Nuevas maneras de hacer el tonto
El juego que hace furor en medio mundo no es más que la última moda en el arte de perder el tiempo.
Jason Paul iba por Barcelona, móvil en mano, cazando Pokémon. Calles, plazas, semáforos, terraplenes, cuestas arriba, cuestas abajo. Tenían la tarde esquiva los animalejos y Jason decidió, por lo que cuentan, seguir a uno al que le dio por trepar por la fachada del hotel Arts, el edificio más alto de la ciudad, que eleva sus 154 metros junto a la Barceloneta.
Jason no se lo pensó y siguió al bicho fachada arriba. Hay que admitir que es difícil pero no demasiado, ¿eh? No demasiado porque la estructura exterior del Arts se parece bastante a un andamio, y además este Jason, que es alemán, tenía ya cierta experiencia en subirse a cosas/casas raras. Llegó arriba y, como es natural, hizo la foto con el móvil. Pokémon cazado. Qué bien.
Lo curioso del asunto no es que un chiflado trepase por la fachada de un edificio para seguir al Pokémon (seguramente se trataba de un pretexto divertido); lo curioso es que la gente lo miraba trepar no con la admiración entreverada de miedo con que se contempla a los acróbatas o a los trapecistas, sino con la risa contenida de quien sorprende a un bobo haciendo bobadas.
Los viejitos habituales del Retiro, en Madrid, suelen faltar al parque durante los terribles calores de julio, que son
–ellos lo saben bien– peores que los de agosto. Este año no. Este año se juntan en las sombras, supongo que después de citarse allí; se reúnen en grupos de seis u ocho, con sus sillas de aluminio y botellas de agua, y se mondan de risa viendo a los chavales (y a los que no son tan chavales) caminar como dementes, pasos cortos y rítmicos, ensimismados, mirada sin parpadeos clavada en el móvil, expresión facial parecida a la que solemos poner cuando necesitamos ir al lavabo urgentísimamente, detrás de un bicho que nadie más que ellos ve.
–Mire, mire, don Ramón: ¡otro! ¡Aquel de verde! ¡Acaba de cruzar por el medio del seto!
–¡Ya lo veo! ¡Se va a dar con el árbol!
–¡A ver si hay suerte!
En Las Rozas (Madrid), los guardias civiles que estaban de guardia hace unas noches se alarmaron al ver cómo dos individuos se colaban en una zona restringida, donde se guardan los coches. Lo primero que pensaron fue que quizá se trataba de dos yihadistas o cosa parecida. Pero no. La lectura del informe oficial es sencillamente deliciosa: “Se localizó a dos jóvenes que se encontraban cazando Pokémon mediante una aplicación móvil (...) No se consideró necesario llevarlos a los calabozos”.
Varios cantantes que ofrecen en estos días sus conciertos veraniegos están hasta la peineta de los bichos estos. Rihanna, por ejemplo, lo mismo que Beyoncé, han rogado a sus fans (rogado es una manera muy suave de decirlo) que hagan el favor de dejar el móvil en paz y que estén a lo que tienen que estar, que es a la música. Porque es verdad que, de toda la vida, los asistentes a un concierto se mueven mucho, vociferan, jalean y se agitan, pero por lo común eso sucedía hasta ahora en sentido vertical (saltos) o mediante el frenesí de brazos sobre el propio terreno; ahora el público de los conciertos empieza a parecer un hormiguero en el que la gente camina de un sitio a otro, se tropieza, se pide perdón y sigue dando vueltas y tumbos sin hacer ni repajolero caso a la persona que canta sobre el escenario, lo cual, como ustedes sin duda comprenden, es muy desagradable para el artista. Por más que ese atajo de merluzos haya pagado la entrada. Así, Rihanna les chilló al empezar su actuación: “¡Que no se os ocurra atrapar Pokémon mientras estoy sobre el escenario!”.
Ya ha ocurrido que algún jugador ensimismado se ha caído a un estanque, en plena noche, y ha habido que sacarlo; que los agentes de una comisaría de Policía de Darwin (Australia) vieron cómo se les aproximaba una horda de chalados, al mejor estilo de las películas de zombis, que estaban todos buscando a un tal Sandshrew; que ha habido soberanos guantazos con el coche porque hay cernícalos que juegan con el chisme ese mientras conducen. La Iglesia de los mormones ha hecho caso a la máxima latina: si no los puedes vencer, únete a ellos, y ha hecho pública una directriz sobre cómo hay que comportarse con los zumbaos del Pokémon cuando entren en la iglesia durante los oficios: “Si hay jugadores o visitantes [que] entran mientras estás teniendo una actividad (...), invítalos a quedarse y a participar, o invítalos a volver a las reuniones dominicales”. Naturalmente, Oliver Stone ya ha dicho que esto es una maniobra del capitalismo universal.
Miren ustedes, yo no lo creo. A mí, en el fondo, me parece bien. Creo cien veces preferible obsesionarse con un animalejo de mentiras que te obliga a hacer el ridículo que marearse la cabeza con las enseñanzas de un dios cruel y vengativo, o que estar enganchado a los realities o a Sálvame, que eso sí estimula la abyección humana. Decía Unamuno que uno de los derechos a los que no estaba dispuesto a renunciar era el derecho a contradecirse, a cambiar de opinión e incluso a perder el tiempo, coño. Todos hemos jugado a cosas raras, todos hemos tenido manías que hacían suspirar a nuestras madres. No hace tantos años yo hablaba a mis atónitos amigos, con toda seriedad, de lo difícil que es aterrizar en Innsbruck o Nagasaki, o de lo duras que fueron las 16 horas de pilotaje entre Haneda (Tokio) y el Charles de Gaulle de París. Cuando les expliqué que se trataba del juego Flight simulator de Microsoft me querían matar. Y no sé por qué.
Mientras lo más peligroso que haga la gente sea perseguir lo que no existe, vamos bien. Lo mismo hacemos todos con la felicidad y con la primitiva. Jolín.



