Lo invencible de la fe

09 / 05 / 2016 Luis Algorri
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La realidad no sirve de nada ante el poder de las creencias irracionales. Bien lo sabe Juan Eslava Galán.

Uno tiene querencias, placeres, devociones personales. O vicios, quizá sean vicios a los que ya no piensa renunciar: a mi edad, renunciar al tabaco, a la cecina que hace Honorio Fuertes en Soto y Amío o a Juan Eslava Galán sería, más que nada, una pérdida de tiempo. El tabaco me matará un día, la cecina se me almacena en la cintura y Juan Eslava contribuye denodadamente a mi condenación eterna, pero qué quieren que les diga: las tres cosas me hacen feliz. Y ya no está uno para perder el tiempo limitando sus felicidades.

El último libro de Juan Eslava, La madre del Cordero, publicado por Planeta, es una joya en la que el gran humorista y erudito nos da un paseo por lo que él llama “curiosidades” de la simbología cristiana a lo largo de los siglos. Al contrario de lo que pasa en otros libros de este admirable gamberro, aquí Juan Eslava no recurre con la frecuencia acostumbrada al humor explícito o al chascarrillo. No busca la carcajada, no carga las tintas para provocar hilaridad, como hacía, por ejemplo, en aquella irrepetible maravilla que es El catolicismo explicado a las ovejas, libro por el cual uno merece pasar a la historia universal del humor y a las calderas de Pedro Botero, todo a la vez.

Ahora no es así. Ahora le basta con la simple y escueta (y hasta piadosa) descripción de quién fue San Antonio de Padua, o Santa Margarita de Alacoque, para que el lector tenga que levantarse a por los kleenex para secarse las lágrimas de la risa, y a eso ayuda la inestimable habilidad de Juan Eslava en el uso (jamás abuso) de las aviesas, afiladas y azufradas notas a pie de página, género literario en el que este hombre es un maestro sin parangón. La nota 6 de la página 230, en la que Eslava describe cómo el archicatólico Sabino Arana se fue de viaje de novios, con su amada Nicolasa, nada menos que a Lourdes; y, henchido de fervor pontificio, dio en beber piadosa y abundantemente del agua milagrosa que de aquellas santas fuentes brotaba; y quiso el Señor que el prócer del nacionalismo vasco agarrase allí mismo una cagalera brutal, elefantiásica; una cagalera de proporciones inundatorias que, según Juan Eslava, le tuvo “más de una semana en la cama (…) e imposibilitado de atender debidamente a su esposa”. Díganme ustedes si no merece la pena leer las casi 400 páginas del libro, porque es todo así.

Y sin embargo Juan Eslava comete un error. Yo creo que es la primera vez que le pasa. Cuando, en la nómina de santos más o menos chuscos, imaginarios o, sin más, raritos (yo creo que eso de raritos es lo que mejor les cuadra), añade a Lucía de Jesús dos Santos, es decir, la niña medio tontina que vivía en Fátima y que se murió a los 97 años convencida de que a ella y a sus primitos se les había aparecido la Virgen, Juan Eslava le atribuye la condición de santa. No lo es. Su proceso de beatificación lo abrió el cardenal Saraiva Martins en 2008. No ha sido canonizada. Quiero suponer que, después de la furia santificatoria del papa Wojtyla, que elevó él solo a los altares a más santos que todos los demás Papas de la historia juntos, sus sucesores están teniendo algo más de cuidado. Después de canonizar a un farsante demostrado como Pio de Pietrelcina, lo único que le faltaba a la Iglesia era hacer santa a sor Lucía, que se pasó la vida añadiendo detalles al su célebre “tercer secreto” de Fátima como si fuese una novela por entregas. Pero cuando llegué a ese pasaje del libro de Juan Eslava me llegó una pregunta amarga: ¿Y qué más da que no sea santa oficial? ¿A quién le importa?

Ahí está la verdadera madre del cordero. Hace quince años se estrenó una película no demasiado mala que de vez en cuando pasan por televisión: The body, el cuerpo. En una gruta oculta de Jerusalén aparece el esqueleto de un hombre de principios del siglo I que fue crucificado, alanceado en un costado, que tiene las piernas enteras y que muestra en el cráneo señales de heridas hechas con espinas. Un cura católico, interpretado por Antonio Banderas, se desespera ante la posibilidad, verdaderamente cercana, de que se trate del cuerpo de Jesús de Nazaret, que no habría resucitado ni subido a los cielos sino al que habrían enterrado en secreto para alimentar la leyenda.

No, la leyenda no: la construcción ideológico-religiosa que ha obtenido más éxito en los últimos 2.000 años, y que se basa precisamente en la resurrección, es decir, en el vencimiento de la muerte. El “padre Gutiérrez” (Banderas) se vuelve casi loco ante la posibilidad de que aquel montón de huesos destruyan nada menos que el cristianismo en todas sus variedades. Otro personaje del film, un militar israelí que se llama “Moshe Cohen” (lo interpreta John Shrapnel), se ríe de él. No pasaría nada si se demostrase que ese esqueleto es el de Jesús, le dice. Las religiones, las creencias, no se basan nunca en hechos. Se basan en la fe. Y la fe es más poderosa, dentro de la mente humana, que cualquier otra cosa: más que cualquier evidencia, prueba o demostración.

La fe es mucho más poderosa que la realidad. Quizá no mueva montañas, pero mueve a millones de personas que la necesitan para vivir, para no morir de desesperación ante la negrura de esa realidad que todos ven pero que la fe niega. Eso hace que, llegado el caso, la fe sea invencible mientras que la realidad, o la evidencia, o la historia, o la ciencia, sean sencillamente negadas de plano no por quienes creen, sino por quienes están determinados a creer ocurra lo que ocurra.

Eusebio de Cesarea, obispo cristiano del siglo IV, metió de matute en un texto que no era suyo (las Antigüedades judías del historiador Flavio Josefo) un párrafo varias veces modificado en el que se hablaba de Jesús el nazareno, al que seguía mucha gente porque era el Mesías y hacía milagros. Hoy, esa falsificación es la única “prueba” documental de origen no cristiano de la existencia histórica (probable, por otra parte) de Cristo. ¿Que es falsa? Y eso qué más da. Todo el que la quiere creer la cree, y son millones. Así pues, dentro de siglo y medio es muy probable que se cite a Juan Eslava Galán entre los primeros siervos de Dios que vieron la santidad de sor Lucía, la de Fátima. Un genio, este hombre. Un genio. Como Honorio Fuertes, el mago que hace la cecina en León. O casi.

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