Los músicos, esos seres extraños

06 / 06 / 2016 Luis Algorri
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¡Gracias!

Dos libros de la editorial IdeaMúsica muestran lo duro que es pretender dedicarse a la música. Al menos aquí.

El piano entró en casa mediante un golpe de Estado tan absurdo que tuvo éxito. Mi madre, sencillamente, no podía creer que yo estuviese haciendo aquello.

–Voy a estudiar piano –dije.

–Ah, ¿sí? ¿Y de dónde lo piensas sacar?  Porque yo no voy a comprarte uno.

–No lo voy a sacar, ya lo he sacado. Ayer por la tarde lo llevaron a la casa de la abuela. Y no lo vamos a comprar, lo he alquilado. En tu nombre, desde luego.

Cuando se recuperó de la estupefacción el asunto ya no tenía remedio; yo empecé a estudiar piano con la maestra y me convertí en otra persona.

Lo que no podía saber entonces es que esa persona en la que me convertí –al menos por unos años– sería, andando el tiempo, objeto de estudio científico, metodológico, casi diría entomológico y desde luego muy cariñoso. Eso lo veo ahora, cuando mi amigo Fernando Sanz me hace llegar dos conmovedores libros que ha publicado su editorial IdeaMúsica: El músico adicto. La Musicorexia y, sobre todo, Cómo ser feliz si eres músico o tienes uno cerca. Ambos los ha escrito un tipo admirable que se llama Guillermo Dalia y que, además de músico apasionado, es especialista en psicología clínica: lleva más de dos décadas dedicado a estudiar (y, en la medida de lo posible, a paliar) el sufrimiento que nace alrededor de los pies de una persona, que crece rápidamente como una planta trepadora y que acaba por envolverlo entero cuando decide que será músico; algo que, como la inmensa mayoría de los españoles sabe perfectamente, no es una profesión decente sino una bonita forma de perder el tiempo, de molestar a los vecinos, de hacerse el interesante o de llamar la atención. Y, desde luego, de pasar hambre si el chaval comete la idiotez de obstinarse en tocar el violín (esa expresión, tocar el violín, tiene en español el significado sarcástico de perder el tiempo) en vez de estudiar Derecho o hacerse futbolista, como la gente decente.

Tengo muchísimos amigos músicos. Hablo de los que se dedican a la música que la gente llama seria, culta o, en los casos más ignorantes, “clásica”. Solo ahora, tras leer estos libros, comienzo a entender lo que siempre llamé “sus cosas”, sus rarezas, sus manías. Son personas que, al ser españoles, han crecido en un mundo poblado de enemigos.

Lo que tú quieres

El primero es su propio instrumento, sea el que sea, incluido el triángulo. Es –así lo viví yo– algo parecido a un amor adolescente. Al principio no se deja tocar: hagas lo que hagas, no suena o profiere graznidos terribles. La primera vez que logras una escala o siete notas seguidas entras en un estado de euforia casi erótica, pero dura poco: que ese cacharro haga lo que tú quieres (en el mejor de los casos: lo que pone en la partitura) lleva, sin remedio, años.

El segundo enemigo es la familia. Tú estás dale que te pego con el insufrible manual de Stamaty, páginas y páginas de escalas, todo concentrado en no equivocarte, mientras tu hermano Manolo finge que está con las matemáticas mientras enreda con el móvil. Y tu madre:

–Luisito, baja a por el pan.

–Hombre, ¿no puede bajar Manolín?

–Pero ¿no ves que está estudiando?

Este ejemplo, que cita Guillermo Dalia es tan cruel como extraordinariamente frecuente. Tú no estás estudiando. Tú no estás haciendo nada útil. Tú estás perdiendo el tiempo. Y ni siquiera es bonito lo que suena: si al menos te diera por el Para Elisa, que eso lo toca cualquiera...

Del resto de los enemigos mejor ni hablamos (los vecinos, por ejemplo; o los amigos, que cada vez que te da por tamborilear con los dedos sobre una mesa te miran como si estuvieras enfermo), porque el peor de todos es uno mismo.

De eso habla el segundo libro, el que trata sobre la musicorexia: la adicción que lleva a algunos estudiantes al borde de la enfermedad mental porque sienten, entre otras cosas, que siempre lo hacen mal, que hay que practicar más, que nunca está bien lo que suena...

Y está la chiquilla de quince años, candidata a pianista, que se va de vacaciones a la playa con su familia con la cara y los ánimos de quien ingresa en prisión preventiva, porque no puede llevarse el piano consigo y siente que cada minuto que pasa sin tocar se vuelve más y más torpe. Y está el chaval que, justo cuando acaba de sacar limpiamente un ejercicio del Microcosmos de Bela Bartók, ve cómo se abre la puerta y entra su padre: “¿¡Quieres dejar de hacer ruido y ponerte a tocar de una vez!?”. Y están los amigos de tu padre, que, cuando él te los presenta y les suspira que estudias piano, o contrabajo, o clarinete tenor, te dicen, con su mejor sonrisa: “Muy bien, muy bien, pero tú ¿a qué te vas a dedicar?”.

Y los compañeros, que te ven –miente quien diga que no conoce esto– como un competidor, un rival, un enemigo, y no como un músico más, compañero de pasión y desdichas. Y tu pareja, con la que será muy fácil que tengas problemas si no se dedica también a la música, porque no le entrarán en la cabeza ni tus obsesiones ni tu disciplina. Y hasta los profesores, muy pocos de los cuales conocen la regla de oro para conseguir sacar un músico de un ser humano: conseguir que disfruten...

El capítulo 12, También hay cosas buenas, ¿no? Abre la puerta a la esperanza. Porque Dalia no pretende que no haya músicos, sino que los haya... en un mundo (yo diría que en un país) en el que la gente comprenda que la felicidad que produce la música a quien logra hacerla bien, después de tantísimo esfuerzo, no puede compararse con ninguna otra.

Por cierto: qué habrá sido de mi pobre y querido piano... 

Grupo Zeta Nexica