Juegos de palabras

26 / 07 / 2016 Luis Algorri
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Ocho décadas después del final de la Guerra Civil permanece la división entre españoles que estalló en 1936.

No la conozco pero doña María Telesfora Ruiz Rodríguez tiene que ser, por fuerza, una mujer de carácter. Y no es ninguna tonta, eso seguro. Se licenció en Derecho y en Psicología. Ha sido durante veinte años funcionaria de alto nivel en el Ayuntamiento de Granada. Ha ocupado cargos de responsabilidad en las áreas de Empleo y Deportes. Hace cinco años saltó la barrera y entró en la pelea de la política municipal en las listas del PP: fue elegida y ha conseguido ser teniente de alcalde en esa capital. Y la suposición de que es una mujer nada fácil de amedrentar me nace de que ha tenido la osadía de hacer sus pinitos como escritora y publicar una novela, que se titula La decisión de Nora, llamándose como se llama: Telesfora. Eso viene a ser lo mismo que proponerse triunfar en la música pop o ser elegido arzobispo de Toledo llamándose, pues yo qué se, Cojonciano, nombre que no era demasiado raro en León y Galicia hace siglo y pico. A causa de esa gracia criminal que le asestaron sus padres en el Registro, Telesfora Ruiz sabe bien, sin duda, lo importante que es la correcta elección de las palabras.

Telesfora, que ahora es concejala de la oposición porque en Granada gobierna la izquierda, intervino el otro día en una reunión mientras hablaba su compañero concejal Francisco Puentedura, portavoz de IU, cuando este explicaba lo que pasó en España el 18 de julio de 1936 y lo calificó de “sublevación fascista”. Telesfora interrumpió:

–Se dice Glorioso Alzamiento Nacional.

Naturalmente, se armó. La izquierda dijo de la concejala del PP cosas que hacían pensar que le deseaban la misma suerte que al santo de su nombre, San Telesforo, papa, el que prohibió a los cristianos la lectura de Cicerón, que fue torturado y decapitado en tiempos del emperador Antonino Pío (siglo II). La derecha, en honor a la verdad, no ha salido en defensa de su enérgica concejala con los bríos de otros tiempos o con los que aún muestra, de ciento en viento, el por tantos motivos ilustre don Rafael Hernando cuando dice que, tantas décadas después, la izquierda solo se acuerda de los huesos de sus padres tirados en las cunetas cuando hay subvenciones de por medio.

Estamos, pues, ante un ejemplo más de juego de palabras aplicado a la historia. Para la mayoría de los historiadores, aquello fue una sublevación militar que desembocó en una guerra civil. Otros han hablado y hablan, con pasmosa inexactitud, de golpe de Estado fascista, cuando no fue, en su origen, ni lo uno ni lo otro. El papa Pío XI, Achille Ratti, bendijo aquello –a petición del clero español– como “cruzada”, como si quienes se mantuvieron leales al Gobierno de la República hubiesen sido sarracenos. Hoy hay quien habla de genocidio. Otros, como la indómita Telesfora, repiten la vieja jaculatoria del “glorioso alzamiento (o Movimiento) nacional”. Los sublevados, tras su victoria en la que llamaron también “guerra de liberación”, tuvieron la sangre fría de acusar de “rebelión militar” a quienes no se habían levantado contra el Gobierno.

La pregunta que yo me hago, con el permiso de ustedes, es esta: cómo puede ser que estemos hablando de estas cosas ochenta años después. Cómo es posible que el paso de cuatro generaciones de españoles no haya bastado para situar aquel desdichado acontecimiento donde están casi todos los demás: en la historia. Por qué nadie discute en los ayuntamientos, con la misma pasión y parecidos juegos de palabras, si lo de Riego en 1820 fue un pronunciamiento, una sublevación o una asonada; o lo del príncipe Carlos contra su padre Felipe II, o lo de Juana la Loca, o lo de Viriato, ya puestos.

La respuesta que se me ocurre no es fácil. Aquello no fue una guerra civil más, de las que España tenía muy larga experiencia. Aquello fue un encontronazo decisivo en el que uno de los bandos, el sublevado, tenía la intención declarada y explícita de exterminar al otro; si no físicamente, porque era imposible, sí al menos en lo moral y en lo político, mediante el uso del terror. Nunca antes, en contiendas civiles, uno de los bandos había negado al otro su condición esencial de españoles. Nunca antes la Iglesia católica, que durante siglos siempre supo quiénes eran los suyos y quiénes no, había tomado partido tan ferozmente por una de las facciones. Nunca antes el odio entre españoles había llegado a extremos tan demenciales. Y tendría que llegar la Segunda Guerra Mundial, y tendrían que llegar episodios macabros como la dictadura de Videla en Argentina o la de Pinochet en Chile, para que el clero confortase a los vencedores explicándoles que lo que ellos hacían (los campos de exterminio, los vuelos de la muerte, las torturas y asesinatos) no eran, en realidad, crímenes, sino violencia justificable en aras de un bien mayor. Los crímenes eran los que cometían los otros. Lo que hacían los suyos era defender la civilización cristiana, la occidental, la patria, lo que fuera. De nuevo el macabro juego de las palabras para acallar las conciencias.

Aquel furor no se ha aplacado en ocho décadas por la sencilla razón de que los conservadores que llegaron después de la dictadura han sentido siempre que los vencedores de la guerra eran, de algún modo, suyos; y nunca les importó demasiado que hubiese miles de cadáveres en las cunetas. Los otros, muchos hijos y nietos de los vencidos, han guardado encendida la llama de la venganza. Creímos que la Transición había acabado por fin con aquello. Nos equivocamos. Y así seguimos, jugando con palabras cuyos inventores, doña Telesfora, señor Puentedura, se han muerto ya todos.

s=001-TIETEXTOGENERALNEGRITA>Rivera, sobre todo, hacen cuentas y mientras afilan su estrategia, repasan el soliloquio de Molly Bloom, la moderna e infiel Penélope del Ulises de Joyce: “y yo pensé bueno tanto da uno como otro y después le pedí con los ojos que me lo preguntara otra vez y después el me preguntó si yo quería sí para que dijera sí (...) y sí yo dije sí”. Y sí, ahora también alguien dirá “sí”, porque, aunque no da tanto uno como otro, es necesario, y luego siempre habrá tiempo para ser infiel o lo que sea. 

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