Maria Callas ha resucitado

22 / 09 / 2014 Incitatus
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Warner publica en estos días una colección de 69 discos con la obra de la Callas tratada en los estudios de Abbey Road: parece que está ahí, más viva que nunca.

Quizá ustedes hayan visto las ya numerosas películas sobre Superman; desde las que protagonizó el malogrado Christopher Reeves hasta El hombre de acero, que es del año pasado. Juraría que en todas ellas aparece un personaje fascinante: Yorel, el padre de Clark Kent. En las más antiguas, cuando el mocito importado de Kripton está ya en edad de merecer, descubre unos cristalitos que son, en realidad, grabaciones con la voz y la imagen de su padre (lo interpretaba Marlon Brando), que le habla desde el lado de allá de la muerte.

En la última hay un paso más allá en la búsqueda de lo que podríamos llamar metempsicosis o transmigración de las almas: Yorel, al que ahora encarna Russell Crow, ha muerto pero solo en parte: sobrevive su conciencia, lo cual quiere decir que, a efectos prácticos, está allí, piensa, razona y habla, se puede conversar y discutir con él miles de años después de que su planeta reventase como una burbuja inmobiliaria cualquiera, y con él dentro. Esto habría vuelto locos de alegría a los antiguos egipcios porque supone la victoria sobre la muerte, es decir la no muerte, que es lo que ellos buscaban. Tampoco está demasiado lejos del concepto cristiano de resurrección, al menos en la teología de la era Ratzinger.

Pues bien, algo muy semejante ha sucedido con Maria Callas, que es a la historia de la ópera más o menos lo mismo que la pasta italiana es a los spaghetti: no es posible entender lo uno sin lo otro.

Warner publica en estos días la primera entrega de algo parecido a un milagro de dimensiones monumentales. La compañía ha vuelto sobre las cintas originales que Callas grabó durante los 20 años de su carrera como cantante y, gracias a las últimas tecnologías, ha perfeccionado (por favor, no me obliguen a escribir remasterizado) los originales hasta lograr un resultado sencillamente prodigioso. Parece que tienes a Callas cantando en la salita de casa, parece que está ahí: viva, resurrecta o metempsicótica. Lo mismo que Yorel.

El milagro se ha hecho en los legendarios estudios de sonido de Abbey Road, en Londres, que la propia cantante conoció y en los que grabó. Pero es que no se trata de un disquito ni de dos. Ahora que el compact-disc se va muriendo, como Callas, de vejez prematura, Warner pone en la calle una colección de ¡69 CD! en los que, si no está todo, está sin duda lo mejor que cantó aquella mujer irrepetible e inclasificable que, más que una cantante, era un fenómeno de la naturaleza.

Maria Callas, que en realidad se apellidaba Kalogeropoulos (pero quién puede triunfar en la vida, fuera de Grecia, con un apellido así), fue lo que se entiende por cantante de ópera durante un tiempo relativamente breve. Pronto se elevó a la condición de mito viviente y jamás se bajó de allí: ni la muerte la arrancó de ese pedestal que muchos cantantes, hombres y mujeres, han pisado también, pero siempre en escalones inferiores. Salvo quizá Enrico Caruso, hace ahora un siglo, nadie logró convertirse en una leyenda de tales dimensiones. ¿Cómo lo hizo?

La presencia.

Maria Callas tenía una voz poderosísima, muy bien educada por la española Elvira de Hidalgo, pero tenía algo más: su presencia escénica, que procedía de su carácter y de su amor por la ópera. Esa presencia escénica es la que no ha tenido ningún otro cantante de quien se guarde memoria. Esa presencia escénica creó, más que su voz, el mito Callas.

Inténtenlo ustedes. Si les gusta la música, si han probado el vino fuerte y especiado de la ópera, busquen en YouTube vídeos de Maria Callas. Da lo mismo que sean de representaciones operísticas que de recitales, como los de la gira de los años 70 con Giuseppe di Stefano. Eso es lo de menos. Eso sí: antes de ver esos vídeos, escuchen la misma pieza pero sin imágenes, sin verla a ella. Solo después deberán volver a escuchar el fragmento mientras ven con sus ojos a la cantante.

Se darán cuenta de que no hay punto de comparación. Callas tenía una poderosa voz, pero no una voz bella como la de Caballé, por ejemplo. Tenía una técnica impecable, pero eso les ha pasado a muchas. Lo que no ha tenido ninguna, nadie en absoluto, es el don de pisar el escenario y, con su sola presencia, anular la ley de la gravitación universal, suspender el tiempo y el espacio, alterar de inmediato el ritmo cardiaco de los espectadores, llenarlo todo con un magnetismo sencillamente irresistible. Ese es el secreto. En eso nadie se le ha podido comparar jamás, ni antes de que comenzase a cantar ni después de su muerte, que le llegó a los 53 años, en 1977. Nunca. Y la ópera tiene cuatro siglos de vida ya.

Padeció toda su vida un carácter impetuoso, durísimo, que hizo de ella una persona muy desdichada, casi tanto como Norma o Mimí. Nadie podía llevarle fácilmente la contraria y así, convencida de lo sobrenatural de sus facultades físicas, cantó cosas que jamás debió haber cantado. Cuando una persona canta la Rosina de El barbero de Sevilla o la Gilda de Rigoletto, lo que no puede hacer es atreverse también con la Carmen de Bizet. No es posible. Son papeles escritos para voces distintas.

Ella lo hizo. Como también lo hizo, en los papeles para tenor, otra voz de incalculable belleza: José Carreras. Ambos pagaron el precio más espantoso que existe: destruir su voz.

Pero Callas salía al escenario y era un huracán del Caribe: no dejaba sitio para nada, para nadie más. Cuando empezó a declinar y algunos herejes la silbaban (porque eso sucedió), se enfrentaba a ellos desde el escenario con un manojo de puerros en la mano y un lenguaje de camionero rumano sencillamente irreproducible. Esa mujer colosal cantó La Traviata en la Scala de Milán con tal intensidad (28 de mayo de 1955) que el teatro más importante del mundo decidió no volver a programar nunca más la ópera más representada de la historia porque, sencillamente, nadie podría igualar la belleza de aquella representación (dirigía Giulini, escena de Luchino Visconti) en varios siglos. Y el público creó dos generaciones de viudos de la Callas que impidieron, a veces a golpes, que se representase Traviata en Milán... durante 25 años, hasta que Riccardo Muti rompió la maldición en 1990.

Esa mujer de voz un tanto metálica, gritona en los agudos, algo tosca, pero que enloquecía al público porque nadie podía cantar no ya mejor, sino como ella. Esa mujer a la que Warner resucita ahora como si estuviera viva con 69 discos porque la memoria colectiva puede perderse, pero los mitos están destinados a sobrevivir a los mortales. Y la Callas es la inmortalidad de la ópera.

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