Nativel y el curioso impertinente
El libro de memorias de la periodista deja al lector con un desalentado optimismo.
Nativel querida, qué poca paciencia tengo. Tanto esfuerzo en pulir la piedra, como decimos algunos, y resulta que he acabado tu libro y no se me pasan las ganas –más bien al revés– de meterle dos capones a ese insolente sabelotodo que te has buscado como conversador; ese Alcibíades posplatónico que todo lo juzga y sentencia así, por su cara bonita (digo yo que tendrá la cara bonita; ahora todos la tienen); a ese repelente niño Vicente a quien nadie parece haber explicado la norma elemental de la sabiduría: “Primero, escucha con atención; ya hablarás cuando sepas hacer la O con un canuto”.
Me imagino que la peripecia que cuentas, el encuentro con ese Guillermo Brown cien veces más refitolero que el de los libros de nuestra infancia, será verdad; si no lo fuese, bien por ti, porque lo parece. Todos conocemos a cinco o seis arrapiezos con barba mal brotada y máster en yoquesé, a los que ahora llaman hipsters (en algunos casos habría que afinar más: propongo hipstercienses) que se te plantan delante y te dicen no solo cómo fueron tu vida y tu tiempo, sino cómo deberían haber sido para pasar su desparpajado examen. A mí me sacan de quicio. A ti no: les aguantas doscientas páginas. Esa ventaja que me llevas.
Has escrito un libro, Nativel Preciado, que no va a gustar del todo a nadie: Hagamos memoria. Políticos y periodistas de la Transición a nuestros días, y lo publica la Fundación José Manuel Lara. Cuentas en él no ya la transición a la democracia, que eso es imposible porque nos falta campo histórico (a todos menos al nene que habla contigo, parece), sino tu Transición, la que viste y viviste y escribiste desde tu balcón de periodista que hablaba con todos y los conocía a todos.
Te atreves a decir en ese libro no lo que sabes, que ya sería bastante espinoso, sino lo que piensas. Más aún: lo que piensas ahora, lo que pensaste entonces y lo que hoy piensas sobre tu opinión de hace muchos años. Por eso no va a hacer feliz a nadie tu diálogo con ese tarambana que un día –dices– te dijo que era “politólogo” y que estaba escribiendo no sé qué trabajo sobre la decepción política de los españoles. Y el primer decepcionado es él, al que me imagino –esto no recuerdo si lo dices o es mi imaginación– con algo más de veinte añines.
Contra el miedo
Ese arrapiezo sentencioso no puede entender algo que tú aclaras desde el principio: que la Transición fue la consecuencia imperfecta de una colosal lucha colectiva contra el miedo. No harás felices, Nativel, a quienes entonces pasamos tanto miedo y pusimos tanta buena cara al mal viento, que yo creo que fuimos la mayoría. Tampoco harás felices a quienes entonces, en grandes cantidades –hay excepciones, y no pocas–, callaron lo que pensaban y solo después, cuando se alejaron lo bastante los compases de aquella zarzuela de 1981 que a mí me gusta llamar El trust de los tricornios, como parodia de la pieza del maestro Serrano, empezaron a decir que todo había constituido una traición, que la reforma había sido una filfa y que lo que había que haber hecho era salir a quemar curas y a matar fascistas por las calles. He visto, como tú, que muchos de aquellos voceones de los 90 pasaron de cantar A las barricadas al mucho más dulce canto de A las mariscadas. Pero de aquellos tremendos tipos perpetuamente anclados en el cuadro de Goya,Lucha a garrotazos, vienen estos guillermitos de ahora dando lecciones de lo que teníamos que haber hecho cuando a ellos les faltaban veinte años para nacer. Y no lo saben. Lo habrán leído donde les haya interesado (tú citas el perverso libro de Pablo Castellano), pero no lo pueden saber. Porque no estaban, primero. Y luego porque parecen haber elegido con mucho cuidado las fuentes de las que beben. Las han elegido selectiva e intencionadamente, y eso se parece bastante a lo que hace Pío Moa.
Es tremendo, Nativel, asistir al relato de tus decepciones profesionales y personales. Tú, que eres una persona enormemente afectiva, te has ido quedando sola: la gente en la que podías creer se te ha ido cayendo no de la peana, que tú nunca le pusiste a ninguno semejante cosa, sino de aquello que ellos mismos decían o mostraban de sí mismos. Es especialmente sangrante (solo pongo un ejemplo) la anécdota de Felipe González con los enfermos de la colza. No la cuento aquí: espero que los lectores de esta página compren tu libro y piensen al final, como he pensado yo, que los españoles no hacemos más que dar vueltas en nuestra historia, como burros que sacan agua de una noria sin ir, en realidad, a ninguna parte; pero que conservamos la fortuna de que haya gente como tú que lo vio todo, que estuvo en todos los momentos importantes, y que es capaz de contarlo. Más aún: de contárselo, con abnegada paciencia, a un chiquilicuatre respondón y sabidillo que se cree con el derecho de dar lecciones –tú lo dices– a quien no hace más que ver un déjà vu tras otro, porque todo vuelve: las actitudes, las intemperancias, las soberbias, los errores, la miopía histórica. Hasta la fe ciega, o su exigencia terminante, vuelven una y otra vez, pintadas del color que sea: para pasar del azul al morado solo hace falta un poco de rojo.
A los del oficio no nos dejas mucho mejor. Merecido lo tenemos. La cita de Janet Malcolm: “Todo periodista que no sea demasiado estúpido o demasiado engreído para no advertir lo que entraña su actividad sabe que lo que hace es moralmente indefendible. El periodista es una especie de hombre de confianza que explota la vanidad, la ignorancia o la soledad de las personas; que se gana la confianza de estas para luego traicionarlas sin remordimiento alguno”.
Pero volverías a hacerlo. Si tuvieras que volver a empezar, elegirías otra vez este oficio de contar lo que ves, porque la prensa libre es la mejor inversión contra la tiranía. Son tus palabras.
Y las mías también. Aunque al curioso impertinente de Guillermito le importe muy poco.



