La Real Academia, de Lázaro al jonrón

07 / 11 / 2014 Incitatus
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Mientras el nuevo Diccionario se difunde con polémica pero con gran éxito, sobre todo en Internet, la institución atraviesa una crisis económica gravísima.

Dicen que en las noches invernales de luna llena, cuando silba el viento gélido por la calle de Felipe IV, y en el parque del Retiro acechan los lobos, y en la iglesia de los Jerónimos aúllan los canónigos, se ve una sombra que camina, con pasos funerales, por los pasillos oscuros de la Real Academia Española. Viste jirones de sudario, arrastra gruesas cadenas con los pies y carga bajo el brazo el Diccionario de Autoridades, edición príncipe de 1726. De vez en cuando se detiene, alza hacia el techo el puño airado y gime, con voz de ultratumba: “Blecua... Blecuaaa... Lo del jonrón no te lo voy a perdonar nunca, Blecuaaa... Encomiéndate al Señor, alma empecatada... Ya llegará tu hora y me las pagarás... Arrepiéntete, Blecuaaa...”.

Es (ya lo han adivinado ustedes, seguro) el fantasma de Fernando Lázaro Carreter, que vaga sin descanso ni consuelo por las galerías del caserón que levantó, hace ahora 120 años, Aguado de la Sierra. El buen Lázaro, uno de los últimos grandes sabios de nuestra lengua, dejó este mundo en 2004 después de haber dirigido la Docta Casa durante seis años. Durante más de dos décadas, entre 1975 y 1996, se dedicó a escribir artículos que reunió en un libro imposible de olvidar, un libro bellísimo y terrible, un auténtico Index Palabrorum Prohibitorum, que se tituló El dardo en la palabra. Está dedicado, quiero creer que sin ironía, a tres grandes periodistas: Luis María Anson, Jesús de la Serna y Alfonso Palomares.

Digo lo de la ironía porque el libro entero es una tormenta de zurriagazos en las posaderas de quienes usan mal el castellano, y Lázaro descargaba el zurriago con especial saña sobre políticos y periodistas, sobre todo los deportivos. Pobre Lázaro. Cuánto debió de sufrir aquel Pío XII de nuestro idioma, que entendió que la Real Academia, y él sobre todo, eran algo así como la Orden Templaria que debía defender a mandobles la pureza del castellano frente a los sarracenos que lo acosaban: anglicismos, galicismos, neologismos y palabros de toda laya y condición que inundaban lo que él llamaba “los surcos agrestes de la prosa periodística”. En 1984, Lázaro firmaba un artículo feroz, ígneo (no en vano el escudo de armas de la Academia está lleno de llamas ardientes), tridentino y brillantísimo contra los botarates que usaban el término posicionamiento, al que él anatematizaba por herético anglicano (de position). Y tronaba: “Como es lógico, el Diccionario de la Academia no lo reconoce”, y lo tachaba de borde, aborto, parásito y cien lindezas más.

Lázaro (ay mísero de él, y ay, infelice) era presidente de la Real Academia en 1992, cuando posicionamiento entró en la vigésima primera edición del DRAE. Lo que tuvo que sufrir aquel gran hombre. Lo que habrá padecido al ver que, con el paso de los años, se iban colando por las rendijas del Diccionario, una tras otra, la inmensa mayoría de las burradas (así las consideraba el sabio) a las que él vapuleó sin misericordia, con la fuerza que da la fe en el dogma, durante toda su vida. Hoy, de aquella asombrosa colección de ácidas excomuniones idiomáticas apenas queda piedra sobre piedra. Il fumo di Satana, como habrían dicho Pablo VI y él, parece inundar el palacio entero, la biblioteca con 250.000 libros y, desde luego, el salón de plenos.

Pero lo de jonrón no tiene perdón de Dios. En eso hay que darle la razón.

El dinero para vivir.

Tras Lázaro Carreter llegó a la presidencia Víctor García de la Concha. Aunque su pontificado duró doce años, él fue el Juan XXIII de la Real Academia. No pretendía tanto limpiar y fijar, como su predecesor, sino más bien dar esplendor. Culminó el funcionamiento armónico de la Española con las 21 Academias de otros tantos países, remató una inmensa labor de publicaciones indispensables (solo por la Ortografía, la Nueva Gramática y el Panhispánico estaría este hombre en la historia de España) y, esto sobre todo, lanzó a la Academia, con un éxito extraordinario, a los oleajes de Internet. Cada mes, la web del Diccionario recibe unos 50 millones de visitas. De la Concha puso su nombre, en 2001, al pie de la vigésima segunda edición del DRAE. Lázaro Carreter estaba aún vivo, pero dicen los murmuradores que fue por entonces cuando encargó a un chamarilero del Rastro las cadenas, los grilletes y las sayas sudariales.

Y en esto llegó Francisco, o sea José Manuel Blecua Perdices, hijo de otro José Manuel Blecua (de segundo apellido Teijeiro) que compartió estudios y amor por la lengua española con Lázaro. Blecua, alumno de Lázaro. Aragoneses los tres.

Si el Papa argentino dice que hay que hacer una Iglesia pobre para los pobres, lo cual espeluzna a los suntuosos cardenales de la curia, Blecua se arremanga y proclama que, ante las dudas sobre el idioma, “si algo no está [en el Diccionario], pero lo utilizan García Márquez y Vargas Llosa, úsenlo sin miedo”. Es decir, que ni la Academia ni el Diccionario están para quemar palabras (ni periodistas deportivos) herejes sino más bien para reconocer y admitir la realidad, cuando esta es más que evidente. Y una realidad que no está acantonada en los sagrados muros de España, como doña Urraca en las almenas de Zamora, sino que está viva y abierta a lo que hacen los 500 millones de personas que, en todo el mundo, hablan y piensan en español. Muy bien. Pero es que lo del jonrón...

A Blecua le ha tocado, sin embargo, un tiempo muy duro. La Academia está poco menos que en la miseria. Sonará demagógico, pero en este tiempo en que proliferan las tarjetas negras y los ladrones con tratamiento de excelentísimo señor; en estos años púnicos, gurteleros y eréctiles (de ERE), en los que quien no robaba desde el sillón de su despacho era tenido por gilipollas o por un tipo peligroso; en estos tiempos en que el deporte de moda es saquear a mansalva el dinero de todos, a la Real Academia Española le han recortado la subvención estatal de 3,6 a 1,6 millones, ha desaparecido la consideración del Diccionario histórico como proyecto de Estado (algo que hizo el archimalvadísimo Zapatero), se ha suprimido el mantenimiento del edificio y han desaparecido los derechos de autor, puesto que el Diccionario está en Internet.

Es decir, que han puesto a la Academia a pedir. O poco menos. No tienen ni para calefacción.

Blecua, que es un santo, dice que peor están otros. No, señor director. La educación, la cultura, no se tocan. No son lujos: son una necesidad vital para todos, y su herramienta es el idioma. Aunque se añadan al Diccionario palabras como jonrón: “En el béisbol, jugada en que el bateador golpea la pelota de tal manera que le permite hacer un circuito completo entre las bases y ganar una carrera”. En inglés, home run. Ay, Lázaro...

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