No diga ‘luego lo hablamos’

08 / 01 / 2007 0:00 José María Goicoechea
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No hay que bajar la guardia: esas expresiones que se usan de manera habitual pueden ser incorrectas. Pero hay libros al alcance de todos para hablar y escribir con propiedad.

El estrés o el cansancio pueden llevar a alguien a decir en algún momento: “Yo no doy más de sí en el trabajo”. Pues no. Más allá de las limitaciones laborales de cada cual, los problemas de expresión tienen fácil solución. Esta persona debería haber dicho: “No doy más de mí en el trabajo”. Es una de las incorrecciones a las que da solución el libro Saber escribir, del Instituto Cervantes, publicado por Aguilar, y coordinado por el catedrático de la Facultad de Filología de la Universidad Complutense de Madrid Jesús Sánchez Lobato. “Saber escribir no es un manual –explica Sánchez Lobato–, sino un libro abierto desde el que mostramos cómo organizar una carta, un currículo, un texto argumentativo, un texto expositivo. Mostramos los aspectos básicos del español desde la perspectiva de una norma culta”.

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Hay una necesidad evidente de obras accesibles que determinen errores a no cometer y que puedan utilizarse como guía y referencia en caso de duda, pues los libros de este tipo se publican y se venden bien. Hace ya unos años, abrió el camino el académico Fernando Lázaro Carreter con su Dardo en la palabra. Ahora, junto al mencionado Saber escribir, se encuentran en las mesas de novedades de las librerías La gramática descomplicada (Taurus), de Álex Grijelmo, o Hablar con corrección (Temas de Hoy), de Pancracio Celdrán Gomariz, o El candidato melancólico (RBA), de José Antonio Millán. Si a estos títulos se les suman, por ejemplo, diccionarios recientes como el Panhispánico de dudas de la Real Academia Española, nadie tiene una coartada suficientemente sólida como para utilizar impunemente “luego lo hablamos”.

Escribe Pancracio Celdrán que este luego lo hablamos es “un uso mostrenco de apariencia seudoculta que se está impniendo, queriendo decir ‘lo comentaremos’ o ‘trataremos sobre el asunto’. No es correcto porque en esa oración el pronombre ‘lo’actúa como complemento directo, oficio que no puede desempeñar porque el verbo principal es intransitivo. Además, en la frasecilla de marras hay otro error, la naturaleza del tiempo verbal obliga a utilizar el futuro: ‘Luego hablaremos’; es la conocida consecutio temporum de que hablaron los latinos”. Después de semejante explicación, será fácil no volver a caer en el error. Es una de las características de estos libros: el lector que cree conocer reglas gramaticales y saber cuáles son los malos usos lingüísticos más de moda (“lo que es”, “a nivel de”, el dequeísmo pertinaz...) se topa, de repente, con una expresión que utiliza y a la que no había prestado la atención suficiente como para darse cuenta del error en el que incurría.

Así, volviendo a las explicaciones de Celdrán, un lector se encontraría que no tiene demasiado sentido decir “poner en valor”, “poner en ridículo”o “poner en evidencia”, ya que el español tienen verbos como “valorar”,“ ridiculizar”o “evidenciar”. Ocurre con “y es por eso que...”, tan sencillo en la versión –correcta– “y por eso”. Pero, ojo, cuando se vuelve a la tienda porque que uno se ha equivocado de talla de camisa, por ejemplo, puede perfectamente –al menos desde el punto de vista lingüístico– “descambiar”esa prenda.

Habla popular

Los medios de comunicación son acusados, a menudo, de estar en el origen de tantas incorrecciones del habla y de la escritura que luego se extienden muy fácilmente. El profesor Sánchez Lobato es más benévolo: “Gracias a los medios, el español en el mundo no sólo no se ha fragmentado sino que se presenta más cohesionado que nunca”.Aunque también añade que la aplicación del “escribo como hablo”y la aparición constante de según qué personajes en la televisión y la radio no están ayudando a que se hable mejor.

“El deterioro se da, fundamentalmente, en las clases cultas, por su complejo de inferioridad respecto al inglés. Utilizan un vocabulario y una sintaxis lo más parecidos al inglés –asegura el periodista Álex Grijelmo, autor de un buen puñado de libros sobre el español–.Y eso no se da en las clases populares. Un directivo de una empresa podría llegar a decir ‘voy al aeropuerto a chequear mi billete por si hay problemas a nivel de navegación aérea’, pero ningún campesino dice ‘voy a chequear el ganado por si hay problemas a nivel de epidemia’. En un periódico podrías leer: ‘Los atracadores huyeron a bordo de un Seat Ibiza’, pero nadie dice ‘iba a bordo de mi coche cuando oí en la radio...’. El idioma crece por la base y se ha enriquecido siempre por la base; y ahora se está deteriorando por la altura. Lo que está por ver es si ese deterioro baja o no. Creo que no, que el idioma, al final, se defiende”. Grijelmo pone un ejemplo basado en su experiencia reciente: “En Radio Nacional, los fines de semana, tengo un espacio llamado Palabras moribundas, sobre palabras que creo que ya nadie utiliza, y llegan cantidad de mensajes de gente que sí las utiliza, sobre todo de la España rural”.

América

Las normas de escritura del español, comunes a todos los países que lo hablan, en especial en América Latina, han logrado, en palabras del profesor Jesús Sánchez Lobato, que dentro de la pluralidad se conserve una notable unidad lingüística.

“El español es la suma de todas las maneras de hablarlo –añade Grijelmo–. En tiempos en los que las comunicaciones eran más lentas, fenómenos lingüísticos que se daban en España se daban también en América. Ahora con la inmigración nos estamos reencontrando con palabras y expresiones. Gracias a la globalización, será un idioma más homogéneo y más rico. Hace 50 años nadie decía en España ‘ningunear’, un verbo nacido en América. ‘Auspiciar’ también es un verbo que nació en América”.

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