“El doctor Eslava, supongo...”
Juan Eslava Galán publica un hermoso e inclasificable libro sobre la geografía y la historia del Guadalquivir.
Estamos poquitos en la sala Pangea, un lugar enorme (su tamaño parece aumentar gracias a los espejos) dedicado a los viajes. Allí nos ha citado La Esfera para la presentación de esta apasionante obra de investigación geográfico-histórica, esta maravilla que nada tiene que envidiar al inolvidable En las montañas de la luna. En busca de las fuentes del Nilo, de sir Richard Burton (1860). Al intrépido explorador y erudito Juan Livingstone Eslava Galán solo le faltan el salacot, la pipa de ébano y un par de cicatrices hechas por las mandíbulas de los cocodrilos cuando se sienta ante nosotros para resumir su apasionante aventura: Viaje por el Guadalquivir y su historia.
Eh, eh, no se rían. Es cosa seria esto. Un libro de viajes, si está bien hecho, es siempre revivir una aventura de tintes sandokánicos o juliovernescos. Quien haya leído Los autonautas de la cosmopista (aquel viaje asombroso que hicieron Julio Cortázar y su esposa Carol Dunlop desde París a Marsella en una fregoneta, parando cada día en dos áreas de servicio) lo sabe perfectamente.
Pues Juan Eslava ha hecho lo mismo pero en grande. Y en difícil. Primero porque el escritor es de Jaén, cosa que puede decir no mucha gente; y cuando se puso a escribir sobre el Río Grande, como él lo llama, se dio cuenta de que ya conocía personalmente todos y cada uno de los parajes de los que se proponía hablar; cosa que, convendrán ustedes conmigo, no puede decir prácticamente nadie en el mundo, vaya a escribir sobre el Guadalquivir, el Turia o el Círculo Polar Ártico. Cuando uno se pone a contar algo de un lugar que el lector no conoce (o al menos no lo conoce entero), tiene la inexcusable obligación de verlo todo él mismo con ojos nuevos, aunque hubiese nacido allí. O lo logra, o el lector soltará el libro y pondrá Sálvame, que ahí no hay que pensar en absoluto.
Más difícil todavía: El doctor Eslava, I suppose, ha hecho el viaje no solo en el espacio sino también en el tiempo. Porque cuenta la historia del río durante los tres milenios que el pobre lleva soltando agua para la gente y siendo escenario de sus venturas y desventuras. Y eso sí precisa de un estudio y de una erudición que para muchos autores serían un obstáculo infranqueable. Pero no para John Eslava, explorador. Primero porque este hombre lo sabe todo (no hay más que disfrutar de su conversación), aunque jamás alardeará de ello. Y segundo porque la cuerda de su relato está trenzada, entre muchos más, con un hilo rojo que no falta nunca: el humor.
Este es uno de los pocos libros que no empieza por el principio, y ello por la simple razón de que no se sabe dónde está ese principio. ¿En qué lugar nace el Guadalquivir? Pues eso depende de muchas cosas. Geográficamente nace en Granada, pasado Huéscar, casi en la linde con Albacete, y en esa zona está bautizado con el nombre de Guadiana Menor; hace casi 40 años que la Confederación Hidrográfica del Guadalquivir reconoció ese hecho.
Pero en el siglo XIII se produjo una querella por un quítame allá esos reinos entre Fernando III de Castilla y el arzobispo de Toledo, Rodrigo Jiménez de Rada (el que se inventó la batalla de Clavijo, que jamás sucedió); su eminencia se puso burro, el rey prefirió ceder y el resultado es que el Guadalquivir nace desde entonces en la sierra de Cazorla; como dice Eslava que bramó el prelado, “por mis c... que va a nacer aquí”. Este parece uno de los pocos errores de documentación historiográfica que comete el autor: siendo tan alto prelado quien pronunció la frase, es obvio que diría “por mis santos c..., etcétera”.
Pero todo esto es, naturalmente, invención del gran Eslava. Este hombre mezcla la realidad con la ficción de una manera tan asombrosa que al lector no le cabe la más mínima duda: si no es verdad lo que lee, debería serlo, porque el autor la ha gozado como un verderón inventando cosas que siempre son diálogos con vecinos, escenas de género, sanchopancerías que le dan al relato la luz y la sal.
A veces es genial este hombre. Genial. Tras pasar Villacarrillo (el Guadalquivir es todavía un niño), el viajero se encuentra con un pescador de caña que le observa. Y que dice esto, agárrense: –“Le gusta a usted el río, ¿eh? ¡Lo que habrán visto estas aguas! Sepa usted que en ese cerrete de las cañas estaba escardillando unas collejas mi abuelo cuando dio con una losa que resultó ser el bajorrelieve ibérico del Señor de los Caballos, la famosa divinidad equina. Volvió con ella y con las collejas a casa, le gustó a mi abuela y le hizo que la empotrara en la fachada de su casa, para adornar, donde acudió gente a verla hasta de Villacarrillo. No duró mucho porque, reconocida como pieza arqueológica de gran mérito por el ilustrado mogonero o mogonense don Lisardo Mena, fue rescatada por la autoridad y hoy figura en el Museo Arqueológico Provincial. Eso fue en 1942, el 21 de junio, el día en que entraron los alemanes en Tobruk”.
Sean sinceros: ustedes solo pueden haber oído hablar así a un pescador fluvial de caña en la película Amanece, que no es poco, o en otras obras de arte semejantes. Ni Cela llegó a tanto en su Viaje a la Alcarria. Pues es todo el libro así, desde Cazorla hasta Sanlúcar, donde el Río Grande se funde con el Atlántico (con el Mediterráneo según algunos autores menos duchos) (no voy a dar nombres de concejales, no estamos aquí para humillar a nadie) después de hacer de cuenca fluvial de toda Andalucía.
Y después de hacer de protagonista de uno de los libros más geniales de su autor, Juan Eslava Galán. Lo cual es mucho decir, porque mira que escribe este hombre, ¿eh? ¡Mira que escribe! .



