Luces y sombras de la Bienal
Dora García, máxima protagonista española en la 54ª Bienal de Arte de Venecia, cree que el “caótico” presente de la cita italiana no le impide seguir siendo una “máquina de hacer dinero”.
La ciudad de los 455 puentes se viste una vez más de gala para desplegar su perfume hipnótico. Arranca la 54ª edición de la Bienal de Arte de Venecia, la cita de citas del gran teatro del arte contemporáneo con permiso de la Documenta de Kassel, y el espejo borroso del pasado, las grietas, las cúpulas, los canales, las góndolas y el aqcua alta se mezclan con alfombras rojas, suelas gastadas y bocas abiertas. Mareas de agua, arte y gente. Artistas, comisarios, coleccionistas, galeristas y público. Un lema
-Iluminaciones-, 89 pabellones y cientos de millones de euros flotando en la brisa del Adriático. Seis meses por delante a base de paseos entre los Giardini, el Arsenale y las plazas y puentes de la ciudad: Rialto, San Marco, San Giorgio Maggiore y vuelta a empezar. Una sobredosis asegurada de arte, vino y agujetas.
La Bienal de Arte de Venecia sigue siendo, a pesar de la crisis, una máquina de hacer dinero. Lo confirman la oleada de visitantes en la semana de inauguración, la magnitud de propuestas, la puesta en escena y, por supuesto, el caché de los artistas. Basta con nombrar al británico de origen indio Anish Kapoor, que nos regala la sutileza de su estatua de humo blanco en San Giorgio, o la arrebatadora versión de la Piedad de Miguel Ángel que el belga Jan Fabre, un clásico de la cita veneciana, ha colocado en la iglesia de Santa María de la Misericordia. Todo, incluido el aterrador pabellón japonés -dedicado al desastre de Fukushima- o el italiano -uno de los pilares de la Bienal- sin olvidar el homenaje en forma de “día sin arte” que varios artistas están promoviendo para protestar por la detención del artista chino Ai Wei. Otra cosa son los galardones oficiales, que este año han premiado la inmersión sin tapujos en la culpa firmada por Christoph Schlingensief, fallecido tras recibir el encargo por parte del pabellón de Alemania -León de Oro a la Mejor Participación Nacional-, el interminable vídeo The Clock del estadounidense Christian Marclay -León de Oro al Mejor Artista-, las instalaciones con objetos de segunda mano del británico Haroon Mirza -León de Plata a la Joven Promesa- y la labor pionera del austriaco Franz West y el estadounidense Sturtevant, sendos Leones de Oro de Honor concedidos a toda una carrera.
Arte made in Spain.
Dentro de este enorme castillo kafkiano al aire libre, España sigue conservando un lugar privilegiado. Un nombre propio: Dora García. La artista vallisoletana es la máxima protagonista del pabellón de España, un pabellón que, esta vez, es solo la excusa para poner en marcha una performance coral con decenas de participantes y sorpresas que se prolongará durante el medio año que dura la Bienal. Pero hay más. Por un lado, el pabellón catalán, que este año se ha transformado en el pabellón de Cataluña y Baleares y que acoge la obra de la barcelonesa Mabel Palacín, y por otro, la obra del guipuzcoano Asier Mendizábal, que forma parte de la sección internacional gracias a la designación de la comisaria de la Bienal, la suiza Bice Curiger. La participación española se cierra con las proyecciones de Ángel Vergara en el pabellón de Bélgica y el trabajo de la malagueña Libia Castro, que ocupa, junto a su pareja Ólaruf Olafsson, la entrada del pabellón islandés.
Así que, aunque los párpados exhaustos del afortunado que se deje ver por Venecia antes del 27 de noviembre no deberían perderse el trabajo de Palacín, Mendizábal, Castro y compañía, el plato fuerte español en esta 54ª edición es, sin duda, Dora García, una de las artistas españolas más cotizadas en la actualidad. Una creadora conceptual y afilada que conjuga su obra en el reverso oculto, y casi siempre revelador, de lo cotidiano.
Contra la normalidad.
La elección de Dora García (Valladolid, 1965) confirma dos cosas. Primera: que se confirma la tendencia del pabellón español -interrumpida hace dos años con la presencia de Miquel Barceló y sus pinturas y cerámicas- a la hora de escoger a creadores conceptuales con trabajos de digestión pesada, como Santiago Sierra o Antoni Muntadas, protagonistas de la muestra en 2003 y 2005, respectivamente. Y segunda: que la artista vallisoletana vive su gran momento. Obras retadoras como Steal this Book (Robe este libro) o Farhenheit 451, una reproducción en espejo de 2.000 ejemplares del clásico de Bradbury que formó parte de la gran exposición de la artista hasta la fecha: ¿Dónde van los personajes cuando la novela se acaba?, un homenaje soterrado a James Joyce que García desplegó hace dos años en el Centro Gallego de Arte Contemporáneo, son buena prueba de su talento para intervenir la realidad con inyecciones de ficción, aunque ella prefiera hablar de “ocupar”.
“Se trata sobre todo de no asociarse al aspecto institucional del lugar -explica García-. El pabellón es un bellísimo espacio que raramente se ve como realmente es, ya que se suele adaptar. De modo que la idea de ocupación se refiere sobre todo a no tocarlo y no modificarlo, sino simplemente entrar y estar listo para salir en cualquier momento. Se trata de transmitir una sensación de ligereza y precariedad”. Traducción: la obra que Dora García trae a Venecia, Lo inadecuado, toma el pabellón de España (en la imagen de la página anterior) como simple y llano centro de operaciones: no hay vídeos ni pintura, las paredes están en blanco y en el suelo puede leerse “Lo inadecuado” escrito en español, inglés e italiano.
Pero Dora García tiene un plan. La idea es desplegar, durante seis meses y por toda la ciudad, una serie de actuaciones y apariciones más o menos programadas de actores, objetos, conversaciones, monólogos y debates “que se irán transformando” sobre la marcha.
Veremos desfilar, según el calendario pautado por la artista y el colectivo con el que ha urdido el proyecto, a un total de 80 personas entre actores, artistas, poetas y personajes reales y ficticios salidos de obras de Passolini, Brecht y los clásicos del cine, la literatura o la poesía. “Hay muchos capítulos que ni siquiera sé en qué van a consistir. Hay actores que no me han dicho lo que piensan hacer y no hay una clara división entre dentro y fuera. Hay cosas que pasan dentro y se van fuera y noticias de fuera que se comprenden dentro”, reconoce la artista, que atiende a Tiempo desde Venecia.
Ficciones y lenguaje. Lenguaje y ficciones. Una herramienta, una palanca y un horizonte reflexivo que se levanta delante del espectador. “Conocemos más mundo que el que nos da el lenguaje -explica García, que se quedará todo el verano en la capital de Véneto antes de volver a su estudio de Barcelona- la ficción y el arte son estrategias de supervivencia”. En este caso, una estrategia en construcción en la que lleva trabajando desde octubre de 2010, cuando aceptó el encargo.
Revoluciones en el margen.
El trabajo de Dora García se construye en los márgenes del texto: basta con visitar su web, www.doragarcia.net, para hacerse una idea. No en vano, Lo inadecuado, que cuenta con un presupuesto máximo de 800.000 euros y una web -theinadequate.net- que documentará todo el proceso, es un homenaje a lo marginal: “Todo el mundo ha estado alguna vez en presencia de alguien al que los demás tienen por loco, por anormal (...) y todo el mundo sabe cómo nos portamos ante esas personas estigmatizadas: con miedo, vergüenza, falsa naturalidad, compasión, afectación. Una presencia que rompe lo establecido y hace que los parámetros de normalidad social se desdibujen”. Una buena historia... y buenas dosis de ironía: es aquí, en este plano, donde Dora García hace auténticas virguerías con el bisturí de la ficción. “El humor es la venganza del desgraciado. Como dijo Lenny Bruce: ‘Hay una revolución en cada chiste”.
Pongámonos serios: ¿se ha quedado viejo el formato de la Bienal? Los pabellones, las secciones, los espacios, la filosofía de la cita... ¿Empieza a ser algo de otro tiempo, como ha dicho en alguna ocasión la propia Dora García? “La Bienal es una máquina de hacer dinero -sentencia- porque no se gastan nada y lo ganan todo. Pero hay y ha habido pabellones y obras que se salen de lo convencional y predecible”. Obras como Lo inadecuado, que ponen de manifiesto el derecho de todo creador a no querer formar parte de un club que le tome por socio: “No creo que el objetivo de mi propuesta sea modificar nada sino más bien rehusar adaptarse a ciertas convenciones; simplemente, Loinadecuado no quiere ser parte de ellas”.



