El hombre que pintaba maletas amargas

15 / 09 / 2014 Incitatus
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La exposición de Cristóbal Toral en el Centro de Arte Tomás y Valiente, en Fuenlabrada (Madrid), tiene un protagonista absoluto: la maleta, obsesión del pintor.

Cristóbal Toral tiene en el caballete un cuadro en el que trabaja desde hace dos años. Es una esquina cualquiera de una calle. Mientras termina de anochecer allá al fondo, tres personas (dos mujeres y un hombre con sombrero), miran hacia la izquierda del espectador, iluminados los tres por la intensa luz blanca de una farola. Junto a ellos hay una maleta grande y antigua, como ellos. Al fondo de la escena se abre otra calle oscura y solitaria. Es imposible saber qué hacen allí esas tres personas de aspecto desolado, lo mismo que la maleta. Tienen la cara de angustia de quien está esperando un taxi que podría salvarlos, pero que quizá no llegue nunca. O quizá miran hacia alguien o algo que se acaba de ir (es posible que un coche viejo y grande) y que se ha llevado algo que ellos necesitan con absoluta urgencia, algo que no volverá.

–Y lo peor es que tampoco sé hacia dónde va esa calle del fondo –dice Toral como para sí mismo–; todavía no sé bien qué es lo que pasa en este cuadro.

Cristóbal Toral, malagueño de Cádiz y uno de los pintores españoles vivos más reconocidos en el mundo, abre ahora una exposición retrospectiva de su trabajo en el Centro de Arte Tomás y Valiente, en Fuenlabrada (Madrid). Uno se pregunta qué hace en Fuenlabrada alguien que tiene obra colgada en cincuenta museos de todos los continentes, pero la respuesta es, como casi siempre, sencilla: se lo propusieron, se enamoró inmediatamente del lugar en donde habían de colocarse sus cuadros y no se lo pensó más. Su hija, comisaria de la muestra, ha reunido torales de hace 40 años con otros de casi ahora mismo. Una antológica impresionante. Y en todos los cuadros, sin excepción, hay un protagonista común: la maleta.

Para Cristóbal Toral la maleta es el viaje, sí, pero no solo. Quien está sentado junto a una maleta se halla en medio de un tránsito indescifrable. Sabe de dónde viene, pero no necesariamente a dónde va. Una maleta contiene objetos difíciles de adivinar, pero también historias personales que se ofrecen, casi irresistibles, a la imaginación del espectador. Quién será esa mujer, por qué está ahí sola, por qué agarra con tanto miedo esa maleta; por qué esa maleta es así, tan mísera, tan gastada; qué habrá ahí dentro... Una maleta es la prolongación más angustiosa de una persona que va o viene: pertenece a quien la lleva con mucha más urgencia, mucho más dolor que sus zapatos, porque estos los lleva puestos y nadie se los quitará, pero una maleta puede perderse o ser robada en un mínimo descuido, en un diminuto pero terrorífico error, y eso dejará a quien viaja completamente inerme, indefenso y solo: la maleta es la parte de la vida que llevamos con nosotros y, en los cuadros de Toral, casi siempre es la vida entera: el espectador sabe que no hay nada más.

Todos hemos pasado por los momentos de incertidumbre que se padecen cuando las tripas del aeropuerto comienzan a vomitar maletas sobre una cinta metálica que gira y gira. Nunca sale la nuestra la primera, jamás. Y no es posible evitar el terror a que no salga, y la sensación de alivio cuando al fin aparece es inmensa. Es como si saliésemos nosotros, empujados y golpeados pero al menos vivos, y eso es lo único que cuenta. Toral tiene un cuadro (La aduana) en el que en esa cinta, en medio de la hilera de maletas, aparece una mujer empaquetada. Es exactamente eso.

“De las trincheras del realismo...”.

A Cristóbal Toral no le vale cualquier maleta para sus cuadros. En su óleo Maternidad, una mujer cuyo rostro no vemos abraza a un niño pequeño en medio de un mar de maletas que se pierde en la noche, espeluznante, porque el espectador sospecha de inmediato que a los dueños de esas maletas les ha ocurrido algo atroz. En El regreso, obra reciente, una mujer camina de espaldas hacia una casa en la noche: lleva una maleta y una bolsa. Inmediatamente sabemos (pero no sabemos por qué lo sabemos) que vuelve de un largo desconsuelo y que lo que le aguarda allí dentro no es más que la prolongación de la derrota. En Mujer en la habitación (2008), esa chica con chaqueta roja, sentada sobre una cama deshecha y que agarra el asa de una bolsa de papel como si le fuese la vida en ello, está seguramente pensando en terminar con todo de una vez.

Esas maletas terribles, lastimeras, que nunca son cualquier maleta: ninguna lleva ruedas y solo de una de ellas (la que aparece en primer término de D’après David Teniers el Joven, uno de sus lienzos más prodigiosos) asoma la barrita de metal de las maletas modernas. Las de Toral son maletas viejas, muchas veces de cartón o con cantoneras de chapa; o de cuero, pero siempre maletas desastradas, vividas, padecidas y compañeras; maletas amargas y sobre todo maletas que pesan, como pesan la amargura y la misma vida.

Hace algún tiempo, Toral se fue a una subasta de Iberia y se compró un lote de dos mil maletas perdidas y nunca reclamadas por nadie. Todas vacías... y todas inútiles: son esas maletas de ahora, tan fáciles de transportar con sus ruedecitas y su mango de metal extensible, tan impersonales y tan semejantes.

Pura vanguardia.

Toral dice de sí mismo, no sin orgullo, que ha pasado “de las trincheras del realismo hasta la vanguardia”. Tiene razón, pero su salto ha sido corto porque la realidad de hoy no deja muchas más opciones que la vanguardia. En la exposición de Fuenlabrada hay dos instalaciones (no lienzos) que llaman inmediatamente la atención. Una es un contenedor de escombros que Toral había comenzado a elaborar antes de que se produjese la abdicación del anterior rey. Como dice Toral, “aquello me terminó la obra” y ahora aparece, más burlona y bromista que cruel, una foto de don Juan Carlos en el contenedor. “Él seguro que se ha reído”, dice Toral.

La otra instalación está colocada de modo tal que no puedes verla mientras paseas. Te la encuentras de manos a boca. Es un feroz homenaje a la valla de Melilla. La alambrada antitrepa, en la que no caben los dedos. La altura siniestra. Arriba, enroscadas sobre sí mismas, las famosas y afiladísimas concertinas. El suelo con zapatos abandonados, con huellas de zapatos o de pies descalzos. Una maleta desastrada y una mochila de viaje prendidas de los ganchos de metal. Guantes, gorros, prendas diversas. Y camisetas, pañuelos, trapos... todo lleno de sangre.

Esa sangre es, en parte al menos, auténtica. Cristóbal Toral se cortó las manos al manipular las concertinas; decidió limpiarse en los jirones de ropa que forman parte de la obra. No fue el único que se hirió al montar ese símbolo del peor de los viajes posibles: el que no te permiten hacer. Pura vanguardia.

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