El infierno está dentro
La corrupción en el Vaticano es de escalofrío. El Papa trata de acabar con ella, como cuenta este libro
Sabemos por la Historia que las finanzas de la Santa Sede han sido siempre un desastre. Sabemos que cuando murió León X, aquel pedazo de sinvergüenza que vendía certificados de salvación eterna para el comprador o para sus parientes fallecidos, que se burlaba de la “fábula de Jesucristo” y que gastó sumas inconcebibles en lujos y edificios (San Pedro, por ejemplo), no había en la curia dinero suficiente para comprar cuatro cirios que alumbrasen su cadáver.
Sabemos también que, tras el triste periodo final de Pablo VI, con el Papa sumido en la depresión y la Santa Sede al borde de la bancarrota, el polaco Wojtyla puso la gestión de los dineros en manos de la pulcra gente del Opus Dei, y las finanzas se sanearon notablemente. Ayudaron mucho los Legionarios de Cristo, que dirigía el delincuente Marcial Maciel, y los tenebrosos kikos. Eso nos dijeron. Hoy hay motivos muy serios para pensar que nos mintieron.
Acaba de aparecer en castellano un libro titulado Vía Crucis, escrito por el periodista Gianluigi Nuzzi y publicado en España por Espasa. Es para sudar frío durante horas. El libro cuenta, con documentos inéditos o secretos, con grabaciones espeluznantes hechas a escondidas y filtradas al autor por altos clérigos, y con testimonios indiscutibles, la impresionante locura que son hoy las finanzas del Vaticano, la indescriptible cantidad y tamaño de las corruptelas que llevan perpetrándose toda la vida, el río de dinero que nadie sabe a dónde va y, esto sobre todo, la guerra sin cuartel que el papa Francisco ha emprendido, desde el mismo momento de su elección, contra la gigantesca cueva de ladrones en que se ha convertido el Templo de la Iglesia Católica. Repito: pone los pelos de punta.
Hay que aclarar que el libro tiene, además de la valiosísima información que saca a la luz, una enorme virtud y un no menos enorme defecto. La virtud es que se entiende todo. Nuzzi escribe bien, tiene olfato narrativo y dramático, y ha logrado echarse al cuerpo más de 300 páginas sobre economía (eso ocupa casi la totalidad del volumen) consiguiendo que el lector “de letras”, como soy yo, no se pierda, se entere de lo que pasa y se haga una idea más que aproximada del disparate financiero romano.
El defecto es que Nuzzi no deja de ser un sensacionalista que mezcla, a veces, la realidad con la imaginación (suya o de otros), con el cotilleo o sin más con la calumnia más polvorienta. Las varias alusiones a conspiraciones masónicas dentro del Vaticano no se las cree ya ni él; huelen a sotana rancia y a tridentinismo preconciliar desde siete kilómetros. Es como si hubiese hecho responsables de los múltiples robos a los extraterrestres. Esas tonterías quizá den al libro un cierto aire de misterio, pero están de más. La información veraz que contiene no necesita de esos trucos para bobos.
¿Ustedes sabían que conseguir que alguien sea santo (o beato por lo menos) cuesta, además de la intervención divina, alrededor de medio millón de euros? ¿Ustedes recuerdan que Juan Pablo II canonizó a 482 personas y beatificó a 1.341, con lo cual él solo creó más santos y beatos que todos los demás papas de la historia juntos? ¿Calculan ustedes el impresionante río de dinero que supuso eso? ¿Y pueden creer que, según el libro de Nuzzi, nadie sabe dónde está esa inmensa fortuna? El dicasterio (ministerio, para entendernos) vaticano correspondiente, que preside el cardenal Angelo Amato, no tiene presupuestos de todo eso; o, según dicen allí, ¡no los encuentran! Gran parte de los ingresos de la Santa Sede se destinan (en teoría) a obras de caridad, a socorrer a los pobres. Pero resulta que las cuentas bancarias a las que deberían llegar esas ayudas... no se mueven.
Es como el río Okavango, en África, que baja impetuoso de las montañas de Angola y que nunca llega al mar: se lo comen las arenas del desierto de Kalahari. Eso pasa con el dinero en Roma.
Con el de los santos y con todos los demás. Los pelotazos inmobiliarios, las comisiones estratosféricas, los sobrecostes en las obras más absurdas dejan a la Gürtel a la altura de una partida de Monopoly. Nadie es capaz de controlar el dinero que generan los Museos Vaticanos, una auténtica mina de oro. Se hacen inversiones que “salen mal” y se pierden –¿dónde?– cientos de millones de euros. Y el famoso “óbolo de San Pedro”, las pequeñas cantidades que todas las parroquias y diócesis del mundo envían a Roma para sufragar los gastos de la Iglesia y para socorrer a los necesitados, se evaporan sin que nadie sepa cómo.
Francisco está que trina. Ha mandado detener y encarcelar a clérigos más corruptos que un cadáver en una ciénaga, como monseñor Nunzio Scarano, un auténtico artista lavando cantidades fabulosas de dinero sucio (le llamaban “monseñor 500 euros”). También a uno de los “vigilantes”, como el español Lucio Vallejo Balda. Ha mandado bloquear las cuentas bancarias de numerosos personajes, entre ellos nada menos que el obispo Georg Gänswein, el que fuera secretario de Benedicto XVI, y de postuladores profesionales de santos como Andrea Ambrosi, cuyos ingresos eran dignos de Alí Babá. Ha destituido con celeridad a responsables directos de permitir esas corruptelas, como el secretario de Estado Tarcisio Bertone.
Ha creado comisiones especiales para vigilar a comisiones especiales que vigilaban a otros organismos, en un bucle perverso sin solución. Y le saca de quicio comprobar que, haga lo que haga, los suntuosos gastos de la curia (el ático de Bertone tiene 700 m2, catorce veces más que el apartamento del propio Papa) se pagan con el dinero que los fieles de todo el mundo dan para los pobres. Como en la época de León X, el papa Medici.
Ese es el verdadero peligro para el Papa. No lo que diga sobre los gais o sobre la comunión de los divorciados. Francisco está empeñado en limpiar la curia. Y este libro cuenta por lo menudo que ese trabajo es como el de adecentar los establos de Augías. Hércules pudo. El papa Bergoglio... va a necesitar mucha más fuerza. Y mucha más precaución.



