Abrir la puerta para ir a jugar

30 / 05 / 2016 Luis Algorri
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¡Gracias!

Random House publica la obra completa de Cortázar en formato bolsillo. Una noticia inmejorable.

Beatriz Gutiérrez

La culpa de todo la tuvieron, a partes desiguales, Jorge Monferrer y John R. R. Tolkien. Jorge y yo éramos compañeros en el coro (andábamos por los veintipocos años) y además muy amigos. Y discutíamos de libros, los dos teníamos muchos. Un día, en su casa, él se puso a presumir:

–Tolkien es el mejor escritor del mundo. Ni el Quijote puede compararse a El Señor de los anillos.

–Anda yaaa... A mí me gustan los latinoamericanos. Oye, ¿y este tan gordo que tienes aquí? Mira, Cortázar. He oído hablar de él. ¿Qué tal es?

–Pues verás: como no te voy a convencer con Tolkien, que tú eres muy burro, te regalo ese ladrillo. Lo empecé y a las seis páginas ya me dolía la cabeza. A ti seguro que te gusta.

Conservo aquella edición que hizo Bruguera de Rayuela como oro en paño, desvencijada como está, deshecha en páginas, subrayada y anotada en veinte colores, porque fue la primera vez que leí aquel libro que me cambió la vida, que me enseñó a escribir, que me pegó un impecable acento porteño cuando yo en mi puñetera vida había oído más que tangos. Me mantuvo en vilo un mes, eso sí: lo leí como sugería el autor, dando saltos como las pulgas y chapándome a conciencia todo lo que no sabía, que era  muchísimo, porque para que Rayuela te hiciera el efecto iniciático que debía hacerte tenías que saber la tira de jazz, de boxeo, de filosofía, de política, de inglés, de francés, de estructuralismo; de mil cosas a las que yo apenas me había asomado, pero aquella manera de escribir, aquel lenguaje, aquel telar imposible en el que Cortázar iba tejiendo una historia que eran cincuenta historias, todas mezcladas del lado que fuera (de allá o de acá) y construida a la manera de una pista americana para lectores atentos para mí fue un enamoramiento, un rito de paso, una conversión. Paf.

El Charrito, que era otro mitómano igual o peor que yo, se venía de noche a pasear por Papalaguinda y a recitar de memoria pasajes enteros, que es lo que hacen los novicios y los enamorados. Sobre todo el inolvidable capítulo 68, que estaba escrito en glíglico y al que le pasaba lo mismo que a las portadas de las iglesias románicas: que se entendía todo pero te morías de alegría cuando desentrañabas algún detalle difícil.

A los veinte años no teníamos mucho dinero pero trabajé, pedí, chantajeé, robé (el Corte Inglés me habrá perdonado lo que escondía, al salir, debajo del abrigo) hasta hacerme con todos los libros que pude de aquel hombre que me hacía vivir cada vez que pasaba una página. Si me perdona Daniel Jiménez, que tiene un altar puesto a Borges y otro a Bolaño, jamás hallé a nadie capaz de escribir cuentos como los que escribía Julio Cortázar; cuentos que me sé de memoria porque era imposible olvidarlos. El señor que vomitaba conejitos vivos. El niño que se iba a morir y que se enamoraba de la enfermera y hablaban todos a la vez. El inventor de la máquina que tiraba de la punta de las letras y convertía las palabras en rayas horizontales, oh felicidad de dictadores. La señora que sabía que otra ella la estaba esperando en un puente de Budapest.

Y las novelas: Los premios, donde está ya todo aunque casi no haya empezado aún. El libro de Manuel, que me aventé en una sola noche imposible de olvidar, con las palabras escritas encima y debajo de otras palabras, y la Joda, y el terrorismo de comer de pie en Maxim’s. Los libros de viajes. Nicaragua. La fascinante aventura de la expedición París-Marsella a bordo de un dragón de cuatro ruedas, Fafner. Yo qué sé.

Ah, claro, y los cronopios, las esperanzas y los famas, seres sin los cuales yo no sé cómo puede vivir la gente que no los conoce: imagino que sumergidos en una hondísima poza de tranquilidad gris. Cómo tomar al asalto un entierro. Cómo subir una escalera sin equivocarse. Cómo tener miedo. Los telegramas. El reloj: no te regalan un reloj, tú eres el regalado, mírale los dientecitos que tiene donde roza con tu piel. Todo así. Cortázar no escribía. Cortázar, como él mismo dijo alguna vez que debían hacer los escritores, “abría la puerta para ir a jugar”. Eso hacía.

El Círculo de Lectores publicó hace mucho un libro que contenía varios montoncitos de cuentos de Julio. Estaba bien porque la encuadernación era muy buena, sólida. Me llevé el libro a Siberia en aquel viaje atroz en el que se mataron once personas y al regreso me lo olvidé en un avión de Air France, en el aeropuerto Charles De Gaulle de París. Me di cuenta diez minutos antes de coger otro vuelo. Revolví el aeropuerto entero, grité, exigí, amenacé, supliqué, conté los cuentos de Julio a la chica del mostrador (que me miraba aterrada) y por supuesto perdí el avión a Madrid. Pero aquí está el libro conmigo.

Ahora Random House ha tenido el gesto humanitario de publicar prácticamente toda la obra de Cortázar en formato de bolsillo, a un precio que los chicos pueden pagar. Eso no es exactamente hacer negocio: eso es como llevar pan a las tiendas o calmantes a las farmacias o agua a los grifos: algo necesario para vivir, aunque haya gente que coma burgers o tome globulitos azucarados de homeopatía o beba cocacola y crea que eso es la vida. No lo es, pero lleva demasiado tiempo convencerles.

Imagino que ahora, gracias a Random, habrá otros chavales de veinte años que duden un segundo entre YouTube y Bestiario, entre Facebook y Rayuela. Y los habrá que escojan Rayuela, y eso es la luz que ilumina al mundo y que permite conservar la esperanza en que la especie humana no se va a morir de asco entre Sálvame y Cuarto milenio y otras podredumbres parecidas que hoy nos rodean a todos. Los chicos que lo intenten (y más aún los que lo consigan) descubrirán que leer a Cortázar es una de las más certeras formas de la dicha: desde luego porque es difícil, pero sobre todo porque es irresistible. Y el mundo seguirá girando mal, como sabemos, pero no todo estará perdido, porque una nueva generación de cronopios se dispersará por el planeta para mantenerlo habitable.

Ah, Jorgito: Tolkien, bien, ¿eh? Muy bien. Pero, claro, no es lo mismo.  

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