El sol de invierno
La celebración del solsticio invernal está en el origen de numerosas fiestas, incluidas las navideñas
Un periódico de extrema derecha, hace tiempo muy ruidoso y ahora felizmente recluido en los tremedales de Internet como un blog con pretensiones y poco más, afeaba hace días a la alcaldesa de Barcelona que no celebrase institucionalmente la navidad sino el solsticio de invierno. “Como los nazis”, decía el titular. Eso no demuestra más que la ignorancia y la mala leche del gacetillero.
Porque la gente se pasó siglos, quizá milenios, observando el viaje levemente cambiante del sol. Muchos, en tiempos y países muy lejanos y desconocidos entre sí, dedicaron vidas enteras a contar las horas del día, a medir la duración de las noches, a calcular la posición de aquel disco ardiente al que no se podía mirar, del que brotaba la luz y que traía la vida. Hasta que unos y otros cayeron en la cuenta de que, durante unos pocos días al año, el sol parecía detenerse en su triste viaje hacia la oscuridad. Se quedaba quieto, frío. Como muerto.
Pero luego, como si en vez de caer en el abatimiento definitivo se hubiese detenido unos días tan solo para tomar aliento, comenzaba con gran lentitud a revivir, a agrandarse, a recobrar su fuerza y vigor.
Todos lo vieron. Los pueblos del Norte comprobaron que esa terrible incertidumbre del sol ocurría a finales de lo que hoy llamamos nosotros diciembre. Los pueblos del Sur lo observaron justo en la punta opuesta del año, en junio. Pero todos, sin excepción, advirtieron que, en esos días en que el sol inmóvil parecía dudar entre morir y no morir, cambiaba el mundo que conocían. La tierra se agotaba y después, conducida por el nuevo ánimo del sol, renacía. Y todo renacía con el sol. Y retornaba la vida al mundo. Así un año y otro año.
Pero los hombres son seres temerosos. Su miedo nace de una espantosa maldición: son los únicos seres vivos que saben que un día u otro morirán. Inexorablemente. Por eso, desde que tomaron conciencia de sí mismos, los hombres comenzaron a inventar dioses que les ayudasen a vencer ese miedo insoportable, mayor que ningún otro miedo: el terror a la muerte, a la desaparición definitiva, a ser nada, a no ser. Así nacieron todas las religiones. Y, del mismo modo que los hombres inventaban conjuros, cantos y danzas y palabras mágicas, sortilegios y a veces hasta medicinas para recuperar la salud cuando se ponían enfermos, así también inventaron, en todos los rincones del mundo, ceremonias y hechizos para ayudar al sol en esos días de agonía. Porque temían que, lo mismo que les pasaba a ellos, un día u otro el sol lastimero del invierno no lograse revivir, y la muerte y la sombra se extendiesen para siempre sobre la tierra.
Pero los hombres, quizá para compensar la maldición del miedo, estaban dotados del don de la imaginación. Y también de la poesía. La mayoría de los pueblos decidió que, puesto que el sol era el que daba la vida, era su dios más poderoso, al que había que contentar para animarle a levantarse.
¿Poesía? Los maoríes de Nueva Zelanda celebran desde tiempos remotos que el dios sol (al que llaman Ra, lo mismo que los antiguos egipcios), cambia de pareja en estos días críticos: deja a su novia de invierno, Takurúa (la estrella que nosotros llamamos Sirio), y se empareja con su novia de verano, Hine-raumati, quien lo acompañará en su regreso hacia la luz. Los japoneses pensaban que el sol es una diosa, Amaterasu, que en estos días solsticiales abandona su cueva, se reconoce al mirarse en un espejo y regresa al universo para devolverle la vida: conviene, por si acaso, permanecer despiertos toda la noche, no vaya a ser que algo salga mal. Los belicosos persas cantaban y bailaban sin cesar para animar al dios supremo, el dios de la luz y la Buena Mente, Ahura Mazda, a vencer en esta noche en la batalla contra la poderosa representación incorpórea del mal, Angra Mainyu o Ahrimán.
Así por todas partes. Hay cientos de ejemplos. Los chamanes de las islas británicas celebraban fiestas y ceremonias en una estructura de piedras colosales que mandaron levantar hace 5.000 años, en lo que hoy llamamos Stonehenge, estructura cuyo eje central apunta al lugar exacto por el que se pone el sol en el día dramático en que parece que va a morir. Los incas, todavía más temerosos, hacían lo que podían para atar al sol a una piedra, el Inti Huatana, e impedir así que se les escapase. Muchos hindúes, babilonios, pueblos centroasiáticos, los egipcios y mucho más tarde los cristianos celebraban el nacimiento o renacimiento de un dios niño que devolvería la vida al mundo. Los pueblos del Norte, condenados por la naturaleza a un invierno atroz que duraba nueve meses, sacrificaban en este día a sus animales, porque no podrían alimentarlos hasta la primavera. Y celebraban una gran fiesta en la que había, por lo tanto, carne fresca y abundante, la cerveza recién fermentada y, en su caso, el vino nuevo vendimiado en otoño: ahí está el primer origen de nuestros regalos de navidad. Ahí está el principio de lo que los romanos llamarían carpe diem (disfruta del momento) y ahí está la manifestación del vencimiento del miedo mediante la fiesta, impulso irresistiblemente humano que llegó al siglo XV español transformado en una canción deliciosa: “Oy comamos y bevamos, que mañana ayunaremos”.
En estos días de incertidumbre (de incertidumbre que cada vez iba siendo menor, porque pasaban los siglos y el sol siempre se curaba, lo cual era motivo de no poca tranquilidad), todo cambiaba: lo que antes no era pasaba a ser, y lo que antes era pasaba a no ser. En el tránsito de la muerte a la vida, del año viejo al año nuevo, había un espacio extraño en el que todo se volvía del revés, en el que todo era como antes no era. Y así los babilonios, los antiguos turcos y sobre todo los romanos, que llamaron a estos los días del sol sistere (sol quieto: de ahí nuestra palabra solsticio), cambiaban los roles sociales, el papel que desempeñaba cada uno en el mundo; y durante un breve tiempo los patricios hacían de esclavos y los esclavos hacían de amos, y maltrataban y despreciaban a sus dueños; hay que suponer que con cierto comedimiento porque todos sabían que a los pocos días todo volvería a su lugar y era mejor no tener demasiadas cosas de las que arrepentirse.
Y luego llega el otro bobo y se lo atribuye a los nazis. En fin, felices fiestas.



