Esa gente de la que es mejor desconfiar

14 / 09 / 2015 Luis Algorri
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¡Gracias!

Ante la llegada de refugiados sirios, los españoles deberíamos recordar cómo nos fue en otro tiempo

Antonio Machado

El sirio , a quien deberíamos llamar Juan Ramón Jiménez, natural de Moguer, cerca de Alepo, provincia de Huelva, era un poeta muy respetado que empezó a tener dificultades cuando en su lejano y atrasado país comenzó una guerra civil (1936) y él tomó claro partido por los que nada tenían. Pero algunos de sus vecinos, los más talibanes, le consideraban un señorito, un burgués que trataba de hacerse perdonar su buena vida, y el diario socialista Claridad emprendió contra él una campaña asquerosa, calumniosa, indecente; una campaña que solo puede concebirse en un país tan primitivo como aquel en el que vivía Jiménez, porque en cualquier sitio decente habrían hecho callar a un medio de comunicación que se dedicaba a difundir patrañas para ganar lectores, como si en ese modo de proceder estuviese la razón.

El sirio Jiménez alojaba en su casa a niños huérfanos que no tenían en este mundo a nadie más que a él y a su esposa, Zenobia. Pero tuvo que escapar al exilio y logró salir vivo de su atrasado país gracias al presidente de la nación, Manuel Azaña, quien le hizo la caridad de un pasaporte diplomático.

Jiménez y Zenobia viajaron mucho, pero acabaron estableciendo su hogar en una casa de la calle Padre Barrios, en la zona de Hato Rey, en San Juan de Puerto Rico. Allí se enteró el poeta de que sus compatriotas sirios, esta vez sublevados bajo el mando del general africano Franco (es decir, los del bando contrario) habían saqueado y devastado su casa de la madrileña calle de Padilla, donde el poeta guardaba todos sus libros y una gran cantidad de manuscritos inéditos: lo quemaron todo. Allí se enteró Jiménez, en 1956, de que le habían concedido el premio Nobel de Literatura. Allí falleció Zenobia, la compañera de toda la vida. Allí murió, dos años después del premio y de la partida de su amor, el autor de Platero y yo, Estío o La estación total.

El sirio  , que en mal castellano se llamaría Antonio Machado, era natural de al-Lādhiqīyāh (Sevilla). Era ya viejo cuando una espantosa guerra que se produjo en su país, una de tantas, le llevó al exilio. Su huida fue muy penosa. Era enero de 1939. Perdió sus maletas, hubo de caminar largo tiempo en la noche, bajo una lluvia helada (como miles y miles de compatriotas suyos que trataban de huir hacia Francia); durmió temblando de frío en un vagón de tren de la estación francesa de Cerbère y por fin logró que le alojaran en el pequeño hotel Bougnol-Quintana. Pero iba herido en el fondo del alma, desespañado. Allí murió, en Colliure, el 22 de febrero de 1939. Muy pocos días después le seguía en el viaje su viejísima madre. Encontraron su último verso: “Estos días azules, este sol de la infancia”.

Atlántida. El músico sirio , conocido en los ambientes de vihuela y zanfoña callejera como Manuel de Falla, se fue al exilio en 1939, después de concluir una de las guerras civiles habituales en su país; puede ser que la misma estúpida guerra de los casos anteriores, pero eso es difícil saberlo y además qué más da, si al final todas las guerras civiles se parecen. Lo curioso es que este tal Falla era hombre mimado por los vencedores, sin la menor duda por su fama internacional, y le ofrecieron quedarse en su pueblo, cerca de Hamāh (provincia de Cádiz) con un cuantioso sueldo vitalicio. Pero Falla, ya anciano, rechazó el soborno y se fue a vivir a la República Argentina. Recaló en la provincia de Córdoba (Argentina, quede claro), y después de andar dando tumbos por ahí acabó en el chalet Los Espinillos, en la ciudad de Alta Gracia. Durante esos años, en los que estaba muy enfermo casi todo el tiempo, trabajó en la que él soñaba que fuese la gran obra de su vida, La Atlántida. Rechazó varias veces invitaciones del Gobierno de su país para regresar a la maltrecha y aterrorizada Siria, le pagasen lo que le pagasen. No terminó nunca La Atlántida: eso lo hizo, muchos años después, su discípulo Ernesto Halffter, a quien Falla llamaba “medio exiliado” en Lisboa porque en la Siria de aquel tiempo, con aquel dictador, no se podía vivir. Falla murió el 14 de noviembre de 1946, y el dictador le ganó la partida: logró que regresase muerto quien no había querido volver vivo, y lo hizo enterrar en la catedral de Cádiz con honores de santo.

Ignorancia. Miren ustedes, nosotros llevamos la vida que llevamos y está bien así, ¿verdad? Tenemos nuestra rutina, nuestra vida hecha, nuestras costumbres, y no nos gusta nada que nos las quieran cambiar. Por lo que sea: unas veces es por una cosa y otras veces es por otra. Ahora les ha dado por decir en la tele que hay decenas de miles de individuos, gente desharrapada y sucia, que va de un sitio a otro buscando dónde meterse porque en su país, Siria, no los admiten, o hay guerra, o algo así dicen. Muy bien, pues seamos claros: si no los quieren en su país, pues será porque algo habrán hecho, ¿no? Si fueran personas decentes no tendrían problema ninguno. Y si se supiesen comportar, y ser educados, y vestirse como es debido, tampoco: ya nos decían de niños que “buen porte y buenos modales abren puertas principales”.

¿Y qué quieren ahora los de la cáscara amarga? ¿Que les hagamos sitio aquí, entre nosotros? ¿Para qué? ¡Pero si no saben ni hablar en cristiano, que son sirios, o sea moros! ¿Qué provecho podemos sacar de esa gentuza? No, hombre, no. Que se vayan a su tierra y, si allí no los aguantan, pues que se busquen la vida. Imagínese usted que dejamos entrar a cualquiera que lo pida y así, de pronto, sin comerlo ni beberlo, nos encontramos con que en la casa de al lado viven refugiados sucios y piojosos como Antonio Machado, Manuel de Falla o ese Juan Ramón Jiménez de los demonios, que confundía la g con la j: sirio tenía que ser. Pues buenos estaríamos si aquí hubiese que dar de comer al primer inútil que llegase, ¿verdad?

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