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El chico del flequillo

07 / 09 / 2015 Luis Algorri
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Los concursos de descubrimiento de genios son puro teatro. Pero a veces salta la sorpresa...

Ustedes sin duda conocen bien esos concursos televisivos de supuesto descubrimiento de genios. Se llaman todos de manera muy semejante y confianzuda: Tú sí que sí que, Ole mi niño, De aquí a la gloria bendita y por ahí seguido. Consisten en que una serie de desconocidos salen al escenario, todos muy nerviosos, y hacen las monerías que saben: cantan, bailan, intentan malabares, imitan a Joselito, lo que sea. Frente a ellos hay un público medio anfetamínico y muy bien pastoreado por el regidor (no hacen más que gritar como si tuviesen delante a Justin Bieber) y, esto sobre todo, un presunto jurado de presuntos expertos que se dedican a poner presuntas caras de estupefacción, a fingir que discuten entre ellos y a juzgar el trabajo de los candidatos a figuras del saltimbanquismo.

Repito lo de “presuntos” porque a más de uno se le ha oído decir asigún, endenantes u Hosanna bin Laden. Siempre es igual. Si el candidato a milagro logra dar la suficiente pena a los del jurado, pasa a la siguiente fase, que siempre hay unas cuantas. Si no lo logra le dan algo para que se consuele o se limpie las lágrimas; por lo común unos besos de su madre, que suele andar por allí con los nervios despelurciados, como si el niño se presentase a unas oposiciones a notarías.

Estos programas, impertérritamente copiados unos de otros, los hay en muchos países e idiomas, y lo común es que ninguno de los posibles genios llegue a nada después de salir de allí. Pero de vez en cuando salta la liebre y se ve algo que merece la pena.

He visto en Facebook el vídeo de uno de estos retablos de Maese Pedro, en versión norteamericana. Sale a escena, con pasitos cortos, un chaval gordín y tembloroso cuyo aspecto anodino ha sido minuciosamente acentuado por los de producción para que parezca ridículo: un jersey marrón de los tiempos de don Antonio Maura por cuyas mangas asoman, enteros, los puños enteros de la camisa; bajo él, una corbata con el nudo mal hecho; unos vaqueros que le vienen pequeños y que llevan el bajo vuelto, unas gafas que en cualquier patio de colegio le harían candidato a partirle la cara y, esto sobre todo, un flequillo cortado diríase que a motosierra; un flequillo criminal, humillante; un flequillo con el que le impedirían entrar no ya en cualquier discoteca sino en la catequesis.

Sale el crío, que va hecho un flan, y los del jurado empiezan a preguntarle cosas. Cómo se llama (Jonathan Allen), de dónde es (de un pueblo de Tennessee) y qué hace en esta vida. El chico responde que nada, que está buscando trabajo, y que ha ido allí a cantar “música clásica pop”; las caras de resignación del jurado ya terminan de predisponer al telespectador en contra del friki del flequillo.

Pero de pronto sucede algo. Uno del jurado le pregunta, como la cosa más natural del mundo, si su familia le apoya en ese trance. Y el chaval contesta, con la sonrisa de quien ha respondido a esa pregunta cien veces, que no. Que no solo no le apoyan sino que le echaron de casa el día de su decimoctavo cumpleaños, porque él es gay y eso “bueno, no les gustaba”. Gruñido de disgusto en el público. El muchacho acaba de ganar muchos puntos antes de empezar a cantar.

Todos los demás los gana cuando suena la música y el gordito se arranca con la balada Con te partirò, escrita hace veinte años por Francesco Sartori y Lucio Quarantotto a la medida de la voz del mediocre Andrea Bocelli. Alguna vez la cantó Pavarotti.

El muchacho deja a Bocelli a la altura de los bajos del pantalón que lleva. Estamos ante un tenor lirico spinto como la copa de un pino. Ha estudiado, sabe respirar, tiene fiato y domina su voz; en el agudo final, que mantiene con obvia pretensión acojonatoria, tiembla, cede un poco, pero eso se debe sin duda a los nervios. Se mete al público en el bolsillo: eso quizá estaba preparado pero en realidad da lo mismo porque lo cierto es que se lo merece más que de sobra.

Hay emociones difíciles de fingir, por mejor actor que se sea. Uno del jurado, el que hace el papel de “malo” (siempre hay uno con ese cometido), tiembla indisimulablemente cuando le dice: “A partir de ahora, nosotros somos tu familia”. La sala se viene abajo con los aplausos.

La pregunta que yo me hago es esta: ¿qué pensarían los Allen de Tennessee al ver a Jonathan en la tele? Sí, es verdad, estamos ante la enésima versión del cuento del patito feo, pero ¿qué mierda de dios es el que te impulsa a echar a tu hijo de casa cuando cumple los 18 años tan solo y nada más que porque le gustan los chicos? La religión que esa gente de Tennessee profesa ¿es argumento suficiente para cometer esa canallada? Y, si le damos otra vuelta a la tuerca llegamos aquí: ¿cuántos chavales habrán pasado por eso, en Tennessee o en cualquier lugar del planeta, y no tienen la suerte de cantar como los ángeles para dejar en evidencia a los bestias de su familia delante de todo el mundo?

En estos días se recrudecen en España las agresiones callejeras a homosexuales. Siempre es igual: en cuanto los medios informan de un par de casos, surgen gavillas de cobardes que se envalentonan y hacen lo mismo. Pasa con los gais, con las mujeres, con los mendigos, con cualquiera. Sí, pero es que agredir a la gente por su condición (que no opción; eso no se elige) sexual es algo justificado por varios libros sagrados, entre ellos el Levítico de la Biblia y el Corán.

Una religión que azuza a la violencia contra el diferente no es una religión; es una comedura de tarro, sea en Tennessee, en Irak o en la Gran Vía de Madrid. Yo espero que Jonathan Allen tenga mucho éxito como cantante lírico y que dedique el resto de su vida a repetir en público, después de cada aplauso, lo que su familia hizo con él, hasta que no se atrevan a salir de casa. Mucha gente en todo el mundo se sentirá mejor gracias a eso.

Ahora solo falta que cante igual de bien el Otello de Verdi. Y que le peinen un poco mejor, caramba...

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