Bendición y sanación

11 / 01 / 2016 Luis Algorri
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El libro de un científico que ha dedicado su vida a desenmascarar charlatanes levanta ampollas

Alfonso caminaba hacia el año nuevo como las muñecas de Famosa que se dirigen al portal. Un serio problema de vértebras lo tenía al pobre hecho un cuatro y el dolor resultaba, a veces, difícil de soportar. Estaba conmigo cuando un amigo común, Fede, le ofreció la solución:

–Eso te lo arreglo yo con un par de sesiones de reiki.

En esos casos, compréndanlo, se produce una situación difícil. Alfonso y yo queremos mucho a Fede, y ambos comprendemos que sus manías (todos tenemos manías) le hacen peculiar, pero no lo convierten en un tonto ni en un tipo peligroso. Fede es “maestro de reiki” y tanto Alfonso como yo le dejamos en paz con eso, allá él. Pero otra cosa es que Fede se ofrezca, con todo el cariño y la buena fe del mundo, a curar a Alfonso mediante la imposición de manos y la transmisión de la “energía vital del universo”. La situación difícil es esta: cómo le dices a Fede que no, que muchas gracias, sin herir sus sentimientos.

La solución era obvia: cambiar de conversación. Lo hicimos con cierta habilidad, la cosa acabó sin heridos, Alfonso se operó hace un par de semanas y se recupera de un asunto que resultó ser más serio de lo que imaginábamos, que avanzaba rápido y que ha podido dejarle en una silla de ruedas. Prefiero no pensar qué habría sucedido si el chico se deja caer en manos de Fede.

Y sin embargo el reiki funciona. En serio se lo digo. Y funciona por una sola razón y en un solo caso: si el “paciente” cree de verdad que le puede mejorar. Es decir, si está dispuesto a ponerse en manos del “maestro” y a esperar –mejor dicho: a desear– cualquier síntoma de relajación que inmediatamente atribuirá al maestro, al reiki y a la energía vital de los... universos.

Se está hablando mucho en estos días del científico alemán Edzard Ernst. Este hombre es una especie de caballero andante que ha dedicado buena parte de su vida a combatir a los gigantes en que se han convertido, gracias a la credulidad de las gentes, una gran cantidad de “medicinas alternativas”, que es la forma cariñosa (la que usa Fede, por ejemplo) para referirse a presuntas terapias que no tienen la más mínima base científica y que no resisten un solo asalto ante la comprobación objetiva y rigurosa de sus resultados. Pero que funcionan porque mucha gente cree, espera, quiere sentir que funcionan.

Ernst se enfrentó a gente muy poderosa y, por lo tanto, muy peligrosa. El príncipe de Gales, Carlos Windsor, es un seguidor declarado de la homeopatía, otra de estas ilusiones para crédulos de la que ya se reía Gabriel García Márquez en Cien años de soledad con aquella historia de los globulitos. Su Alteza Real maniobró y presionó durante años hasta lograr que al profesor Ernst le quitasen su cátedra de Medicina Complementaria en la Universidad de Exeter, la más importante del mundo en el esfuerzo de desmontar los negocios y las trapacerías de homeópatas, sanadores, bendecidores, reikianos y muchas otras variedades de profesionales de la superchería. En su libro Un científico en el País de las Maravillas, publicado en inglés por Imprint Academic, Ernst cuenta hasta qué punto se está multiplicando el poder y la influencia de los charlatanes.

Hay frases que se hacen muy populares cuando la gente no es feliz. Por ejemplo: “La ciencia no puede explicarlo todo”. La respuesta obvia (“Coño, ni usted tampoco”) suele irritar no ya a los sedicentes profesionales de la charlatanería, sino también, y mucho, a quienes creen en ella con la fe de los niños en los Reyes Magos. La ciencia tiene dos cualidades muy valiosas. La primera es que todos sus postulados y teorías están sujetos a constante revisión, algo que jamás sucede con las supersticiones: estas se basan en la fe. Y la segunda es que se fundamenta en hechos, en realidades objetivas y empíricamente demostrables. Algo que jamás pueden decir los sanadores.

Un ejemplo. Un número elevado de pacientes con el malestar que sea se someten a dos sesiones de “imposición de manos”; una hecha por los “profesionales de la sanación”, que se supone que saben lo que hacen y que tienen poderes para transmitir la jamás vista “energía del universo”, y otra por actores contratados que dicen y hacen lo mismo que los otros. Los pacientes, de más está decirlo, no saben quién es el sanador y quién el actor. El resultado, como cuenta Ernst, es un empate: no hay diferencia apreciable entre unos y otros. Todo depende de las ganas que tenga la víctima de sentirse mejor. Esto quiere decir que los sanadores no son tales, que la terapia es un puro cuento y que el paciente se sentiría igualmente mejor si le convenciesen de que dejarse pasar una cebolla pelada por la nuca, o jugar al parchís, mejorará su salud. Es lo que se llama el “efecto placebo”.

Las personas deseamos sentirnos mejor, sobre todo cuando estamos enfermos, o deprimidos, o solos. Muchas de esas personas, no necesariamente incultas ni ignorantes pero sí crédulas, confiadas o decepcionadas de muchas cosas, tienden a ponerse en manos de charlatanes (que a veces se creen de verdad su charlatanería, como le pasa a Fede; es frecuente esto) porque tienen la ilusionada esperanza de que les puede ayudar. Eso sí: cuando aparecen los verdaderos problemas van al médico, les hacen radiografías, les administran medicamentos y les salvan la vida. Otra cosa es que a una persona con tres fracturas en el fémur traten de convencerla de que el reiki acelera la regeneración del tejido óseo, como aseguran algunos de sus defensores. Yo creo que para males menores, cada cual tiene derecho a perder el tiempo, o a administrarse bondadosos placebos, como le dé la gana, con “energías” o sin “energías”. Pero ante un problema de verdad, bendiciones y sanaciones, las justas y ni una más.

Ojalá traduzcan pronto al español el impresionante libro del profesor Edzard Ernst. Es un héroe empeñado en un trabajo imposible: demostrar su error no ya a los sacacuartos, sino a una inmensa cantidad de pánfilos contentos de serlo.

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