Polvo serás, más polvo en camposanto

02 / 11 / 2016 Luis Algorri
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El Vaticano ha prohibido esparcir las cenizas de los seres queridos o guardarlas en casa. Las diferentes religiones tienen posiciones muy diversas sobre la cremación, la inhumación y qué hacer con los restos mortales.

Se acabaron las bromas con las cenizas de los seres queridos. Al menos para los católicos, se acabó lo de guardar en casa una urna o jarrón con el polvo que queda del padre, del hijo o del abuelo después de la cremación, costumbre muy común en América Latina pero no solo allí. Y se acabó también el acto tan emotivo y tan lírico de esparcir esas cenizas donde el difunto quiso, o donde quiere su familia: en el mar, en su paisaje preferido, en el pueblo donde nació.

La Iglesia católica ha elegido las vísperas del Día de difuntos para emitir un documento, titulado Ad resurgendum cum Christo y emitido por la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe –la antigua Inquisición, que preside el cardenal alemán Gerhard Müller, uno de los más rocosos adversarios del papa Francisco– en el que se dice con claridad que las cenizas de las personas sometidas a cremación deben conservarse “en un lugar sagrado, es decir, en el cementerio o, si es el caso, en una iglesia o en un área especialmente dedicada a tal fin por la autoridad eclesiástica competente”. No deben dispersarse en ninguna parte ni dividirse. Y mucho menos usar parte de ellas para convertirlas “en recuerdos conmemorativos, en piezas de joyería o en otros artículos”. En esos casos, la Iglesia negará al difunto el funeral católico. La norma fue presentada en público por el clérigo español Ángel Rodríguez Luño, consultor del antiguo Santo Oficio y miembro del Opus Dei.

¿Y esto por qué? La razón la da el propio cardenal alemán, Müller: “Los muertos no son propiedad de los familiares. Son hijos de Dios, forman parte de Dios y esperan en un campo santo su resurrección”.

El problema de fondo es antiquísimo. La Iglesia católica, lo mismo que la judía, ha sido siempre contraria a la cremación de los cadáveres. Esta se permite desde que así lo dispuso Pablo VI, en 1963, durante el Concilio Vaticano II. Y desde tres años después se permite que los sacerdotes católicos oficien ceremonias de cremación. Pero cualquiera ha podido ver lo que pasa en esos actos: tras la despedida religiosa en el crematorio, cuando el féretro desaparece camino del horno, el cura que ha dicho el responso suele desaparecer también. En los entierros tradicionales, sin embargo, está presente hasta el último momento. Y es que la Iglesia, sobre todo la más tradicional, sigue pensando que para que un cuerpo resucite en el último día tiene que haber cuerpo, aunque esté destruido en el sepulcro por el paso del tiempo. Eso es lo natural. La cremación, según esa vieja doctrina, es la intervención artificial del hombre sobre algo creado por Dios; y, aunque Pablo VI (ay, Pablo VI) lo permitiese, no está bien visto. Lo habrán  permitido pero, como dice hoy mismo el secretario de la Comisión Teológica Internacional, Serge-Thomas Bonino, es “algo brutal”. Y mucho más lo es dispersar las cenizas. Hay que resucitar desde el cadáver, como dicen los Evangelios que pasó con el propio Cristo. Así que, en vez de andarse con cremaciones, es preferible leer obras como Preparación para la muerte, de San Alfonso María de Ligorio, en la que el fundador de los redentoristas trata de despertar la piedad y el amor a Dios mediante la descripción completa y minuciosa, con detalles horripilantes, de la putrefacción de un cadáver dentro del ataúd.

Lo que Dios puede

El menos listo de todos los estudiantes de Teología del mundo tiene claro que, según la doctrina cristiana, Dios es perfectamente capaz de hacer resucitar a una persona de un solo átomo, o de la nada. Pero es como si los más tradicionalistas de los clérigos quisieran “echar una mano” a Dios mediante la orden de mante-
 ner junto, y bajo control de la Iglesia, lo que él creó.

Porque todo depende de en qué dios crea cada cual. Para los budistas e hinduistas, por ejemplo, la cremación es obligatoria, porque ellos no consideran que el cuerpo humano tenga nada de sagrado: lo que cuenta es el alma, y cuando esta abandona el cuerpo, lo que queda es una carcasa, como una “vestimenta vieja que se lanza lejos” (dice el Bhagavad Gita) sin el menor dolor de corazón. En el mundo católico, sin embargo, el cuerpo sí tiene carácter sagrado desde el momento mismo de la concepción, y esto atañe también a la interrupción voluntaria del embarazo, al suicidio (ambos pecados gravísimos)... y, tradicionalmente, a la cremación.

El mundo cristiano no tiene una posición unánime sobre el asunto. Calvinistas, luteranos, adventistas, episcopalianos, cuáqueros y testigos de Jehová no tienen problemas con la incineración de los cuerpos. Incluso los anglicanos se muestran tolerantes. Los ortodoxos, sin embargo, no lo son en absoluto. Y lo mismo les pasa a los judíos, musulmanes, zoroastristas e incluso los neoconfucianos. Igual que los antiguos egipcios, para los cuales la destrucción del cadáver significaba el adiós a la inmortalidad.

A partir de ahora, los católicos deberán olvidarse de esparcir al viento las cenizas de sus seres queridos o de guardarlas en casa. Sorprende bastante que el papa Francisco haya firmado semejante documento al mismo tiempo que se preocupa de cosas tan urgentes como la mediación en Venezuela, la apertura de los tenebrosos archivos secretos sobre la dictadura argentina o a la vez que abre al público el palacio de los papas en Castelgandolfo, que él no ha usado nunca. Pero la Curia vaticana es muy grande, tiene mucho poder y se mueve con astucia. Hay veces en que es necesario ceder para mantener la paz en las propias filas o dar un paso atrás para luego dar dos hacia delante. Quizá se trate de eso.

Pero los católicos ya saben a qué atenerse. Aunque el crematorio les convierta (a regañadientes de muchos) en polvo gris, “polvo serán, mas polvo en camposanto”, que habría dicho Quevedo. 

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