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Operación Catapulta

07 / 07 / 2015 Luis Reyes
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Mazalquivir, 3 de julio de 1940. La Armada inglesa ataca a la francesa, su aliada, matando a 1.300 marinos.

Al soldado que huye de la batalla los suyos le disparan por la espalda, es la ley de la guerra. La Armada británica hizo eso con la de su aliada, Francia, tras la rendición francesa a los alemanes. Inglaterra y Francia habían hecho un pacto sagrado en marzo de 1940, ninguno de los dos firmaría una paz por separado con los nazis. Pero cuando una invencible Wehrmacht invadió Francia, el viejo mariscal Pétain se hizo con el poder y pidió un armisticio a Alemania.

El 22 de junio de 1940 Inglaterra se encontró sola frente al III Reich, aunque contaba con su histórico cinturón de seguridad, la marina. Pero si los alemanes se apoderaban de la flota francesa se duplicaría la fuerza de la Kriegsmarine, le daría superioridad sobre la Royal Navy.

El almirante Darlan, jefe de la marina francesa, le había prometido a Churchill que nunca entregaría sus barcos a los alemanes, antes los hundiría, pero tras el armisticio ¿quién se fiaba de los franceses? Churchill dio órdenes precisas para “la toma, el control, la inutilización o la destrucción efectiva de toda la flota francesa que fuera accesible”.

La operación Catapulta se puso en marcha en la madrugada del 3 de julio, cuando unos 200 barcos franceses refugiados en puertos de Gran Bretaña, desde acorazados a lanchas torpederas, fueron asaltados por sorpresa por los ingleses. En Alejandría, donde estaba fondeado un escuadrón naval francés importante –un acorazado, 4 cruceros, 3 destructores y un submarino– hubo una larga negociación entre almirantes, y el francés vació sus tanques de combustible e inutilizó sus cañones, a cambio de la promesa de repatriar sus tripulaciones a Francia.

Pero las joyas de la Armada francesa estaban fuera de la jurisdicción británica, en Argelia, en la base de Mazalquivir, aledaña de Orán. Se trataba de dos modernísimos cruceros de batalla, un tipo de barco que unía el blindaje y armamento del acorazado con la velocidad del crucero. Los alemanes habían desarrollado esta clase de navíos de línea, y precisamente para contrarrestarlos Francia había construido el Strasbourg y el Dunkerque, superiores a cualquier buque alemán. Churchill tenía pesadillas con estos dos supercruceros en manos nazis, y por eso hizo que el gabinete de guerra, el núcleo duro dentro del Gobierno, tomara “una decisión odiosa, la más antinatural y dolorosa en la que he intervenido nunca”, según confiesa en sus Memorias.

Una escuadra británica, la Fuerza H, al mando del almirante Sommerville, había zarpado de Gibraltar con tiempo suficiente para estar en Mazalquivir el 3 de julio, día de la operación Catapulta. La componían un crucero de batalla, dos acorazados, un portaviones, dos cruceros ligeros y 11 destructores. En Mazalquivir estaba el grueso de la flota francesa del Mediterráneo, además del Strasbourg y el Dunkerque, dos acorazados, un porta-hidroaviones, 6 destructores, 6 submarinos y 15 torpederos. Sobre el papel no había gran diferencia de fuerzas, pero los buques franceses no estaban en condiciones de entrar en combate sin largos preparativos.

Poco antes de las 6 de la mañana apareció ante la rada un solitario destructor inglés, que se había adelantado con un parlamentario. Al almirante Sommerville le repugnaba tener que “destruir efectivamente”, como decía la orden de Churchill, a sus hasta ahora aliados, y quiso tener tiempo para llegar a un arreglo, pero el jefe de escuadra francesa, el almirante Gengoul, se negó a recibir al enviado inglés porque era de rango inferior. Cuando a las 9.30 de la mañana se hizo visible la potente Fuerza H, Gengoul se llevó una sorpresa descorazonadora: los ingleses venían en serio y con fuerza para hundir sus barcos.

Durante todo el día se sucedieron las negociaciones y las consultas con sus respectivos Gobiernos. Gengoul tenía tres opciones: o se unía a los británicos, o se dirigía, bajo vigilancia de estos, a las Antillas Francesas para desarmar allí sus barcos, o los hundía. Si no, sería la guerra. En el tira y afloja los ingleses minaron la rada, para que los buques franceses no pudiesen escapar de la trampa.

El mando de la marina francesa se encontraba en pleno caos del traslado a Vichy, la nueva capital de la Francia de Pétain, pero desde un camión-radio le ordenaron a Gengoul “responder a la fuerza con la fuerza”, y le anunciaron refuerzos que navegaban a toda máquina. El mensaje fue enviado sin cifrar, para que los ingleses se enterasen de su determinación de luchar, a ver si eso los disuadía de emplear la violencia. Resultó todo lo contrario, el Almirantazgo conminó a Sommerville a dejarse de paños calientes y atacar de una vez. “Los barcos franceses han de cumplir nuestras condiciones, o hundirse ellos mismos o ser hundidos por usted antes de que oscurezca”.

El primer cañonazo inglés se disparó a las 17.54 y en los diez minutos siguientes se desarrolló una especie de tiro al blanco. Los buques franceses se hallaban atracados popa al mar, y por tanto no podían disparar contra los barcos ingleses hasta ponerse en marcha –lo que llevaba su tiempo– y maniobrar por un puerto pequeño y superpoblado. A la tercera andanada británica la batalla estaba liquidada: el acorazado Bretagne, alcanzado en la santabárbara, explotó y se hundió en minutos, arrastrando a 977 tripulantes que murieron ahogados. El acorazado Provence y el crucero de batalla Dunkerque, seriamente dañados, quedaron varados en los bajos fondos, inútiles. Solo el Strasbourg logró escapar de la rada.

Mortandad. En diez minutos de batalla habían muerto 1.100 hombres, la mayor cantidad de bajas que sufrió la marina francesa en una acción en toda la Segunda Guerra Mundial. Los buques de la Fuerza H británica no sufrieron ni un solo impacto, ni una baja. Sommerville decidió volverse a Gibraltar, y el Strasbourg alcanzó refugio en Toulon. Churchill, furioso porque se había escapado una de las piezas mayores, obligó a Sommerville a regresar a Mazalquivir para rematar la faena. La otra gran pieza, el Dunkerque, estaba varado, pero Churchill exigió que fuese destruido. Lo hicieron el 6 de julio los aviones-torpederos del Ark Royal, matando a otros 200 marineros franceses, elevando el total a 1.297 muertos y 350 heridos. Las únicas bajas británicas fueron precisamente dos aviadores navales.

Churchill reconoce en sus Memorias que, aparte de neutralizar el hipotético refuerzo de la flota alemana con barcos franceses, la operación tenía un objetivo político, mostrar su determinación de luchar a muerte. Muchos en Inglaterra, incluidos dos miembros de su gabinete, Chamberlain y lord Halifax, querían tirar la toalla, y Roosevelt temía que Inglaterra hiciera eso y se planteó dejar de enviarle ayuda de guerra. Con el ataque de Mazalquivir “quedó claro que el gabinete de guerra –o sea, Churchill– no le temía a nada y no se detendría ante nada”.

En Francia la reacción fue nefasta. La Asamblea Nacional abolió la III República y otorgó poderes ejecutivos al mariscal Pétain para que crease un nuevo “Estado francés”. Era la liquidación formal de la democracia.

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