Detrás de Cocaína

01 / 02 / 2016 Luis Algorri
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¡Gracias!

La novela de Daniel Jiménez es uno de los textos más estremecedores publicados en los últimos años.

Le digo a Daniel Jiménez que con su novela ha hecho realidad la fantasía de muchos niños repipis que empezamos a leer demasiado pronto. Él no lo entiende y mordisquea los triangulitos de pastela de pollo que nos han puesto en el mejor restaurante marroquí de Madrid, el Al-Hoceima Alcuzcuz. Sí, le digo. Leíamos novelas y fantaseábamos con que nuestra diminuta vida era también una novela que estaba sucediendo mientras vivíamos y que alguien iba escribiendo a medida que pasaban las cosas, en tercera persona, como las novelas de verdad; o quizá una novela que alguien escribiría una vez, por qué no nosotros mismos. Hasta que un día crecimos y nos dimos cuenta de que nuestra vida servía para muy pocas cosas y desde luego no como argumento de una novela.

Ahí Dani levanta la mirada del plato y me mira como pensando algo que yo sé lo que es. No hace falta que él lo diga.

Pero sí, le contesto. Sí era ese argumento. Eso es lo que tú has hecho. La vida que nos asestaba la infelicidad sí era fascinante, o por lo menos terrible. Nos has vengado a los repipis soñadores, chaval.

Dani se ríe un poco. Está cansado. Acaba de publicar su primera novela, Cocaína, que ha ganado el premio Dos Passos, y anda el hombre de entrevista en entrevista, y venga fotos, y venga radios y declaraciones, como un tentebonete. Empieza a dolerle que su novela ya no sea suya sino de los lectores, que entendemos, suponemos y adivinamos cosas muy diferentes a las que él escribió, y eso revienta a un caballo. Pero aguanta.

Esto no es la reseña del libro de un amigo. Esto es un susto. Si no pensase de verdad lo que voy a decir ahora, no me costaría el menor trabajo callarme educadamente y felicitar a Dani por el guasap. Nadie me obliga a escribir esto. Pero no puedo callarlo porque Dani ha escrito una novela que viene a ser como un tiro al aire en medio de una bandada de pardales gordos y adormilados en el cable de la luz.

El esquema es muy arriesgado. Un tipo de 29 años, que también se llama Daniel, comienza a escribir un diario en una Nochevieja. Tiene lo que se llama una depresión del tamaño de un portaviones. Y padece dos adicciones: la escritura (pero no escribe nada, no puede) y la cocaína, personalizada en un elemento tan fantasmal y bondadoso como Andrés, su camello, con el que Daniel mantiene una relación casi litúrgica que solo se altera una vez (y no les puedo decir por qué ni cómo).

Pero es un diario extraño porque Daniel no escribe en primera persona. Yo diría que esa Nochevieja va al baño, se mira al espejo y el tipo del otro lado del vidrio empieza a hablarle. Y el muy desgraciado le dice la verdad. Toda. Todas las veces. No hay en el mundo nadie que esté deprimido, nadie que sepa que no está viviendo la vida sino que es una vida lúgubre y despiadada la que le está viviendo a él, capaz de soportar eso.

Así las cosas, la sucesión de diminutas erosiones cotidianas que va sufriendo el protagonista, una tras otra, inexorablemente, se convierten en un martirio inhumano. Un martirio cuyo relato le tira encima cada pocos días, como cuchillos, como salivazos, como carcajadas, el cabrón ese del espejo, que a lo mejor es la conciencia, que a lo peor es el heraldo de la muerte que se va acercando sin prisa, porque sabe que la presa está segura.

No es importante que Dani saque a pasear personas que él y yo conocemos. No es importante la tanda de latigazos que le cae a un escogido manojo de escritores famosos. Lo importante es el relato casi quirúrgico de cómo un ser humano se va disolviendo día tras día en sus propios fluidos corporales sin que nada ni nadie pueda evitarlo. Lo importante es la precisión con que se relata la agonía de un guiñapo que trata de librarse de su condena con todas las fuerzas que le quedan, que son claramente insuficientes. El aumento progresivo y regular de los accesos de llanto. La frecuencia creciente de los mínimos fracasos, que se convierten, uno tras otro, en diminutas astillas debajo de las uñas. Las variables ondulaciones de la culpabilidad. Las llamadas a Andrés, todas tan cordiales y rápidas como los abrazos que damos todos a la entrada de los tanatorios. Y el avance de la muerte. Luisgé Martínez lo dijo con toda puntería en la presentación del libro en Madrid: no es una novela sobre la cocaína. Es una novela sobre la muerte, que ya ha pasado por ahí antes de que el lector comience a leer y que se acerca de nuevo.

Y lo peor de todo es que no cabe la insinceridad. Ni la justificación. Ni siquiera la mentira, y eso que un cocainómano es, por definición, un mentiroso compulsivo y a tiempo completo. Daniel, el protagonista, no puede mentir porque no habla él. Habla ese canalla que le roba la voz cuando abre el diario, y su sinceridad no está destinada a salvarle de nada sino a certificar su ahogamiento.

Pero hay humor, me dice Dani, que discute con el tajín de albóndigas. Sí, hombre, sí lo hay. Menos mal: si no, sería Kafka. Aunque, más que humor, es sarcasmo. Alguien que está viviendo todo eso solo sabe sonreír de medio lado.

No me atrevo a decirle a Dani que ha escrito el libro que más me ha estremecido en los últimos diez años. No recuerdo una intensidad parecida desde El ruido de las cosas al caer, del colombiano Juan Gabriel Vásquez. Que era, desde luego, otra cosa.

Lo que me preocupa ahora es qué va hacer Dani a partir de ahora. Como escritor, quiero decir. No conozco a nadie en el mundo capaz de repetir semejante perfección, al menos en muchos años. Se puede escribir muy bien, pero no existe nadie capaz de escribir así dos veces. Cuando ustedes lean este libro veremos si están de acuerdo con eso. Por cierto, ¿a qué esperan?  

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