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Palabras de Rey

05 / 01 / 2015 Incitatus
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El mensaje navideño de Felipe VI alcanzó cifras de audiencia dignas de la Roja mientras las redes sociales parecían vivir en un universo paralelo. Y muy lejano.

El día 3 de septiembre de 1939, Albert Frederick Arthur George Windsor, conocido por todo el mundo como Jorge VI de Inglaterra y que en casa recibía el tonto y repetitivo diminutivo de Bertie (el mismo que llevaba su abuelo, el tarambana Eduardo VII), se sentó en una mesa del palacio de Buckingham, miró hacia el micrófono no sin terror, esperó la señal y comenzó a hablar.

Fue un discurso memorable. Comenzaba así: “En esta hora difícil, quizá la más fatídica de nuestra historia, quiero hacer llegar a los hogares de todos mis súbditos, tanto en la patria como en ultramar, este mensaje que les expreso a todos con la misma emoción profunda que si cruzara su puerta y les hablara personalmente a cada uno”.

Dos días antes, Hitler había invadido Polonia y así comenzó la Segunda Guerra Mundial. El rey Jorge, a quien todos los británicos llamaban simplemente el rey, como si no hubiera ninguno más en el mundo, anunciaba a los ciudadanos de su país un tiempo de grandes sacrificios y se enfrentaba a la ardua tarea de explicarles que Gran Bretaña no tenía más remedio que entrar en guerra si no quería que el derecho, la libertad y la justicia desapareciesen, y que para el  mundo entero sobreviniese una época de esclavitud. Difícil empeño. A nadie le gusta que le digan por la radio que su país (o sea, el oyente mismo) ha entrado en guerra. Quizá aquel fue el discurso más importante en la vida de Jorge VI.

Pero no ha pasado a la historia por eso. Aquel discurso es hoy célebre gracias a una película reciente (tiene cuatro años y pico) en la que se explica que Jorge VI era tremendamente tartamudo y que tuvo que someterse a un largo y duro tratamiento (el logopeda fue Lionel Logue) para no cometer errores al leer aquel texto, tan brillante como enrevesado, que quizá escribió Churchill.

La película, The King’s Speech, se llevó cuatro premios Oscar y consiguió dos cosas. La primera, meter definitivamente en la lista de los grandes actores de la historia al británico Colin Firth. La segunda, enviar a los desvanes de la historia el discurso propiamente dicho, que quedó convertido poco menos que en anécdota. El magnífico filme lleva un mensaje envenenado: lo que realmente importaba a los británicos –se da a entender– no era lo que el rey había de decir aquel histórico día, sino si tro-tro-tropezaría o no al leer aquel folio escaso. Esto no es verdad, desde luego, pero qué más da. Si non è vero, è ben trovato.

Hace pocos días, el 24 de diciembre pasado, los españoles hemos vivido una situación parecida. El joven rey Felipe ha pronunciado su primer mensaje navideño. Y de nuevo ha habido dos versiones: la de la realidad (es decir, la reacción de los ciudadanos) y la de ficción, que en este caso no fue obra de un filme sino de las redes sociales.

El discurso del Rey, que duró unos catorce minutos, fue seguido por más de ocho millones de espectadores; cifra que, en la televisión actual, hay que calificar de futbolística porque solo está al alcance de la Roja. Y no siempre. La nueva hornada de políticos televisivos alcanza, con mucha suerte, algo más de la tercera parte de esa cifra, unos tres millones. Esto parece demostrar que había verdadero interés en escuchar al Rey. ¿Y eso por qué? ¿Qué iba a decir?

Lo dicho y lo consabido.

Desde luego, Felipe VI no estaba declarando la guerra a Alemania. Ni mucho menos. Su intervención tuvo, en lo esencial, tres partes. La primera fue un alegato durísimo, “sin contemplaciones” –frase que usó él–, contra la corrupción. No dio un solo nombre porque, de haberlo hecho, el discurso podría haber durado cinco horas. Fue un pasaje que cabría calificar de franciscano: pero de Francisco, porque, salvo al Papa, yo no conozco ahora mismo a nadie más capaz de reunir ante sí a su equipo de gobierno –la Curia– y ponerlos de vuelta y media, lo que se dice a parir, durante veinte minutos.

La segunda parte se la dedicó el Rey a Cataluña. Su mensaje esencial fue que, por encima de la política o de la economía, el problema actual está construido de sentimientos; y que, si a eso vamos, son muchísimos más los sentimientos que unen a los catalanes al resto de los españoles que aquellos que los separan. Llamó al problema por su nombre, sin los habituales eufemismos, y dijo una frase espléndida: en España, hoy, nadie es adversario de nadie.

Y la tercera parte la dedicó a dar ánimos. Esta era la más previsible y la que más se pareció a los discursos navideños anteriores, todos leídos por su padre.

La reacción de los trece o catorce españoles que yo tenía cerca (mi familia), que tienen de monárquicos lo mismo que yo tengo de comandante de Artillería, fue casi unánime: “Coooño con este muchacho”. Les gustó. Y esto por dos motivos esenciales. Primero, “se le entiende lo que dice”. Y segundo, “llama a las cosas por su nombre”.

Pero, como dijo Marco Aurelio, que sabía bien de qué iba la cosa porque él fue emperador romano, “aunque los reyes obren bien se hablará mal de ellos”. Mientras ocho millones de ciudadanos veían el discurso y hay que suponer que no sin cierto agrado (en otro caso habrían cambiado de canal), Facebook y Twitter se llenaban, al mismo tiempo, de improperios, sarcasmos y cuchufletas sobre el color del sofá. Contra el Rey y contra cualquiera que se saliese del insulto. Varios articulistas firmaron textos de dos y tres folios ocho minutos después del mensaje; miren ustedes, yo me gano la vida con esto y debo decir que en ese plazo no me da tiempo ni a teclear tanto. ¿Cuándo lo escribieron?

El debate más aburrido.

Alguien metió en Facebook una frase: “Si ese discurso lo hubiese dicho un presidente en vez de un rey, estaríais dando palmas con las orejas de lo brillante que ha sido”. Eso dio pie, además de a decenas de injurias, a un coñaaazo de debate sobre la legitimidad natural de la república y la intrínseca perversión de la monarquía que duró dos días enteros.

Y ese inmenso intelectual que es don Cayo Lara, al día siguiente, calificó las palabras de Felipe de “vacías, huecas, sin contenido” (la misma frase vacía, hueca y sin contenido que usan siempre unos políticos para despreciar lo que dicen otros), y se quejó amargamente de que el Rey no hubiese aludido al problema del poder judicial. Tiene razón, no lo hizo. Y tampoco habló del precio del petróleo, de la guerra en Ucrania, de la investigación con células madre, de la fusión de los hielos polares ni de la posibilidad de que exista vida extraterrestre en el futuro político de don Cayo.

Me quedo con la frase de mi hermano: “Coooño con este muchacho”. Algo parecido dijeron los británicos de Jorge VI en 1939. Y creo que tampoco les faltaba buena parte de razón.

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