Aquel tipo al que no conocía nadie

Incitatus
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¡Gracias!

La gigantesca hilera humana para despedir a Adolfo Suárez estaba formada por todo tipo de personas, pero sobre todo por jóvenes que nunca le vieron gobernar.

Era domingo, el primer domingo de julio, y habíamos quedado todos para comer en la piscina. Estábamos los Pérez, los Zoris, los Suáreces (los padres eran Andrés y Noli) y los Corderos. Quizá también los Plases, no me acuerdo. En cualquier caso una multitud, porque todos éramos familias numerosas y entre padres, madres, abuelas, niños y perros parecíamos algo así como la famosa Marcha verde, que se había producido pocos meses antes. Estábamos en 1976.

Ya habíamos dispuesto las mesas,  los manteles de papel, las fiambreras y los celestiales huevos rellenos que hacía y hace mi madre, cuando entró papá como una exhalación.
 

Venía fuera de sí, congestionado, “la boca espumosa, el ojo fatal” (yo andaba por entonces leyendo a Rubén Darío). Eso era peligroso porque papi, de aquella, tenía la vida minuciosamente amargada por doña Esther, una dentista que había y que debía de ser una bruja que ni la de Hansel y Gretel; y papi había criado  por su culpa un carácter de veinte mil demonios. Todos sabíamos que cuando se ponía así, como el día en que entró en la piscina dando voces, lo más sensato era mimetizarse con la vegetación circundante y no mover una pestaña hasta que se le pasase.

Entró blandiendo un periódico como si fuese una tea encendida:

–¡Se ha vuelto loco! ¡Ese tío se ha vuelto loco! ¡Todo a la mierda otra vez!

Mi madre se levantó y se lanzó a pararle como Iríbar se tiraba para atajar una internada de Pirri en el área:

–Pero papá, ¿qué pasa?

–¡Que qué pasa! ¡Que qué pasa, dice! Pues pasa que el reyecito de los cojones ha nombrado presidente del Gobierno a uno que se llama Alfons... Alber... Espérate que lo miro, que de memoria no me lo sé... ¡Adolfo! ¡Adolfo Suárez!

–¿Y por eso te pones así? ¿Qué más dará uno que otro? Y cálmate, por favor, que la gente nos está mirando.

–¡Pero cómo quieres que me ponga! ¡Pero cómo me voy a poner! ¡Pero quién es este tíiio! ¿Tú no te das cuenta de que a este gilipollas no lo conoce nadie?

Ahí tuve yo, adolescente lleno de granos, uno de esos raptos de inspiración que me han salvado la vida ya varias veces. Pensé: “¿Y solo porque no lo conozca nadie tiene que ser un gilipollas?”. Pero tuve, ya digo, la certera clarividencia de quedarme callado, de hacer como que no oía, de fingir que todo estaba teniendo lugar a cientos de kilómetros de aquellos huevos rellenos a los que dedicaba, a ellos sí, una atención  reverencial. La que se merecían.

Luego papá se calmó un poco, terminó la comida, los mayores se pusieron a fumar y a discutir entre ellos del tal Suárez y los chicos pudimos desentendernos sinceramente de aquel extraño asunto que pasaba, en realidad, tan lejos: Madrid era un lugar remoto que solo algunos habían visto y lo que sucedía allí casi nunca nos afectaba. Nuestra vida seguía más o menos igual, dijese lo que dijese el periódico (que, por otra parte, decía lo que le mandaban decir; se había ocupado mil veces más de Richard Nixon que de lo que ocurría en España), así que tenía razón mamá: qué mas daba uno que otro. Y nos fuimos a bañar.

La cola infinita.

Casi 38 años después, todo ha cambiado. A doña Esther se la llevaron los demonios y mi padre recuperó su dulzura de carácter, que no ha vuelto a perder. El reyecito demostró ser una persona mucho más inteligente y lúcida de lo que se creía en 1976, aunque no sea perfecto. Y a mí dejó de conmoverme Rubén Darío, quizá porque me he hecho viejo.

Pero esta tarde me bajé del tren decidido, a pesar del frío y de la amenaza de lluvia, a ponerme al final de una cola. La hilera humana terminaba (eso ya lo sabía) en la puerta del Congreso de los Diputados, pero no alcanzaba a ver su principio: tras bajar la Carrera de San Jerónimo, doblaba la esquina hacia la izquierda en la plaza. Iba lenta. Abrígate, me dije, tienes para una hora larga.

No era exactamente así. La fila, apretada, recorría el paseo de Recoletos, torcía otra vez a la izquierda por la empinada calle de Los Madrazo, la recorría entera, luego giraba a la derecha en Cedaceros y ahí ya no sé más, porque al llegar a Alcalá se partía en dos: un brazo hacia arriba, hacia Sol, y el otro hacia abajo, hacia Cibeles; pero pronto me di cuenta de que los que parecían venir de Sol no volvían sino que iban, porque la fila era doble: procedía de Sol, bajaba hasta Cibeles por Alcalá, allí giraba en redondo y volvía a subir. Dos metros apenas había entre los miles que esperaban inmóviles calle abajo y los miles que esperaban inmóviles calle arriba. Que los miraban, por cierto, no sin alguna suficiencia.

Es la primera vez en mi vida que veo una cola que se sabe dónde termina pero no dónde empieza. Me dio por imaginar que aquella cola era en realidad una invención de Borges y que en realidad no empezaba en ninguna parte; que no estaba sino que era. No es lo mismo. Y menos con este frío.

Esa cola, ya lo han adivinado ustedes, la formaban miles y miles de personas que querían cruzar aunque solo fuesen dos segundos por el Salón de Los Pasos Perdidos del Congreso para decir adiós a aquel tipo al que no conocía nadie cuando yo era un crío. Suárez, el hombre que se las ingenió para desmontar en año y pico un régimen que conocía bien (si no hubiese sido así habría sido una tarea imposible) y traer a España, por tercera vez en toda su historia, una auténtica democracia parlamentaria. También una Constitución en la que cupiésemos todos. Esto fue la primera vez.

Suárez, el perfecto desconocido que, con un valor inaudito (nunca más visto en nuestra clase política), logró el necesario prodigio de acercar Madrid a los remotos lugares en que vivíamos; consiguió que el cambio de la vieja dictadura a la joven democracia interesase a todos, ilusionase a todos, comprendiese a todos. Fue el hombre que logró cambiarnos la conciencia: nos hizo ver que pasábamos de la condición de súbditos, o de “españoles todos”, a la de ciudadanos. Y no porque estuviésemos todos de acuerdo con él, que eso era imposible, sino porque puso en pie un sistema en el que fuese posible convivir en paz sin estar todos de acuerdo, sin que la diferencia de opinión o de criterio supusiese para nadie la etiqueta de hereje ni la de vendido. Se llama democracia. Y sí lo es. O lo ha sido hasta hace poco.

Un detalle: en la gigantesca cola había de todo. Matrimonios, señoras que llevaban ramos de flores, parejas que se besaban, gente que leía libros o periódicos. Pero sobre todo había chavales. Cientos, miles de jóvenes que habrán nacido después de que Suárez dejase la política. La pregunta obvia: por qué estaban allí, le llena a uno los pulmones de esperanza. Así que me voy a la cola. Nos vemos, calculo, después de desayunar.

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