Toñu Gamoneda
El gran poeta se ha embarcado en una aventura asombrosa: hacer un disco con canciones asturianas
Estamos viendo llover y embaulando un soberbio gazpacho en la casa asturiana de los Gamoneda. Mejor dicho: en la casa que el poeta y su familia ocupan durante los veranos, en una aldea colgada de Dios sabe dónde (no diré el nombre; es prudente preservar algunos secretos), cerca de Luarca. Hemos hablado de historia de España, de Cataluña, de poesía, de mil cosas. Pero el gazpacho que ha elaborado Fernando –el yerno de Antonio– es de los que hacen salir el sol por más que llueva, y también el vino hace honradamente su trabajo. Así que, en el recodo más inesperado de la conversación, cuando ya caen los postres y los cafés, el poeta, premio Cervantes, se pone zumbón, como suele, y saca la cara que ustedes pueden ver en esa foto de ahí arriba:
–Pues ahora, en mi juventud, me he hecho cantautor.
–Ay, sí, sí, sí; hay que ponérselo –se alboroza Angelines, la esposa de Antonio. Amelia, la hija de ambos, sonríe. Y también su marido, Fernando. Mis padres y yo no entendemos nada, primero porque Antonio ya ha cumplido los 84 y segundo porque solo él y mi padre siguen discutiendo sobre cuál de los dos tiene mejor voz: ambos cantaron en el coro del colegio de los Agustinos, en León, cuando tenían diez años. ¿Gamoneda, cantautor?
Fernando y Amelia enredan en un portátil y acaban encajando un pequeño pendrive en algún agujero del equipo de música. Aprovecho la pausa para explicar que poca gente sabe que Gamoneda nació en Oviedo, aunque cuando andaba por los tres años, ya huérfano de padre, se lo llevaron a vivir a León. Pues es ahora, doblado ya el Cabo de Hornos de los 80, cuando Antonio ha consentido el tirón de la tierra en que nació y se ha puesto a aprender bable. En serio lo digo. Pero algo más ha hecho, porque Angelines se muere de impaciencia:
–Al alba, Al alba. Pon la de Al alba.
Y en ese momento empiezan los prodigios. Siempre pasa con este hombre. Suena una flauta, un acordeón lejano y una asombrosa voz de tenor arranca con una asturianada que a mí me pone los pelos de punta:
“Al alba / lleves los gües / al agua. / Soñando taba contigo / al alba, / que pasabes colos gües / cantando / debaxu la mio ventana. / Tu cantabes en mio sueñu, / la canción me despiertaba. / Tan guapa cuando la oyía / como cuando la soñaba”.
En el salón se hace un silencio tal que impide oír la lluvia que cae fuera. Los visitantes (mis padres y yo) estamos estupefactos. Antonio se ríe sin ruido, burlón, y nos mira por debajo de sus cejas soviéticas. Y Angelines: “¿Qué? ¿Os ha gustado?”.
Antonio, ahora en su juventud, se ha puesto a escribir canciones tradicionales asturianas. O las escribe él, o las traduce y adapta de otros poetas: este Al alba, por ejemplo, es una pequeña joya (escrita en castellano) de Ángel González, que cantaba asturianadas como nadie. Ya, pero ¿y la música? Pues la música es obra y gracia del señor que canta, que es nada menos que Joaquín Pixán, uno de los más grandes tenores asturianos del último medio siglo. Pixán ha puesto no solo la voz sino también las notas musicales; las suyas y la de los instrumentos, siempre muy pocos, que le acompañan.
–Pero esto habría que difundirlo, ¿no?
Y esa es la noticia que les traigo. Antonio Gamoneda (ahora más bien Toñu Gamoneda, cantautor) y Joaquín Pixán han elaborado un disco que se llama Tentativa de un cancionero asturiano para el siglo XXI. Le han puesto en la cubierta un fragmento de un óleo de Manuel Arboleya (Vista de Oviedo se llama) y se lo han dedicado a doña Letizia, que para eso ye paisana. Ese disco, que incluye 23 canciones, se distribuye el próximo viernes, 4 de septiembre, con el diario La Nueva España. Harán ustedes muy bien si se lanzan a por él.
¿Asturianadas? Sí, desde luego. Pero otras. Diferentes. Desde el respeto absoluto a la forma tradicional de cantar y de hacer esa música, y desde la pulcritud más precisa en el lenguaje. Pero el resultado no se queda en la enyesada ortodoxia (muchas veces llamamos tradición a un error que ha envejecido, decía Bertrand Russell) sino que se lanza a la “tradición dinámica, la tradición que avanza”, como dice Gamoneda. Y así, además de sus propias letras, están adaptaciones de Gil Vicente, Lope de Vega y hasta de García Lorca: “¡Ai, qué trabayu me cuesta / querete como te quiero! / Duelme pol tu amor el aire, / el corazón / y el sombrero. / ¿Quién me compraría a min / esta cintina que tengo / y esta tristura de filu / blancu pa facer pañuelos?”.
Ustedes no necesitan ser asturianos ni hablar el bable para disfrutar esta maravilla. Del mismo modo que la “poética asturiana” estaba dentro de Gamoneda sin que él lo supiera, como dice en el texto que acompaña al disco, la música es un lenguaje universal que no admite intermediarios entre quien la hace y quien la escucha. Estos dos jóvenes cantautores, Toñu y Joaquín, han estudiado al milímetro cada nota, cada melisma, cada rima y cada acento hasta lograr lo que se proponían: que quien escucha no pueda creer lo que está oyendo y se quede traspasado, como nos sucedió a mis padres y a mí.
Porque ese es el secreto. Gamoneda dice, y yo creo que con razón, que lo que no se renueva se muere. Este disco prodigioso, que oímos casi entero porque era imposible parar de escuchar, es una prueba perfecta de que las cosas están vivas si alguien las hace vivir; de que el camino abierto y luminoso para algo, sea lo que sea, está ahí mismo, nada más cruzar la endeble puerta de lo presuntamente sagrado con un golpe de genio, de atrevimiento y de trabajo exquisito. Es decir, que era verdad lo que dice la canción: “Hai naranxes ena mar. / Les oles son verdes ramos, / la espuma ye blancu azar. Hai naranxes ena mar”.



