Les Luthiers nunca se irán

05 / 10 / 2015 Luis Algorri
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El mejor grupo de humor musical de la historia, ha cumplido 50 años. Y vuelven a España

El 25 de septiembre de 1965 (acaba de hacer cincuenta años), nueve chalados post-adolescentes que todavía tenían barba de pelusas y la cara llena de espinillas se subieron al escenario en la clausura del Festival de Coros Universitarios de Tucumán, en Argentina. Decían llamarse I Musicisti. Iban cargados con unos armatostes sonantes que, entonces como hoy, no merecen más que el inextricable nombre de “cacharrófonos”, hechos con tapas de retrete, latón, goma de manguera, plástico sin reciclar y otras delicadezas tecnológicas. Pero cómo sonaban. Muy serios ellos (todos, los chicos y los cacharrófonos).

Se pusieron a tocar y a cantar y la verdad es que la mayoría de la gente no entendió gran cosa. Al menos al principio. Luego ya sí. Aquellos golfos, y otros que les acompañaban para aumentar el coro, estaban haciendo algo parecido a música clásica de la forma menos clásica imaginable. Alguno del público se quedaría de piedra al identificar aquellas notas como pertenecientes, o al menos muy parecidas, a las que inundaban las cuatro horas y pico de la Pasión según San Mateo, de Johann Sebastian Bach, una de las catedrales más solemnes de la música universal.

Pero los críos de los cacharrófonos tocaron y cantaron, durante apenas un cuarto de hora, algo muy distinto a las piadosas estrofas de la liturgia religiosa alemana. La música sonaba a Bach, eso sin duda, pero el texto que cantaban estaba sacado del prospecto de un laxante muy conocido llamado Modatón, fabricado y honradamente distribuido por los respetables Laboratorios Bagó.

“Eees eficaaaz”, gemía, devotísimo, el contratenor (o lo que fuese aquello), y el coro (¿recuerdan el principio de la Pasión?) respondía: “¿Quién?” El otro insistía una, dos, muchas veces: “Eees eficaaaz”, hasta que el coro se hartaba: “¡Pero ¿quién?!” Y el cantante concluía en un aria maravillosamente bachiana: “Modatón por cierto es eficaz… para el estreñimiento de las embarazadaaas…” Aquello era una obra maestra del humor. Muchos se dieron cuenta y les siguieron. Otros no se dieron cuenta y corrieron junto a los fariseos sin talento. Por presiones de los escribas, los levitas y los sacerdotes de la mercadotecnia, aquello ha pasado a la historia con el nombre cambiado: la cantata Laxatón, que se entiende mejor. Unos veinte años después, en mi tierra, el inteligentísimo Viloria, amigo mío y grandísimo músico, se incomodaba seriamente cuando la oía: “Reírse de Bach es indecente”, rezongaba. A otros se nos saltaban las lágrimas de risa con el aria del bajo, No debe ser utilizado cuando hay náuseas, y apostatamos de la seriedad, y nos enamoramos para siempre de aquellos chiflados que demostraban un talento sencillamente extraordinario.

Chist! Medio siglo después, Les Luthiers siguen ahí. Están a punto de volver a España (tendrán ustedes suerte si encuentran una entrada, dondequiera que estén) a ofrecer Chist!, una antología de sus mejores momentos. De nueve pasaron a siete, y luego a seis. De seis pasaron atribuladamente a cinco y así permanecieron durante décadas. Les debemos momentos de inolvidable felicidad: la Cantata del Adelantado don Rodrigo Díaz de Carreras, las Cartas de color con el memorable Yogurtu N’gué, el ballet El lago encantado, el madrigal La bella y graciosa moza marchóse a lavar la ropa, la serenata El rey enamorado (yo canté eso, hice el papel de rey en plena calle y en medio del frío despiadado de enero; le dimos una cantadina a la novia de un amigo, el que hacía de juglar: el hoy músico Fran Carreño) y cientos de páginas más, a cuál más perfecta.

Andan ya por los setenta o más. Ya se ha muerto uno de los cinco grandísimos, Daniel Rabínovich, y eso fue peor que el adiós de un amigo de siempre. Ahora corremos a ver a los otros cuatro (con un suplente o dos, según) no para volver a asombrarnos con sus maravillas sino para hacerles ver, sencillamente, que los adoramos. Que les hemos adorado siempre. Y que siempre será así, ocurra lo que ocurra. Nunca se irán. Yo creo ahora que Les Luthiers no sobrevivirán al adiós de ninguno de los cuatro que quedan (Mundstock, Maronna, Núñez Cortés, López Puccio), pero eso no lo sé. Lo que sí sé es por qué los queremos. Por qué los hemos querido y los vamos a querer toda la puñetera vida.

Miren ustedes, es muy sencillo. Porque nos hacían pensar. Porque su humor, a veces algo grueso, pasaba inexcusablemente por una complicidad musical exquisita, por un código compartido de belleza, conocimientos y educación que, como el beso de amor, no estaba al alcance de cualquiera. Porque para disfrutar de Laxatón hay que conocer a Bach, lo mismo que para disfrutar de Lazy Daisy hay que saber moverse con un ragtime o que para apreciar en toda su incandescencia el inenarrable Perdónala hay que haberse criado a los pechos de Los Panchos. Eso han exigido siempre les Luthiers: un público educado, culto, cómplice, inteligente, conocedor de los mecanismos de la belleza que llevan de cabeza (y solo de cabeza: nunca de tripas) a la felicidad.

No tocan o cantan: enseñan a disfrutar, a reír, a comprender, a conocer. Una de las mejores cosas que se pueden decir de sus millones de fans es que su arte nunca estuvo al alcance de cualquiera. Marcos Mundstock nunca volverá a bailar en escena como lo hacía en el número final de las Cartas de color¸ el indescriptible Singing to me, pero no hace falta. Nos han dado medio siglo de dicha. Es urgente, indispensablemente justo que ahora nosotros, que tanto aprendimos de estos compatriotas (tienen todos la nacionalidad española, concedida por un Gobierno lúcido), les demostremos el amor que les tenemos, les hemos tenido y les vamos a tener. Porque son únicos. Porque nos hicieron mejores. Porque nunca se irán.

Grupo Zeta Nexica