepentido y feliz de su arrepentimiento, un vengador. Esto es frecuentísimo. El malvado muy rara vez sabe que lo es. Se considera a sí mismo fuerte entre los débiles, decidido entre pusilánimes, seguro (pero eso es mentira) entre los que dudan. El malvado no es tan peligroso por su maldad como por su sinceridad: se tiene a sí mismo por un héroe.
Hitler se pegó un tiro convencido de que el mundo no le merecía, y los alemanes menos que nadie. Charles Manson era un profundo cretino convencido de que había que provocar una guerra que liberase al mundo precisamente del mal. Pinochet llegó a convencerse a sí mismo de que estaba del lado de los buenos, de que contribuía a erradicar del mundo la peste del socialismo, y eso justificaba los asesinatos, las torturas y, desde luego, también todo lo que robó.
Y los fanáticos islamistas tienen la mejor justificación de todas las que ha inventado el hombre desde el Neolítico: su dios, cuyas palabras, interpretadas por clérigos que rara vez saben hacer una raíz cuadrada o concluir un silogismo, les autorizan a cometer todas las atrocidades que se les antojen. Pero no tienen conciencia de que obran mal o de que son el mal. Cómo la van a tener. Dios lo quiere es la frase que más cadáveres ha esparcido por el mundo en toda la historia.
Para encontrar malvados puros, malvados conscientes de serlo y satisfechos de su maldad, hay que recurrir a la literatura. Julia Navarro lo ha intentado con su última novela, Historia de un canalla. Pero hasta ese personaje inventado justifica su maldad (o así lo entiende el lector) por una remota infancia dolorosa. Todos lo hacen. No hay violador, ladrón o asesino que no justifique sus actos con algo que considera mayor que él, más poderoso que él, determinante de su vida: le pegaban en el recreo de la escuela, su madre no le quería, oye voces, se lo manda el demonio. O su dios.
Dentro de cuatro o cinco años nadie recordará el nombre de este imbécil, Omar Mateen, que no tuvo valor para enfrentarse a sus propias contradicciones y prefirió pasar a la historia universal de la infamia perpetrando una matanza en la que él interpretaba el papel del héroe o del mártir. No creía que era el mal. Ese mal del que no nos libramos.

