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De dioses y ferrocarriles

04 / 05 / 2015 Luis Algorri
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Las creencias religiosas consuelan en situaciones difíciles. Pero hay otros consuelos aún más eficaces.

No está bien perder los trenes. Ni en el sentido figurado ni en el literal. No está bien.

Cuando uno llega a cierta edad no debería ya perder los trenes. Eso es apropiado para la gente joven, que ve cómo se aleja el último vagón –a mí me ha sucedido alguna vez– con la secreta ilusión de quien siente ante sí una aventura inesperada. Pero cuando tú, ya mayor, te hallas de pronto tirado en una estación repleta de desconocidos (que parecen volverse súbitamente hostiles), y sabes que no vencerás nunca la sonrisa delicadamente carnicera de la señorita que te informa con voz de hielo de que el tren está todavía parado en el andén, sí, pero que tú no pasarás, hagas lo que hagas; y cuando casi se ríe al decirte que el siguiente tren, el último, está completo desde hace días; y cuando, al fin, sales a la calle con la cara desconcertada del perro al que le han quitado la pelota con que juega, y ves que encima se ha puesto súbitamente a diluviar como el remate de una venganza largamente calculada, pues... Pues en ese momento te preguntas qué es lo que estás haciendo mal en tu vida. Y desde cuándo.

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