Goyo Montero y las hormigas
Ha muerto uno de los bailarines y coreógrafos más importantes del último siglo en España.
Lo decía y se le colgaba de la cara la sonrisa de quien sabe que ha hecho algo grande: “Voy a pasar a la historia como el padre de Goyo Montero. Eso es lo más bonito que me pueden decir. Todo lo demás importa mucho menos”.
Su hijo se llama como él. Solo les diferenciaba el segundo apellido: el del padre era Cortijo, el del hijo era Morell. Pero si a Goyo, el padre, le sacabas el tema de su hijo, más valía que hubiese tiempo en la tarde para hablar de lo que fuese, porque la conversación quedaba suspendida para dejar paso a un ensimismamiento de cariños, risas y hasta alguna lágrima, que duraba lo que tuviese que durar y uno se daba cuenta de que lo mejor era no decir nada, no interrumpir. Siempre imaginé que aquello era como oír a Velázquez hablar de Las Meninas. Y Velázquez era él.
Goyo Montero se ha muerto con 68 años y este país no sabe bien lo que ha perdido. Pero este país se ha convertido, hace tiempo, en un hormiguero que no sabe que lo es. Las hormigas van a lo suyo y no se preocupan de más: se saludan apenas cuando corren como locas por el sendero que no saben quién ha hecho (otras hormigas que tampoco lo saben), se muerden sin dudarlo cuando otras hormigas les disputan el grano o la miga o la brizna que llevan, y sobre todo no saben cuántas son. Actúan como si su número fuese infinito, como si no se fuesen a acabar nunca, como si todas ellas fuesen reemplazables a la menor oportunidad. Y quizá lo son. Pero eso no pasa con la gente.
Goyo contó alguna vez, aquí en casa, una historia de zapatos que parecía sacada de un cuento de D’Amicis, pero que sin duda era verdad. En el Madrid de los 50, aquella ciudad cansada cuyos barrios olían a cochambre y a zotal y a incienso de los rosarios de la aurora, el niño Goyo, que era chiquitico y guapo y que se movía como una pestaña, se pasaba el día zapateando. Es metáfora, porque lo que no tenía era un par de zapatos para bailar. Alguien que le veía, no recuerdo ahora mismo quién, le regaló unos, y eso fue como si a la paloma le regalasen las alas. Ya no paró.
Bailarines, bailaores, gente de la danza, hay mucha. Por la propia naturaleza de su trabajo, suelen especializarse en una u otra rama de ese árbol enorme que es el arte de moverse cuando suena la música: o eres clásico, o contemporáneo, o te dedicas a la danza española, o yo qué sé.
Goyo Montero no, Goyo concebía la danza de una manera total, integradora, versátil. Lo empujaban hacia la danza española, pero lo que él sabía hacer, aparte de moverse como una pestaña, era imaginar movimientos; y eso, unido a un talento extraordinario y a una concepción universalista del arte, significa saltarse las clasificaciones, las fronteras y las lindes que suelen poner los que solo saben hacer una cosa. Así lo mismo le daba ser primer bailarín con María Rosa, con Antonio Gades o con los ballets nacionales de España, que crear las coreografías de Mariana Pineda, para el Ballet Nacional de Cuba, o de Yerma, para Víctor Ullate. Era perfectamente capaz de trabajar con Karajan (aquella Carmen que hizo para el Festival de Salzburgo) y casi a la vez hacer la coreografía de My Fair Lady. Eso no lo saben hacer las hormigas.
Goyo tenía una lengua de látigo; quiero decir que manejaba un talento insuperable para la ironía, pero eso lo único que hacía era añadir sal a la conversación porque a todo el mundo le llamaba siempre “mi vida” o “cariño”, nunca sabías si en serio o en broma, si se estaba quedando contigo o si era una muletilla como hay tantas, y luego le daba mucha vergüenza quejarse. Las hormigas, ustedes lo saben porque lo están viendo todos los días, son un poco tontas, no atolondradas sino tontas, y no son capaces de adivinar ni tener en cuenta el talento excepcional que pudiera poseer alguna de ellas por la sencilla razón de que la mayoría no lo tiene, y les molesta la gente que destaca. “Cómo va a ser ese tipo alguien importante si lo conozco yo”, me dijeron a mí alguna vez en mi tierra. Pues eso es. Y así la gente se deja deslumbrar por valores tan inestables como la juventud, el descaro, la capacidad (aprendida) de vender la birria que haces como si fuese oro, y no tienen problema, como las hormigas, en echar a un lado a quien tiene verdaderas ideas, verdadera genialidad, porque nos dejamos deslumbrar por lo nuevo y no por lo bueno.
Eso le pasó a Goyo. Él no era muy amigo de fiestas nocturnas, de photocalls y de zarandajas de prensa rosa en las que un buen agente comercial es capaz de convencer a los lectores de que tal o cual ganapán, que no sabe hacer la o con un canuto y al que en su vida se le va a ocurrir nada, es el mejor bailarín que ha visto el mundo desde Nijinsky, aunque solo sea capaz de levantar una pierna gracias a la cocaína que lleva encima. Goyo se unió a otro artista genial, el director de orquesta Juan de Udaeta, y juntos hicieron una propuesta asombrosa para dirigir el Teatro de La Zarzuela, lugar que formó durante muchos años parte del torrente sanguíneo de Goyo. Yo vi esa propuesta. Se había establecido un “código de buenas prácticas” y el nombramiento de la nueva dirección se decidiría, o eso se dijo, por los méritos del proyecto que presentase cada cual.
Era mentira, desde luego. Los tiburones se echaron a nadar silenciosamente y ganó quien tenía que ganar, quien estaba previsto. Así le ha lucido el pelo a ese teatro y a este país. Ahora Goyo Montero se ha ido, tumbado por un cáncer de los rápidos, y no pasa nada: las hormigas siguen a lo suyo, corre que te corre, sin darse cuenta de que antes o después llegará el invierno. Y tampoco lo sabrán.

